29 de mayo de 2015

¡Qué bello es vivir!

Ya no sé si será cosa de que se acerca la Navidad y los periodistas andan ansiosos por presentar la noticia entrañable del año o que nuestra vida es realmente un guión de una película de Frank Capra, pero la información del joven nigeriano que ha devuelto a su dueño tres mil euros que se había encontrado ha sido la estrella de estos días. De esas noticias que arrojan ríos de tinta y horas en la radio.
                Además,  lo tiene todo para convertirse en un nuevo cuento de Navidad. En realidad, no son tres mil euros únicamente, sino que son más de dieciséis mil en talones. El hombre que los encuentra es un inmigrante nigeriano que se dedica a vender pañuelos en los semáforos, e incluso he leído en algún sitio que está estudiando medicina, detalle éste que no he contrastado pero que ayuda más al retrato hagiográfico de nuestro buen samaritano. Ni el propio Charles Dickens encontraría mejor material para retratar esta historia, a la que seguro que le faltan un par de capítulos más, como la narración de su heroica llegada a España superando un sinfín de vicisitudes y el encuentro con el despistado/afortunado propietario del dinero, con fotografía a cuatro columnas en un tabloide con los dos protagonistas fundiéndose en un abrazo fraternal.
                No, no me malinterpreten. No veo nada de malo en que la prensa airee alguna de estas buenas noticias, que, apócrifas o no, devuelven la fe en el ser humano. Lo que me empieza a disgustar es la dosis de moralina que nos inyectamos con ellas en ciertas épocas del año para continuar así unos meses más.
                Estos días asistimos a auténticos maratones de recogida de comida para los puntos de alimentos en todos los pueblos, también en el nuestro. Magnífica respuesta de los torrentinos y enorme satisfacción por parte de autoridades y responsables de estas instituciones. Muchas familias podrán llenar la despensa durante muchas semanas y meses, gracias a nuestros bricks de leche, nuestras latas de conserva y nuestros paquetes de pasta, azúcar y arroz. Pero que ello no nos impida ver que aún tenemos mucho que hacer para que en nuestra población todas las familias puedan vivir con dignidad en una vivienda en condiciones, que los hijos de estas familias puedan estar escolarizados sin problemas y que los padres de estos niños puedan optar a un empleo que les permita vivir con esa dignidad.
                Y eso es tarea de todos. No solo de las instituciones. También lo es nuestra.  A ver si al final, lo único que hemos hecho es echar al montón una pastilla de turrón Hacendado para que no se nos indigeste la mariscada de estos días por nuestra mala conciencia. Porque dentro de unas semanas el chico nigeriano volverá a estar vendiendo pañuelos en los semáforos y el turrón del montón se habrá acabado. No les quepa duda.

                Y que pasen feliz Navidad¡Qué bello es