25 de octubre de 2014

A gusto de todos

Que nuestro pueblo se llame Torrent y esté rodeado de barrancos no es casual. A lo largo de la historia las avenidas de agua han ido configurando nuestro término. Presumir de zonas como El Clot de Bailón o el Pantano es el producto de lo que miles de años de fuertes lluvias e inundaciones ha provocado en nuestras tierras. Blasco Ibáñez en su novela Cañas y barro pone en boca del tío Paloma su deseo de que el propio barranco de Torrent trajera esas aguas torrenciales: "Deseaba que se abriesen las cataratas del cielo; que viniera de orilla a orilla aquel barranco de Torrente que desaguaba en la Albufera alimentándola; que se desbordase el lago sobre los campos, como ocurría algunas veces". No es algo infrecuente que esto ocurra.
                La semana pasada el fenómeno se adelantó tres meses. Una lluvia que por momentos tuvo una intensidad que de 460 litros por metro cuadrado en una hora ocasionó bastantes incidencias: pequeñas inundaciones, muros caídos y algunos calles y garajes anegados.
                Está claro que siempre se pueden mejorar algunas cosas. Tener unas infraestructuras adecuadas de alcantarillado y colectores pluviales que sean capaces de aguantar los picos de avenidas de agua que, como estas, ocurren cada cierto tiempo. Pero, oigan, a las dos horas de las lluvias, las calles ya estaban secas y si en algunas zonas los colectores no podían tragar todo ese agua, no es menos cierto que no lo hacían porque ramas, hojas y basura que dejamos todos en la calle -bolsas, cartones, envases- obstruían esos imbornales.
                Quiero decir que estos fenómenos pueden ser impredecibles y, aunque se deben prever para minimizar los riesgos, es imposible reducirlos a la nada. El agua, como dicen los más ancianos, tiene memoria y recuerda por dónde tiene que pasar. Lo que no podemos hacer es chasquear los dedos y hacer que deje de llover, o que el agua que ya ha caído desaparezca, o incluso que deje de pesar lo que pesa y que no acabe haciendo caer un muro o una terraza que no soportan el peso.
                Así que me pregunto yo por qué esa indignación en las redes socialescada vez que llueve así. Exceptuando a aquellos vecinos que por la negligencia del constructor o del propio ayuntamiento ven cómo el agua se cuela en sus hogares en lugar de discurrir por otros cauces, ¿a qué esa rabia, a qué esos insultos que se pueden leer porque "para cruzar la calle he tenido que caminar cincuenta metros" (en el momento en que más llovía)? ¿Cuánta gente al ver las fotos no identifica sus envases, sus papeles o sus bolsas obstruyendo las alcantarillas?
                Como ya les decía en el número pasado, no me parece mal que la gente use el Facebook o el twitter para expresar sus opiniones o mostrar sus quejas o malestar. Pero vamos mal si lo utilizamos para vomitar cualquier exabrupto que se nos ocurra cada vez que tenemos un problema o algo no nos gusta.

                Que en estas fiestas no nos llueva. O que lo haga a gusto de todos.

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