12 de julio de 2013

La cajita



La noticia la vi en televisión hace unos días. El ayuntamiento de Brunete, localidad madrileña donde tuvo lugar la celebérrima batalla, había decidido escarmentar a los dueños de los perros que defecan en la vía pública enviándoles a sus propios domicilios las heces de sus canes.
Parece ser que un grupo de aguerridos voluntarios iba por las calles de esta población y, después de identificar al perro cagador y al cerdo de su dueño, facilitaba el nombre del perro y su “regalito” al consistorio, que se encargaba de hacerle llegar al propietario un paquetito con el letrero “objeto extraviado”, que al abrirlo, provocaba el sonrojo y, espero, las náuseas, del vecino insolidario. Finalmente se supo que todo había sido orquestado por una empresa de publicidad y el propio ayuntamiento para concienciar a los viandantes a que no dejen nada “extraviado” en sus aceras.
El sistema, por novedoso y contundente ha llamado la atención de propios y extraños y el ayuntamiento celebra que con esta medida ha descendido un setenta por ciento el número de deposiciones en la calle. Ignoro qué método estadístico ha podido presentar ese resultado y qué otros sucesos viarios analizan en el ayuntamiento de Brunete, pero me parece un número revelador. Piénselo bien. Si de cada diez caquitas que usted sortea –si tiene la fortuna de anticiparse al pisotón– eliminamos siete, la circulación por la calle resulta mucho más agradable.
No me parece nada mal la idea. Aunque no faltará quien considere que el ayuntamiento se excede en sus funciones o que él deja que su perro campe a sus anchas, porque para algo él paga impuestos. Y es que una de las cosas que cuando viajo –poco, todo hay que decirlo– me llama la atención es la limpieza de las calles de las ciudades.  Y no hace falta irse a otras latitudes o al quinto pino. Hace poco, en Burgos, y no en el centro histórico, andábamos con un grupo de alumnos  del centro donde trabajo y uno de ellos no paraba de mirar hacia el suelo. Finalmente, ante mi curiosidad, me dijo lo que le pasaba: “-¿Te has dado cuenta de que no hay ningún papel por el suelo?” –y era cierto. Ni uno. Ni un envoltorio de caramelo, ni una hoja de propaganda, ni un envase de bebida. Ni siquiera un celofán de un paquete de tabaco o una colilla. Y por supuesto, ni una caquita.
Y claro, nos preguntamos si es necesario que haya una campaña de publicidad, una sanción económica o que una empresa nos lleve a casa nuestras propias guarradas para que tengamos que actuar de manera civilizada. Porque, como siempre, es cuestión de que nos planteemos si somos de verdad responsables en las cosas pequeñas, para luego poder pedir responsabilidad a nuestros gobernantes en las cosas realmente importantes.
O si al final lo que somos es unos hipócritas, unos guarros y unos maleducados. Que yo creo que no.

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