25 de octubre de 2014

El cliente

Lo hemos leído en este mismo periódico, en su edición digital. Un cliente misterioso se hará pasar por un comprador más en algunos comercios de nuestra localidad durante los próximos meses para evaluar a los vendedores y sus negocios y así después poder indicarles cuáles son sus puntos a mejorar y exponerlos a sus propietarios, junto con novedosas técnicas comerciales. Lo hará sin previo aviso y así logrará una información de primera mano que luego se utilizará para mejorar la atención y la venta, que en un contexto como el actual, siempre viene bien.
                Confieso que el titular de la noticia me creó unas expectativas que no se cumplieron. Me estoy aficionando a los programas de telerrealidad  en los que el jefe de una gran empresa se infiltra en sus locales para evaluar a sus empleados, y analizar sus errores y carencias,  y por ello creí que se trataba de buscar las miserias de algunos negocios y colorearles la cara a algunos dependientes maleducados y agrios, que haberlos, haylos. Pero no se trata de esto, sino de hacer un análisis objetivo de algunos comercios. Mi gozo en un pozo.
                Sin embargo, fíjense, no estaría mal que se hiciera así de verdad. No sólo en los negocios y comercios de nuestra ciudad, sino también en cualquier situación en la que tratamos con una persona en nuestras gestiones diarias. En el bar donde tomamos nuestro cortado; en el ayuntamiento, para solicitar cualquier permiso o documentación; en el centro de salud, con nuestro médico, pediatra o enfermera; en el colegio de nuestros hijos, al reunirnos con su tutor a recoger las notas del trimestre; o con el técnico que viene a reparar el aire acondicionado o la lavadora. Que hubiera clientes y usuarios misteriosos que pudieran evaluar el servicio que nos ofrecen, de manera que nunca se supiera si se trata de un cliente o un usuario habitual o si se trata del que va de incógnito, como aquella leyenda urbana que afirmaba que el dueño de El Corte Inglés visitaba sus tiendas de incógnito para hacer sus compras y comprobar cómo se sentían os clientes en sus establecimientos.
                Además,  todos estamos en un lado y en el otro, porque en realidad todos, quien más y quien menos,  tratamos con personas también en nuestros trabajos. De esta manera, acabaríamos así de un plumazo con frases como "¡usted no sabe con quién está hablando!" o del estilo, porque exigiríamos que a todos nos tratasen como si se fuéramos el cliente más importante del mundo o, como dice el programa al que me refería, "el jefe inflitrado".
                Al final todo se resume en tratar a los demás como nos gustaría que nos trataran a nosotros. Y lamentablemente, en algunas ocasiones, no nos hemos sentido tratados así.

                Y no debería ser tan difícil, qué caray.

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