13 de abril de 2014

La insignia



Hace unos días estuve en una conocida librería del centro de Valencia, de las que también venden películas y discos. Al llegar a una de las cajas me atendió una joven simpatiquísima que, además de proceder al cobro de mi compra, me ofrecía las ventajas de unirme al club de clientes de esta tienda. Mientras enumeraba los privilegios de los socios de la tienda no pude evitar percatarme de las insignias que estaban prendidas al peto que llevan todos los empleados. Una de ellas hacía referencia a sus inquietudes políticas y la otra llevaba dibujada una mitra, con el lema aquel que se hizo famoso durante la visita del Papa en 2005, "Jo no t'espere".
                Dejaré de un lado la cuestión de si, desde el punto de vista del marketing comercial, es muy sensato llevar lemas o consignas que puedan despreciar al posible cliente. Respeto su opinión y su decisión de llevar lo que considere oportuno. Sin embargo, eso me llevó a plantearme cuáles son las insignias que yo llevo prendidas, y  no me refiero solo a las que  prenden de mi ropa, sino a las que voy mostrando en mi relación diaria con los demás. ¿Realmente cuando me encuentro con alguien ve en mí a un cristiano comprometido o más bien las he guardado tanto que cuesta identificarme entre los demás?
                Me parece que este es uno de los retos a los que nos enfrentamos los cristianos del siglo XXI, especialmente desde que los medios de comunicación están siguiendo con lupa el papado de Francisco y parece que el mensaje está siendo aceptado por los mismos: Que hagamos visible nuestra insignia, que es la de Cristo, y que la mostremos a todos aquellos que nos rodean. No creo que sea algo sencillo, más bien al contrario. Los más de quinientos mártires beatificados el mes pasado en Tarragona así lo vivieron, manifestando a Cristo hasta llegar al martirio.
                La pregunta entonces es ¿estoy dispuesto a vivirlo yo también?
               
               

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