25 de octubre de 2014

Calicanto

Allí he pasado gran parte de mi infancia. Veranos interminables repartidos entre piscinas, carreras de bicicletas, jornadas maratonianas de tenis, fútbol y baloncesto y excursiones a la montaña. Pero era en Pascua cuando el monte era nuestro segundo hogar. Desde primera hora salíamos a buscar un lugar donde comernos la mona por la tarde. Preparábamos el itinerario con cuidado y seleccionábamos el lugar donde merendaríamos. Después lo limpiábamos e incluso construíamos con ramas lo que considerábamos un refugio. Y esa tarde, pertrechados con nuestra mochila repleta de monas, longaniza de pascua, un bollo de chocolate y, en la mejor de las ocasiones,  una cantimplora con fanta de naranja, nos dirigíamos a nuestro destino como los grandes descubridores.
                A veces era necesario dar un pequeño rodeo para creer que habíamos avanzado algo más que unos metros, pero la imaginación infantil es así. Y una vez habíamos dado cumplida cuenta de nuestra merienda, lo cual ocurría en apenas unos minutos, teníamos que inventar algo para pasar la tarde. Podría ser organizar alguna expedición para encontrar algún tesoro, o desenterrar los huesos de lo que creíamos que era un dinosaurio o un animal extinto, pero que en realidad eran los restos de algún perro.
                Todas estas incursiones en la montaña tenían un límite. Lo que para nosotros era conocido como "el monte quemado", no hace falta explicar por qué. Aunque no recuerdo nítidamente el incendio que lo asoló, debería de ser hace más de treinta y cinco años. Esta zona se encontraba detrás de la loma que solíamos ocupar en nuestras correrías. Al alcanzarla se descubría un paisaje lunar repleto de cenizas, troncos calcinados y desolación. La contemplación de este infierno nos provocaba pavor y fascinación al mismo tiempo, por lo que no nos atrevíamos a adentrarnos en él, pero no podíamos dejar de ir a verlo.
                Con el paso de los años, nuestra querencia por el monte fue decreciendo, a la vez que crecía nuestra edad del pavo. Y cuando regresábamos a él, el monte quemado iba perdiendo su interés infantil conforme se iba repoblando, primero de matojos y pimpollos, y luego de frondosas pinadas. Hace unos años, el paisaje había cambiado tanto desde nuestras visitas de niños que costaba reconocer las antiguas sendas por las que caminábamos.
                Mi última visita fue la semana pasada. Iba con los niños, explicándoles dónde comíamos la mona, dónde organizábamos nuestras expediciones, dónde estaba cada cosa que me había fascinado de pequeño. Y con la promesa de volver a comer la mona esta semana, nos despedimos de la montaña.
                Ironías trágicas de la vida. Viendo las imágenes del incendio y según he podido observar por mí mismo, lo que en su día fue el monte quemado de nuestra niñez ha vuelto a recuperar su nombre. Volveré a visitarlo cuando pueda, volveré a contemplar el espectáculo horrendo de la naturaleza. Volveré a mi niñez y volveré a asombrarme ante la desolación y las cenizas.

                Y la vida y la naturaleza volverán a abrirse camino.

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