25 de octubre de 2014

Qué asco

¿Se acuerdan ustedes de la glorieta  que había en la plaza del Obispo Benlloch? Tengo un recuerdo nítido de ella de cuando yo era pequeño. Recuerdo el césped plantado en ella y, por aquello de que tendemos a magnificarlo todo cuando somos niños, se me antojaba enorme, como un campo de fútbol. Uno de los elementos que nunca faltaban en aquella estampa era un grupo de perros callejeros descansado en ella, ajenos al tráfico que la rodeaba y a saber que estaban ante la que muchos consideran una de las primeras rotondas de España, dato apócrifo que ha circulado durante años en nuestra ciudad.
                La construcción del aparcamiento subterráneo acabó con ella y de esta manera desaparecieron los perros de allí. Debo decir que desde entonces se me ha hecho difícil encontrarlos por la calle. En aquella época no era extraño ver perros sueltos, deambulando sin rumbo fijo, buscando su sustento entre las bolsas de basura –  ¿recuerdan  cuando dejábamos la basura a la puerta de casa antes de que se instalaran los primeros contenedores? – o a la salida del colegio, a ver si podían hacerse con algún mendrugo de pan de las meriendas de los escolares. Ahora es prácticamente imposible hacerlo.
                Deberíamos congratularnos de que no  haya animales sueltos por las calles. Sin embargo, y perdónenme la franqueza con la que voy a expresarme, no se nota por las calles. En el recorrido que empleo cada mañana y cada tarde para llevar y recoger a los niños al colegio, que suponen unos doscientos metros escasos, rara vez es la ocasión que no tenemos que ir sorteando decenas de excrementos de perro por las aceras, algunas de considerable tamaño. Les ahorraré, porque seguro que a ustedes también les ha pasado, los detalles de lo que ocurre cuando a uno le pillan distraído y tiene la mala fortuna de pisar alguna. He tenido que tirar unos zapatos nuevos recientemente por ese motivo. Qué asco.
                Hace poco vinieron unos amigos de fuera a vernos. Reconozco que me avergoncé bastante cuando, llegando al portal, nos recibía un par bien hermoso y mis amigos las miraban como si hubiesen visto a un extraterrestre. Y, aunque en honor a la verdad, no es un problema exclusivamente nuestro, no es menos cierto que en otras regiones de España es muy raro verlo.
                Por eso, ahora que se acercan elecciones y algunos han iniciado luchas cainitas y fratricidas por intentar alcanzar un puesto de relevancia en las listas, les doy un consejo a los partidos que aspiran a obtener la alcaldía: Si son capaces de asegurarnos  que el dueño que permita que su mascota se alivie en la calle sin recogerlo pase una noche en el calabozo, ganarán las elecciones de calle.

                Perdonen el asunto de hoy. Pero, otra vez, qué asco.

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