24 de marzo de 2013

Semana ¿santa?

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(Publicado en el último número de La Opinión de Torrent)
Sé que hay gente a la que le gustaría que las manifestaciones religiosas se recluyeran en los templos, procurando hacer el menor ruido, y si para ello fuera preciso trasladar los templos a los polígonos industriales, tanto mejor. Todo aquello que huela a religioso, bueno, mejor dicho, a cristianismo, debe ser confinado a un rincón. Este concepto de libertad religiosa, al que algunos lo llaman laicidad, se pude resumir en: Si es religioso, que no se vea.
Paradójicamente estas mismas personas son las más preocupadas por saber quién ha sido elegido papa,  e incluso trazan la hoja de ruta y los grandes asuntos que debe tratar el nuevo pontífice y la Iglesia. Son estos personajes los que escrutan y desmenuzan cada uno de los mensajes que desde la Iglesia se lanzan en cualquiera de los temas que afectan a la sociedad. Y si el mensaje les interesa, lo silencian;  y si les incomoda, afirman que la Iglesia no debería meterse en política. Curiosa manera de practicar la libertad.
Son los mismos que no dudan en querer reducir la labor de la Iglesia a ser una mera ONG que ayude a los pobres, como si pobre fuera únicamente aquel que no dispone de los medios para subsistir. Y ahora, a las puertas de la Semana Santa, les gustaría que las procesiones y actos litúrgicos que van a celebrarse se redujeran a una simple manifestación folclórica o cultural –si es que  puede aplicarse aquí el concepto de cultural, porque hay quien se atribuye el derecho de considerar qué es cultura y qué no–  y que, por lo tanto, se intente obviar el fondo que mueve a miles de personas a salir a la calle a manifestar su fe: Que Cristo resucita y que ante el dolor hay una esperanza.
Sí, ya sé que no todos los miembros de las hermandades de Semana Santa parecen vivirlo así. Que hay quien tiene como opción prioritaria disponer de un forro polar y un buen tambor para aporrearlo estos días y poco más. Y es por eso que las hermandades no deben dejarse arrastrar por los vientos de laicidad que soplan. Se corre el serio peligro de acabar convirtiéndose en asociaciones folclóricas que repiten una serie de actos que en poco o en nada tocan los corazones de los hombres.  Porque si así fuera, de nada nos sirve tener diecisiete hermandades y miles de hermanos procesionando durante una semana. De nada sirve cortar calles con los inconvenientes que eso acarrea para vecinos y comerciantes. De nada serviría celebrar esta semana si no celebramos la Semana Santa.
Para eso, vendemos el Museu y lo convertimos en una galería comercial.

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