6 de febrero de 2014

A río revuelto

Ganancia de pescadores, que dice el refrán. O eso es lo que debieron de pensar desde el partido socialista de nuestra ciudad al ver que la empresa concesionaria de la gestión de las instalaciones deportivas del Parc Central se negaba a permitir el acceso a los clubes deportivos de nuestra ciudad esta semana.
                Claro, no cabe en nuestra cabeza que aquellos a los que se les llena la boca con la defensa de los servicios públicos, salgan en defensa del ayuntamiento con el atropello que ha supuesto que la empresa adjudicataria, incumpliendo gravísimamente el contrato firmado, se haya negado a pagar el canon establecido y a realizar las mejoras en las instalaciones a que estaban obligados. Porque aquí hay que saber bien lo que ha pasado. Y lo que ha pasado es que alguien firmó una concesión de explotación de estas instalaciones a una empresa que no tenía experiencia en este tipo de gestiones. Y para más inri, lo hizo a veinticinco años, para que, llegado el momento en que finalizara la explotación, nos dejara el Parc Central hecho unos zorros. 
Efectivamente, ese alguien fue el partido socialista de Torrent, allá por el 2004. Y ese alguien, que ahora acusa al concejal de deportes de tener a la Fundación Deportiva sin contenido (sic), es quien consideró que la propia fundación no debería hacerse cargo de su gestión. Y ese alguien es quien ahora se posiciona en contra del ayuntamiento y sus vecinos, azuzando por todos los medios a su alcance a clubes y usuarios contra la alcaldesa y su equipo de gobierno para ver si, como dice el refrán, es capaz de pescar algo.
Una vez más han tocado de oído.  Porque aquí, lo lógico, es ponerse del lado del pueblo y evitar que una empresa privada, que se ha embolsado miles de euros  por la gestión del Parc Central, nos chantajee para evitar cumplir con sus compromisos. Luego podremos discutir si el ayuntamiento ha sido lo suficientemente diligente con la empresa o no, si ha habido cierta relajación a la hora de exigir los acuerdos firmados o si esta adjudicataria se ha pasado por el arco del triunfo sus obligaciones de manera sistemática. Pero lo que está claro es que es la empresa quien nos adeuda más de un millón de euros a todos nosotros y es la propia empresa quien impide el acceso a los clubes. De manera que es incomprensible la actitud de los socialistas.

Y ya no cuela. Hace tiempo que esta oposición y su cabeza, casi invisible, tienen algún tipo de autoridad moral para hacernos creer en algo. Es fácil hacer oposición vía mensajitos de twitter y notas de prensa remitidas desde el calor de un despachito en la quinta planta. Lo de la pobre sintaxis de sus escritos e incluso sus faltas de ortografía es algo a lo que ya nos hemos acostumbrado. Y lo de la defensa de los torrentinos y sus derechos es una entelequia para quien practica la indolencia política y la indigencia moral.

Leyendas urbanas

Me encantan las leyendas urbanas. Aquellas historias que se cuentan por medio de alguien que asegura conocer de primera mano al protagonista de la historia, que narran una serie de acontecimientos inverosímiles de los que ningún medio se hace eco, pero que, ¡oh sorpresa!, forman parte de la mayoría de conversaciones. Ya saben a qué me refiero: el supuesto secuestro de unas muchachas en una tienda de ropa en la calle Colón; la chica de la curva que advierte del posible accidente que se puede tener en esa carretera o el celebérrimo incidente del programa de Antena 3 en el que aparecía Ricky Martín, una chica muy liberal y su perro. Imaginación y tiempo libre en estado puro.
                Hace algunos años nuestra ciudad fue protagonista de una de ellas. Se trataba de la supuesta aparición de una imagen espectral en unas lápidas de  nuestro cementerio parroquial. Había quien aseguraba que se trataba del espíritu de tal o de Pascual. Finalmente se supo que fue la concatenación de unos hechos bastante vulgares: un poco de humedad en una lápida acristalada, el vaho que se formaba al recalentarse y el reflejo  del sol de mediodía en la foto de  la lápida de enfrente. Algo que acabó rompiendo la magia y las peregrinaciones al lugar donde la superstición creía ver algo paranormal.
                Aquello, que pasó rápidamente por nuestras vidas, no tuvo la opción de multiplicarse gracias a las redes sociales. No hay nada como una buena historia en estos tiempos de whatsapps y grupos de gente ociosa. Y de ese cóctel explosivo surgió la historia que circuló entre nuestros móviles las últimas semanas. Parece ser que el tema surge cuando unos padres bromean con la posibilidad de que una madre haya secuestrado a uno de sus hijos al ofrecerse a llevarlo a casa. De ahí va creciendo la bola y el tema inunda las conversaciones de los grupos de padres de whatsapp que crecen de manera exponencial en las puertas de los colegios. Primero se apunta la nacionalidad de la posible secuestradora; después se aportan detalles pormenorizados del vehículo en el que se iba a producir el secuestro; finalmente se ofrecen todo tipo de datos del niño secuestrado y de sus padres, para pasmo de propios y extraños.
                Poco importa que se desmienta la noticia por parte del colegio, de sus familiares más cercanos o incluso, de la policía local o de la concejalía de educación. El tema ya ha transcendido tanto que es tema de conversación en los grupos de otros colegios. El "me ha dicho alguien que conoce a los padres" es el nuevo axioma sobre el que apoyar esta apócrifa historia. Y el tema corre y corre para el consiguiente susto de los padres que asisten con preocupación ante el peligro que corren sus vástagos. Ya no importa la verdad. Importa que la historia se cuente, se multiplique y adquiera tintes de película de terror. Si hay argumento, hay víctima y hay culpable, ¿a quién le importa la verdad?
                Porque se trataba de eso, ¿no? De hablar mucho de los demás para que no hablen de nosotros.

                ¿O no era así? 

Nos lo están matando

¿Conoce la obra "Torrent i la seua premsa"? Se trata de una recopilación de nuestro cronista local, José Royo, de todas las noticias que, entre finales del siglo XIX y principios del XX, tuvieron como protagonista a nuestra población en la prensa regional. Si la conoce,  es posible que recuerde la noticia que conmovió el Torrent de principios de siglo XX. Los protagonistas parecían sacados de una de esas telenovelas que causan furor en la sobremesa: Un rico terrateniente soltero y entrado en años, una muchacha joven y ambiciosa y su exnovio. Una boda de conveniencia. Un asesinato con muchos puntos oscuros. Y finalmente la detención del exnovio, el "Chato", y la viuda. El móvil: la portentosa herencia del finado. Creo que es una historia que merece ser novelada y que me gustaría poder llevar a cabo si el talento me lo permite.
                Pero mientras tanto, fijémonos en el último crimen sin resolver que está sucediendo entre nuestras calles, o mejor, entre nuestros campos.  Y no es otro que el asesino de naranjos que viene actuando en las últimas semanas en distintos puntos del término.  Lo hemos visto en prensa ante la sorpresa e indignación de los afectados. Alguien llega al campo de noche y literalmente amputa los árboles sin que se adivine algún motivo en concreto. Simplemente los destroza y se marcha aprovechando la noche y el anonimato. Son ya más de diez denuncias las que se han registrado y los ánimos están caldeados. Me comentaba el otro día un labrador que si el propietario de un campo lo pilla con las manos en la masa  se compadecería del pobre miserable, porque es tal el estado de indignación entre el colectivo de agricultores que no sabía muy bien de qué no sería capaz el dueño.
                Y es que nos estamos lamentando últimamente mucho de la pérdida de las entidades financieras valencianas, como la CAM, Bancaixa   o el Banco de Valencia;  de la desaparición de los medios de comunicación valencianos, como RTVV;  de la progresiva destrucción del tejido industrial valenciano, como el del mueble o el calzado;  e incluso de la posible pérdida del Valencia Club de Fútbol, merced a la gestión de sus ineptos gestores. Pero la sucesión de agravios que está sufriendo nuestro campo es sangrante desde hace ya muchos años. A los robos continuados en el campo, a la competencia desleal de los productos de otras zonas de España y el mundo  y al saqueo al que se ven sometidos los pequeños agricultores por parte de los comercios de cítricos y las grandes superficies, se les suma ahora el ataque indiscriminado de un loco (o no) que no contento con dañar el campo, ocasiona daños que hacen peligrar, no solo una cosecha, sino toda una plantación, con el consiguiente perjuicio para el labrador y su familia, que, digámoslo claro, no es que esté ganando una fortuna con su trabajo.

                Si seguimos callando y mirando para otro lado, quién sabe cuándo nos tocará a nosotros.