29 de mayo de 2015

Antic i Nou

En Facebook hay un grupo donde se comparten fotografías antiguas de Torrent junto con imágenes de objetos de reclamo de algunos de los establecimientos que existieron en la segunda mitad del siglo pasado en nuestra población. Este grupo, bautizado como "Torrent en blanco y negro", reúne ya a cerca de cuatro mil usuarios y es, posiblemente, el más popular entre nuestros vecinos en esta red social. Entre el archivo fotográfico que sus miembros comparten podemos encontrar imágenes del interior del cine Liceo, de los coches de la policía local de los años 70, cajas de cerillas de la Caja de Ahorros de Torrent, servilleteros del Marisquero,  e incluso instantáneas de falleras, clavarios y niños de primera comunión de varias generaciones.
                Hoy en día cualquier acontecimiento puede quedar registrado con un teléfono móvil, pero no debemos olvidar que esta revolución tecnológica que nos ha obligado a guardar imágenes de prácticamente cualquier actividad cotidiana es algo muy reciente. Si usted echa la mirada atrás en el tiempo, recordará que antes nadie llevaba encima una cámara fotográfica constantemente y se dedicaba a inmortalizar cualquier suceso.  Las pocas fotografías que hacíamos respondían a algunos acontecimientos familiares importantes.  Y creo que ahí radica el éxito de estas páginas. Queremos ver lo que fue, recordar lo que ya no es, porque no tenemos constancia gráfica de ello, pero, sobre todo, porque nos da mucha seguridad ver lo que creímos que sería para siempre.
                Algo así nos pasa con el mercado de Torrent. Recuerdo una conversación que oí siendo niño acerca del anterior mercado. Un hombre de edad afirmaba que había sido un error derribar los porches de la Torre y construir aquel infecto edificio -que, todo hay que decirlo, estéticamente era una aberración-. Y una conversación muy similar he escuchado esta semana a las puertas del nuevo mientras lo fotografiaba. Una mujer lo miraba con desdén mientras le aseguraba a su hija que el anterior era mejor. Acto seguido fue desgranando algunos de los puestos que había en él, tanto en la planta baja como en la primera y hay que decir que sí lo conocía bien y que había comprado allí muchas veces. Sin embargo, ahora llevaba varias bolsas de una conocida cadena de supermercados, mientras despotricaba del mercado.
                Aquella mujer afirmaba que era mejor el anterior porque ella ya lo conoció allí siempre. Sin embargo me quedé con la idea de que, al final, preferimos lo antiguo porque nos da seguridad, a pesar de que su utilidad haya dejado de tener sentido.
                Fíjense si no en la página a la que me refería anteriormente. En los comentarios del cine Liceo prácticamente todos añoraban sus sesiones a veinte pesetas, sus butacas de madera, sus cortinas verdes y sus gaseosas en la barra de la cafetería. Cualquiera diría que nunca debió cerrar, a juzgar por la fidelidad que parecían darle estas personas.

                Pero si fue así, ¿por qué cerró?

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