10 de marzo de 2013

Bruselas

Publicado en el último número de La Opinión de Torrent.
Domingo por la mañana: Me encuentro con un amigo y nos ponemos a charlar. Me pregunta por mis hijos y le contesto que están en la plaza tirando bombetas. Enseguida se alarma y me advierte que mis hijos no pueden tirar bombetas en fallas. Como me dejó perplejo, a pesar de que mis chiquillos no son demasiado aficionados a la pirotecnia, le pedí explicaciones. Me contó que, con la ley en la mano, hasta los ocho años no se pueden tirar petardos por la calle, y que a partir de esa edad necesitan una autorización paterna para poder hacerlo. Entre bromas me amenazó con denunciarme ante la Guardia Civil e incluso me explicó que le había preguntado a un policía local conocido suyo qué harían en el caso de que sorprendiesen a algún infante en flagrante delito, a lo cual no obtuvo más respuesta que una sonrisa cómplice. Así entre risas, nos despedimos, recordándome que si acabo con mis huesos en comisaria un día de estos, puedo contar con él para mi primera llamada.

    Lunes por la tarde. Nos encontramos en casa refugiados del frío y la lluvia, cuando nos sobresaltamos ante el estruendo de la explosión causada por un masclet que no debería de pesar menos de tres kilos y que dudo mucho que se lleguen a lanzar en la Plaza del Ayuntamiento de Valencia estos días. A este le suceden varios más. Es un jovenzuelo el que los tira, a pesar del aguacero que está cayendo y de que va a agarrar un constipado que espero le cueste varias semanas en casa. A pesar de que calculo que cada ejemplar debe de costar varios euros y el chaval no parece tener oficio ni beneficio. A pesar de que ha hecho saltar por los aires literalmente a una pareja de ancianos que pasaban por allí y que intentaban en vano resguardarse de la lluvia. A pesar de que, con la ley en la mano, seguro que no puede tirarlos, pues es menor y el calibre de ese artefacto debe de superar con mucho lo permitido por la normativa. 

    Y me pregunto yo si es que nos estamos volviendo locos. Si es que no existe término medio o es que lo que falta es sentido común. Si una normativa europea, dictada en Bruselas y sin conocer las tradiciones de nuestro pueblo, puede llevarse a cabo si por un extremo se pasa de exigente y por el otro es tan laxa que cualquier pipiolo se la salta a la torera. Porque entonces, para qué queremos un parlamento europeo con unos señores eurodiputados que dictan leyes para no poder cumplirlas. 

    Y si no bajaré a pegarle un guantazo al mequetrefe que sigue lanzando masclets, que ya me ha despertado al niño otra vez. Aunque creo que el año pasado ya prometí abofetearlo y no lo cumplí.

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