11 de octubre de 2013

Y eso sí que no

Si usted tiene la imperiosa necesidad de encontrarme el día 7 de julio de cualquier año, no lo haga en Pamplona. Y no será porque no me gusta la capital navarra, que me encanta. Visitar su casco viejo, callejear por las calles del encierro o comer unos buenos pintxos en sus bares es algo que hacer cualquier momento del año, excepto en la segunda semana de julio. Del mismo modo, si en una hipotética situación que se diera lugar el último miércoles de agosto, usted necesitara encontrarme, no me busque en Buñol. Y no porque tenga nada en contra de esta población, más bien al contrario. Cada vez que piso sus calles recuerdo los inolvidables campamentos en Venta-Mina y la excursión que hacíamos a Buñol.  Pero no lo haré ese día.
                Seguro que usted ya se ha dado cuenta de que no huyo de estas dos ciudades, sino de dos de las fiestas más internacionales que tenemos en nuestro país. Cuando veo las imágenes de las aglomeraciones, los desmayos o los tumultos en los sanfermines me echo a temblar y me apiado de los pamplonicas. Me apiado de sus calles, de sus fachadas, de sus jardines y de sus plazas ocupadas por miles de personas con sus correspondientes orines, vómitos y paremos aquí de contar. No sé si yo como vecino lo toleraría. Poco más o menos me ocurre lo mismo con Buñol el día de la tomatina. Cuando el zumo de tomate ya ha enrojecido a la población y sacan las mangueras los servicios de limpieza no puedo dejar de pensar en el pobre vecino que maldice la fiesta y la ocurrencia que tuvieron aquellos pioneros de lanzarse tomates porque sí.
                Y algo así me ocurrió hace una semana al salir a hacer la compra por la mañana, después de una de las verbenas que se habían celebrado en la plaza. El esfuerzo ímprobo de los operarios de la brigada de limpieza era en vano al encontrarse con rincones de nuestro casco histórico repletos de vómitos, meadas, cascos de botellas y restos de vasos y cubalitros. Una imagen lamentable que dice muy poco de nuestro pueblo y que soliviantaba a los vecinos que lo sufrían en su puerta. Soy consciente de que los organizadores de las fiestas de moros y cristianos intentan que esto no ocurra, pero creo que conviene que estudiemos bien qué personas están participando en algunas de las verbenas que se organizan. No seré yo quien diga que la gente joven es la culpable, porque todos hemos sido jóvenes y hemos hecho lo que hemos podido. Pero ver hordas de personas haciendo botellón en los aledaños de la plaza no ayuda mucho a difundir nuestra marca de gran ciudad, ahora que se ha puesto de moda el término.
                Las fiestas de moros y cristianos han ayudado a recuperar las fiestas patronales de nuestra ciudad y han supuesto un auténtico empujón económico a la hostelería torrentina en un mes en que las cajas solían criar telarañas. Es por eso que hay que protegerlas. Pero, justamente porque debemos protegerlas, deberíamos evitar estos excesos impropios de una gran ciudad. Si no, corremos el serio riesgo de quedarnos si fiestas patronales.
                Y lo que es peor. Volverá a venir Regina Dos Santos a la Plaza de los juzgados.

Y eso sí que no.

No hay comentarios: