6 de febrero de 2014

Leyendas urbanas

Me encantan las leyendas urbanas. Aquellas historias que se cuentan por medio de alguien que asegura conocer de primera mano al protagonista de la historia, que narran una serie de acontecimientos inverosímiles de los que ningún medio se hace eco, pero que, ¡oh sorpresa!, forman parte de la mayoría de conversaciones. Ya saben a qué me refiero: el supuesto secuestro de unas muchachas en una tienda de ropa en la calle Colón; la chica de la curva que advierte del posible accidente que se puede tener en esa carretera o el celebérrimo incidente del programa de Antena 3 en el que aparecía Ricky Martín, una chica muy liberal y su perro. Imaginación y tiempo libre en estado puro.
                Hace algunos años nuestra ciudad fue protagonista de una de ellas. Se trataba de la supuesta aparición de una imagen espectral en unas lápidas de  nuestro cementerio parroquial. Había quien aseguraba que se trataba del espíritu de tal o de Pascual. Finalmente se supo que fue la concatenación de unos hechos bastante vulgares: un poco de humedad en una lápida acristalada, el vaho que se formaba al recalentarse y el reflejo  del sol de mediodía en la foto de  la lápida de enfrente. Algo que acabó rompiendo la magia y las peregrinaciones al lugar donde la superstición creía ver algo paranormal.
                Aquello, que pasó rápidamente por nuestras vidas, no tuvo la opción de multiplicarse gracias a las redes sociales. No hay nada como una buena historia en estos tiempos de whatsapps y grupos de gente ociosa. Y de ese cóctel explosivo surgió la historia que circuló entre nuestros móviles las últimas semanas. Parece ser que el tema surge cuando unos padres bromean con la posibilidad de que una madre haya secuestrado a uno de sus hijos al ofrecerse a llevarlo a casa. De ahí va creciendo la bola y el tema inunda las conversaciones de los grupos de padres de whatsapp que crecen de manera exponencial en las puertas de los colegios. Primero se apunta la nacionalidad de la posible secuestradora; después se aportan detalles pormenorizados del vehículo en el que se iba a producir el secuestro; finalmente se ofrecen todo tipo de datos del niño secuestrado y de sus padres, para pasmo de propios y extraños.
                Poco importa que se desmienta la noticia por parte del colegio, de sus familiares más cercanos o incluso, de la policía local o de la concejalía de educación. El tema ya ha transcendido tanto que es tema de conversación en los grupos de otros colegios. El "me ha dicho alguien que conoce a los padres" es el nuevo axioma sobre el que apoyar esta apócrifa historia. Y el tema corre y corre para el consiguiente susto de los padres que asisten con preocupación ante el peligro que corren sus vástagos. Ya no importa la verdad. Importa que la historia se cuente, se multiplique y adquiera tintes de película de terror. Si hay argumento, hay víctima y hay culpable, ¿a quién le importa la verdad?
                Porque se trataba de eso, ¿no? De hablar mucho de los demás para que no hablen de nosotros.

                ¿O no era así? 

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