12 de julio de 2013

Aquarius



Supongo que usted habrá visto el anuncio de una bebida para deportistas que propone a algunos políticos como gente extraordinaria. Ignoro qué relación puede llegar a tener un refresco isotónico con la calidad de ciertos políticos y de qué manera eso puede ayudar a subir las ventas de esa bebida, pero ésa es otra discusión. Lo que nos interesa del asunto es que en el anuncio sale el alcalde de una localidad vecina, Albal. Por lo que nos han contado, parece ser que Ramón Marí, alcalde de Albal, se presentó en una entidad bancaria para evitar el desahucio de una familia de su pueblo. Algo que ahora está muy de moda, por cierto.  Ese es el mérito que le atribuye el spot cuando dice “no duda en enfrentarse a quien sea para defender a sus vecinos” mientras lo viste de sheriff del oeste blandiendo un megáfono.
Curiosamente vi el anuncio en Albal hace unas semanas, mientras cenábamos en un restaurante de la población. Enseguida surgió la conversación acerca de qué le parecía a los vecinos que su alcalde se hubiese convertido en la estrella de una campaña publicitaria a nivel nacional. Evidentemente había opiniones para todos los gustos y casi todas giraban en torno a qué relación habían tenido ellos con el alcalde, es decir, si les había ayudado o no en caso de necesidad.
Me fui pensando entonces en qué criterios utilizamos para evaluar la labor de nuestros alcaldes y concejales. Y me parece que no es muy diferente a las que oí en Albal. En general, nuestros vecinos aplauden a un alcalde o a un concejal en función de la cercanía o proximidad que muestran hacia nuestros problemas. Esto, que en principio no parece mal, puede acabar convirtiéndose en un arma de doble filo, porque podemos convertir a nuestros políticos locales en solucionadores de nuestros problemas, que reparten sus bendiciones a su antojo. Y esto sí que es peligroso, porque se premia la pose y la foto, frente al sentido común y a la sensatez.
Pongamos dos ejemplos para que me entiendan. Hay poblaciones que, ante el drama de los desahucios, se han sentado con las entidades financieras para ejercer de árbitros entre bancos y familias y evitar los desahucios, ofreciendo viviendas del ayuntamiento y buscando alternativas al lanzamiento de esos pisos. Sus alcaldes no se han visto en la mediática necesidad de encadenarse a la oficina de ningún banco para jolgorio de la prensa. 
Otro. Bueno, son miles. Miles de alcaldes y concejales no tienen coche oficial y, por lo tanto, no pueden prescindir de él para que con ese dinero se puedan sufragar otros gastos más necesarios. Tampoco salen en ninguna campaña de televisión, como la alcaldesa de Torrelodones, la del trompo en el parking.
Sentido común. A ver cuándo alguien hace una campaña promocionado a la gente que lo tiene, porque dicen que es el menos común de los sentidos.
Feliz verano.

Colegio Blasco-Ibáñez



A finales de los años 20 se proyectó un gran embalse en el río Turia. La primera piedra se puso con la II República y las crónicas periodísticas narran cómo el presidente Azaña llegó hasta Manises en avión y luego fue en coche a la población de Benagéber, que sería anegada después por las aguas del río,  pasando por varios municipios entre el fervor popular a inaugurar las obras del que sería el “Embalse Blasco Ibáñez”. No hace falta que les diga quién inauguró finalmente el embalse y qué nombre se le dio posteriormente. Efectivamente,  Embalse del Generalísimo.  El propio Franco lo inauguró entre muestras de fervor muy parecidas. Así se mantuvo esta nomenclatura hasta la llegada de la democracia en que cambió su denominación a la actual y aséptica “Embalse de Benagéber”. Por cierto, que cientos de niños y jóvenes torrentinos pasarán allí unas semanas en los campamentos que organiza el arciprestazgo. Si usted no conoce la zona y le gusta, no debería pasar la oportunidad de ir a visitarla.
                El siguiente dato lo ignoro, pero calculo que debió de ser por la misma época cuando se diseñó un grupo escolar para nuestra población que debía llamarse “Vicente Blasco Ibáñez”. Es el hoy colegio Lope de Vega. Tampoco hace falta que digamos a quién debemos el cambio de nombre.
 Y oiga, que soy un devoto del teatro de Lope, pero ello no va en menoscabo de reivindicar la figura de uno de nuestros autores más internacionales y que menos reconocidos son por nuestros paisanos. Una de mis aficiones como lector consiste en encontrar menciones de lugares cercanos en la obra de Blasco. Una de las que más me gusta es de Cañas y Barro, cuando el tío Paloma se cisca en  su propio hijo que está dragando el lago y desea que “viniera de orilla a orilla aquel barranco de Torrente que desaguaba en la Albufera alimentándola […] y tendría el gusto de ver a su hijo royéndose los codos e implorando su protección”.
Toda esta perorata lleva a algún sitio, créanme. He pasado por las obras del colegio número 10. Parecen avanzadas. Según se cuenta es posible que se inaugure durante el próximo curso escolar. Y supongo que el nombre “Número 10” es algo provisional. Pues bien, desde estas líneas propongo recuperar el nombre de Blasco Ibáñez para el colegio. Lope o Machado son grandes exponentes de la literatura, pero son de fuera. Miguel Hernández nos cae más cerca.  Y Tirant lo Blanc o Veles e Vents, son títulos de Martorell y March. Creo que va siendo hora de reivindicar a Blasco Ibáñez y desagraviarle por tantos años de olvido.
¿Y por qué no con el colegio nº 10?

La cajita



La noticia la vi en televisión hace unos días. El ayuntamiento de Brunete, localidad madrileña donde tuvo lugar la celebérrima batalla, había decidido escarmentar a los dueños de los perros que defecan en la vía pública enviándoles a sus propios domicilios las heces de sus canes.
Parece ser que un grupo de aguerridos voluntarios iba por las calles de esta población y, después de identificar al perro cagador y al cerdo de su dueño, facilitaba el nombre del perro y su “regalito” al consistorio, que se encargaba de hacerle llegar al propietario un paquetito con el letrero “objeto extraviado”, que al abrirlo, provocaba el sonrojo y, espero, las náuseas, del vecino insolidario. Finalmente se supo que todo había sido orquestado por una empresa de publicidad y el propio ayuntamiento para concienciar a los viandantes a que no dejen nada “extraviado” en sus aceras.
El sistema, por novedoso y contundente ha llamado la atención de propios y extraños y el ayuntamiento celebra que con esta medida ha descendido un setenta por ciento el número de deposiciones en la calle. Ignoro qué método estadístico ha podido presentar ese resultado y qué otros sucesos viarios analizan en el ayuntamiento de Brunete, pero me parece un número revelador. Piénselo bien. Si de cada diez caquitas que usted sortea –si tiene la fortuna de anticiparse al pisotón– eliminamos siete, la circulación por la calle resulta mucho más agradable.
No me parece nada mal la idea. Aunque no faltará quien considere que el ayuntamiento se excede en sus funciones o que él deja que su perro campe a sus anchas, porque para algo él paga impuestos. Y es que una de las cosas que cuando viajo –poco, todo hay que decirlo– me llama la atención es la limpieza de las calles de las ciudades.  Y no hace falta irse a otras latitudes o al quinto pino. Hace poco, en Burgos, y no en el centro histórico, andábamos con un grupo de alumnos  del centro donde trabajo y uno de ellos no paraba de mirar hacia el suelo. Finalmente, ante mi curiosidad, me dijo lo que le pasaba: “-¿Te has dado cuenta de que no hay ningún papel por el suelo?” –y era cierto. Ni uno. Ni un envoltorio de caramelo, ni una hoja de propaganda, ni un envase de bebida. Ni siquiera un celofán de un paquete de tabaco o una colilla. Y por supuesto, ni una caquita.
Y claro, nos preguntamos si es necesario que haya una campaña de publicidad, una sanción económica o que una empresa nos lleve a casa nuestras propias guarradas para que tengamos que actuar de manera civilizada. Porque, como siempre, es cuestión de que nos planteemos si somos de verdad responsables en las cosas pequeñas, para luego poder pedir responsabilidad a nuestros gobernantes en las cosas realmente importantes.
O si al final lo que somos es unos hipócritas, unos guarros y unos maleducados. Que yo creo que no.

Educación




Me he repasado el artículo 27 de nuestra todavía vigente Constitución. No es que sea mi lectura de cabecera, pero conviene tenerla en cuenta de cuando en cuando para saber cuáles son las reglas que nos hemos dado para este juego y luego no acabar diciendo estupideces cuando se hablan de los derechos y obligaciones de los españoles.
                Les resumiré su contenido de la manera más breve de la que soy capaz: La educación es un derecho fundamental, por lo que el estado garantiza que sea obligatoria y gratuita. Además,  los padres tienen derecho a recibir una educación de acuerdo a sus convicciones  y se permite la libertad de crear centros docentes, dentro de los principios constitucionales. Básicamente es lo que se articula en ese apartado. En todo el artículo mencionado no se exige que la educación tenga que ser exclusivamente impartida en centros públicos, en detrimento de los centros concertados. De hecho, el sistema de conciertos actual viene de la etapa del PSOE en el gobierno de España en los años 80.  Tampoco se menciona que tenga que ser obligatoriamente laica, pudiendo los padres elegir otras opciones aceptadas por nuestro estado de derecho.
                Sin embargo, los socialistas torrentinos, algunos de los cuales han estudiado en centros concertados –algunas contradicciones en la bancada socialista comienzan a rayar en el esperpento–, parecen querer anular esta posibilidad que protege la Constitución. Así se desprende de la nota de prensa que emitieron hace unas semanas exigiendo a los padres que matriculen a sus hijos en centros públicos y no en centros concertados. Esto, además de suponer el colapso de la mitad de los centros escolares de Torrent, no parece casar mucho con la libertad de recibir una enseñanza de acuerdo a las convicciones de cada padre o la de crear centros docentes. Del mismo modo que no se entendería que en Torrent los poderes públicos sólo ofertaran plazas educativas en centros religiosos o que un partido político exigiera a los padres que los matricularan allí.
                Eso es lo que pasa cuando uno confunde sus prioridades con las de la sociedad. El PSOE, que en el tema de la educación  se está alineando con el pensamiento único de aquellos sectores ideológicos más rancios, cree que fuera de la educación pública se roba el dinero de los ciudadanos, se abusa de los niños en los confesionarios o se reparte agua bendita en clase de química en un centro religioso.
                He estudiado y ahora trabajo en un centro concertado religioso. Después lo hice en la universidad pública. Con contadas excepciones, y he recibido una formación que me ha educado en libertad  tanto en unos centros  como en otros. Ignoro cuál es la inquina que los socialistas han cogido a la educación concertada o por qué quieren impedir que se creen nuevas plazas soportadas con fondos públicos, si hemos tardado más de veinte años en construir un colegio público.
Lo ignoro, pero puedo imaginármelo. Luego se preguntan por qué, después de la situación del PP nacional, siguen cayendo en picado en las encuestas y comiencen a parecerse a un partido marginal.