11 de diciembre de 2013

Encuestas

Hablar de encuestas a nivel local, a casi dos años vista de las próximas elecciones me parece tan absurdo y gratuito como hacerlo de la influencia de la luna llena en la reproducción del buey almizclero: y es que tendríamos muy poco que decir. Cierto es que se han intentado trasladar los resultados obtenidos en Torrent de una encuesta a nivel nacional para las elecciones generales y que el resultado era desolador para los dos partidos que, hasta ahora, han obtenido la vara de mando municipal. Pero no es menos cierto que esa encuesta no tenía en cuenta las variables locales, que son muchas.
                Se intuye que la gestión del PP a nivel nacional y, especialmente, autonómico puede suponer un desgaste para el PP local, sin tener en cuenta el desgaste propio que suponga llevar ocho años gobernando una ciudad. Por otra parte, la realidad para la oposición socialista no es demasiado halagüeña. A falta de considerar el liderazgo dentro del grupo de concejales y en su propio partido, es una incógnita si Campos acabará siendo el cabeza de cartel para el 2015. Y como dice el refrán, “a río revuelto, ganancia de pescadores”, lo que nos hace pensar que el gran beneficiado podría ser Compromís. El desgaste del gobierno, lógicamente, no les ha podido afectar. Han sabido conectar con una parte de la ciudadanía, especialmente la más joven y crítica, con un mensaje sólido y homogéneo en el que poco importa el contenido y sí la forma; en el que es más contundente la crítica que la propuesta y en el que se centra más el desgaste que el programa. En un contexto de crisis económica y social, de paro, de pérdida de las instituciones financieras y de medios audiovisuales valencianos, todo lo que no sea duplicar sus votos sería una sorpresa.
                Más incógnitas me ofrecen el resto de agrupaciones que podrían presentarse. De Esquerra Unida sabemos más bien poco. Su ausencia prolongada en el ayuntamiento ha hecho invisibles a sus candidatos, por lo que no sé si el tirón que puedan ofrecer los Cayo Lara, Alberto Garzón o Ignacio Blanco sería suficiente para darles representación. De UPyD no puedo decir gran cosa tampoco. Por más que se empeñen algunos voceros, construir un partido a nivel local a partir del resentimiento de dos o tres exconcejales populares que no se destacaron especialmente por su servicio público no me parece suficiente bagaje como para llegar a obtener un concejal. De las formaciones locales no espero ninguna sorpresa. La efervescencia de su aparición suele ser inversamente proporcional a la coherencia de sus planteamientos, así que es difícil –que no imposible-  que acaben cuajando para dentro de unos meses.  Y de aquellos que solo presentan el odio y la demagogia más barata como programa hace tiempo que decidí dejar de hablar.
                Así que no se haga líos. Predecir el resultado de las elecciones de dentro de dieciocho meses es tan complicado como que yo acierte el número de la lotería de Navidad.

                Si me toca el mes que viene, les prometo que lo intentaré.

Usted verá

El anuncio del cierre de Canal Nou después del ERE anulado ha sido, sin duda, la noticia de la semana. Mucho se ha escrito y se escribirá acerca de ello (noticia que lamento profundamente y que me gustaría que se corrigiera). Pero lo cierto es que Canal Nou había fallecido mucho antes, que se encontraba prácticamente en muerte cerebral debido a su nula repercusión en la sociedad, a la manipulación informativa y al expolio al que había sido sometida y que la decisión de cerrarla ha sido solo la puntilla a un toro que ya estaba postrado en la puerta de toriles. Mi más sentido afecto para las familias que, sin comerlo ni beberlo, se ven abocadas a la calle en un escenario en el que la profesión tiene un futuro, cuanto menos, incierto.
                Comentando este suceso con unos amigos, recordamos la experiencia televisiva de nuestra población, y enseguida surgió la legendaria Torrent Cable a colación. Usted, si no es insultantemente joven, puede que haya sido socio de TC y aún recuerde sus emisiones, en un encomiable esfuerzo por tener una producción propia con informativos, concursos, entrevistas (memorable la entrevista a Jesús Ros en la que un vecino de la plaza de Sant Roc, "El Chichi", le pedía telefónicamente que podara los árboles de la Calle Gómez Ferrer, porque él y sus hijos eran muy altos y tropezaban con las ramas más bajas) e incluso retransmisiones deportivas en directo desde el antiguo San Gregorio. Y si usted es un poquito más viejuno y más friki, tal vez recuerde las emisiones piratas de Val.Vi.Pri. acrónimo de Valenciana de Vídeo Privado, una suerte de vídeo comunitario que emitía en UHF películas del vídeo club hasta que la presión de los propietarios de este establecimiento consiguió que la policía precintase sus instalaciones, previo pase póstumo del himno regional.
                Luego hubo alguna intentona más que acabó conformando la extinta Las Provincias TV y, afortunadamente, o al menos eso opino yo, la TDT comarcal acabó en un amago de creación y, por lo que he leído, se ha disuelto.
                Mi buen amigo Carles, compañero de fatigas y letras en esta misma página, es de un optimismo desbordante y hace buena aquella frase apócrifa que dice que los tiempos de crisis son tiempo de oportunidad. Y lo cierto es que es así, si nos fijamos en iniciativas como las de los muchachos de Bon Dia Comunicació (www.bondiacomunicacio.com) encaminadas a la producción de contenidos por internet. Fíjense bien. Con la meteorización de los canales de la TDT y los múltiples soportes, seguir empecinado en conseguir cuota de pantalla con la tele tradicional es un error. Hay que apostar por los nuevos escaparates.

                Si pudiéramos volver atrás en el tiempo, seguro que usted invertiría en Apple, Microsoft o Google. Quién sabe si no nos encontramos ante una de esas oportunidades. Usted verá.

Un tall de huits i nous...

Miren que me gusta esta expresión. "Un tall de huits i nous i cartes que no lliguen". Y no porque sea un ávido jugador de cartas, que no lo soy, créanme, sino porque describe a la perfección lo que supone encontrar un batiburrillo de personas, ideas, situaciones u objetos cuando se presentan de una manera totalmente absurda.
                Es la mejor definición que se le puede aplicar a los más pintorescos grupos políticos que se han presentando a las elecciones locales en las últimas convocatorias. No me estoy refiriendo a aquellos que no han logrado obtener representación, pero que han hecho una campaña digna e intentan conseguir la visibilidad durante toda la legislatura. Me refiero a los que se presentan con algunos programas trasnochados y caducos, de los que debemos huir como de la peste, y también a aquellos más simpáticos y peculiares, que apenas hicieron campaña y que a la postre fueron votados por los miembros de su candidatura ... y gracias. En el 2011 usted pudo encontrar papeletas en las cabinas, entre otras formaciones más habituales y conocidas,  de la Unión Centrista Española, pero a las urnas solo llegaron 48. Nunca más se supo de ellos, corríjanme si me equivoco. En 2007, el farolillo rojo se lo volvieron a llevar unas siglas parecidas,  Centristas, cuyo cabeza de cartel no dudó en enrolarse en las filas socialistas después del varapalo que supuso obtener 34 votos.  Recuerdo también, ya en el siglo pasado una candidatura formada exclusivamente por jóvenes y otra por labradores. Y podríamos continuar con una lista de siglas y nombres que resultaría prácticamente inabarcable para el espacio del que disponemos, pero que representaban muy bien aquello de "huits i nous".
                Esto no es malo, al menos a mí no me lo parece. Es loable que cualquier ciudadano que crea que puede aportar algo a nuestra democracia dé un paso al frente y se presente. De hecho en los últimos meses hemos visto el nacimiento de algunas formaciones que intentan acabar con el bipartidismo y van reclamando una presencia en el ya de por sí ajustado panorama político torrentino. Sin embargo, no me parece suficiente aval presentarse como adalid de la renovación democrática a partir de una serie de buenas intenciones, cuatro sonrisas  y poco más. Hace falta ofrecer algo sólido. Por eso me parece tan interesante la irrupción a nivel nacional de la plataforma impulsada por Albert Rivera (Ciutadans) y Antoni Asunción. En primer lugar, porque parte de unas premisas ideológicas que pueden identificarse fácilmente, se esté a favor o no. De Ciutadans sabemos, por ejemplo,  qué modelo de estado quiere. Pero sobre todo, porque la presencia del exministro del Interior, que tiene el honor de haber sido uno de los pocos políticos que ha dimitido por su dignidad, plantea no pocos interrogantes acerca de quién podría sumarse a su propuesta en la Comunidad Valenciana y especialmente en nuestra población. No me digan que no tendría interés que algunos ilustres expolíticos locales se unieran a esta nueva propuesta, merced a su amistad y afinidad con Asunción.

                 A ver si así, cuando veamos su papeleta, no nos sale aquello de "huits i nous i cartes que no lliguen".

11 de octubre de 2013

¡Gracias!

De todas las palabras y mensajes de ánimo que hemos recibido estos días con motivo de la muerte de mi padre, creo que pocas resumen mejor lo que él ha sido como las que le dedicó la alcaldesa en el pleno extraordinario del pasado lunes, "no feia falta un pont que unira Alaquàs i Torrent, perquè Juan era el pont". Porque, si bien es normal hablar de manera elogiosa de una persona que acaba de fallecer, no es menos cierto que en nuestra familia estamos abrumados por la avalancha de sincero cariño que hemos recibido por parte de todos aquellos que han compartido con él algún momento de su vida. Todas ellas destacaban esa labor
desinteresada por los demás y ese ánimo que siempre le movía por acercar posturas, "les persones estan per damunt de les sigles, Arturet", solía decirme cuando comentábamos algún pleno.
                Hasta mi casa, incluso antes de que se dedicase a la política, solían llegar muchas personas -amigos, familiares o vecinos - en busca de algún tipo de ayuda que les pudiese prestar mi padre. Allí venía un vecino a que le echase una mano con la declaración de la renta, antes de que hubiese programas informáticos que simplificaban la faena; otro día era alguien que necesitaba que le ayudase con unas gestiones para viajar al extranjero para adoptar a un niño; en otra ocasión era un amigo con una situación familiar muy comprometida el que llamaba a casa a horas intempestivas y mi padre no dudaba en coger el coche e ir a socorrerle. Mi casa se convertía muchas veces en improvisado despacho donde mi padre intentaba dar respuesta a los problemas de las personas que se acercaban pidiéndole ayuda. Y siempre con la máxima evangélica del "ciento por uno" y con un principio inquebrantable: hay que mantener a la familia unida, el "clan", como él solía decir de manera irónica. Por ello, creo que estará muy contento, porque murió rodeado de los suyos: su mujer, sus hijos, sus nueras, sus hermanas y cuñados y todos sus sobrinos.               
                Todas las personas que hasta nosotros se han acercado para mostrarnos sus condolencias han destacado siempre su actitud de servicio ejemplar a los demás. Pocas horas antes de morir, aún quiso llamar a un compañero del ayuntamiento para interesarse por algún tema del ayuntamiento. Y es que, como bien dijo mi hermano en las palabras de agradecimiento que en nuestro nombre dijo en el pleno extraordinario, para nosotros supone un gran orgullo haber tenido un padre así, pero sobre todo, una gran responsabilidad para estar a la altura y que nuestros hijos puedan llegar a sentir, por lo menos, el mismo orgullo que sentimos todos por él.
                 Siempre es duro perder al marido, al padre, al hermano o al amigo. Nosotros, que somos una familia de profundas convicciones religiosas, sabemos que en estos momentos de tribulación no estamos solos, sino que Dios nos acompaña, pero no podemos dejar de dar gracias a tantas y tantas personas que se han hecho presentes a nuestro lado.
                A todos, de verdad, muchas, muchas gracias.


Marca Torrent

No sé si usted, que hace el favor de leerme, recuerda los temas de los que hemos ido hablando. Hace algunos años, en esta misma publicación, lamentaba la ausencia de referentes intelectuales en nuestra ciudad, al estilo de  Fuster en Sueca o Estellés en Burjassot, por poner un ejemplo. No es que entre nuestros vecinos no hubiera destacados profesionales en sus respectivos sectores, que los hay. Sin embargo echaba en falta yo uno de esos nombres que se asocian a la localidad como tantos y tantos tópicos. Por eso valoré mucho la creación de los premios Carta Pobla de Torrent. Porque nos debe hacer sentir orgullosos que entre nosotros haya destacados empresarios, científicos, humanistas o simplemente personas que hacen de nuestra población algo más grande. Ya iba siendo hora de que reconociésemos a alguien más que a un futbolista -que está muy bien, oiga- pero que hay más sitios donde buscar.
                En nuestra ciudad, que cuenta con más de ochenta mil habitantes hay eminentes médicos - una de las principales clínicas oftalmológicas de España fue fundada por un torrentino- arquitectos, ingenieros, catedráticos universitarios o incluso políticos. Nombres que seguro que a usted le vienen a la memoria sin hacer un gran esfuerzo. Pero si, además, alguien nos dice que entre nuestros jóvenes hay nombres que comienzan a hacerse un hueco en alguna de esas disciplinas, uno no puede dejar de congratularse.
                Y entre esas personas descubro en el BIM con gran alegría las figuras de nuestros vecinos Octavio Romero Ferraro y Sacramento Rodríguez Ferrón, que han sido premiados por su labor científica. Octavio ha sido galardonado con un Premio Nacional de Investigación Cooperativa en Oncología y Sacramento con Premio Nacional de Neurología. No sé ustedes, pero que levante la mano quien crea, por joven que sea ahora, que en el futuro no va a verse afectado por el cáncer o por alguna enfermedad neurológica, como el alzhéimer. Particularmente a mí me reconforta saber que en este momento hay alguien investigando cómo curar una enfermedad que podría padecer yo o los míos dentro de algunos años.                
                Creo que deberíamos hacer un esfuerzo por reconocer la labor de aquellos vecinos que desempeñan con éxito su trabajo en cualquier ámbito, especialmente la de los más jóvenes. Entre ellos hay cantautores que llevan su guitarra a programas de radio y circuitos musicales, como Juanjo Pérez; gestores culturales de reconocido prestigio en toda Europa, como Agustín Pérez; autores de literatura juvenil en ciernes, como Marc Fresquet y tantos y tantos nombres que debiéramos reconocer y proteger para que puedan poner el nombre de Torrent en el mapa. Y para que cuando su éxito traspase fronteras, podamos afirmar con orgullo que son torrentinos.

                Para que hagan marca Torrent. Que eso está muy de moda.

Tres velocidades

Es muy difícil hablar de algunas zonas de Torrent sin caer en la demagogia. Con facilidad se califica a algunos barrios en función de la procedencia de la mayoría de sus vecinos, la lengua que hablan, el partido que suele ganar en esa demarcación o la conflictividad que presentan sus calles. Frecuentemente se divide a nuestros barrios en “xurros” o “del poble”, zonas rojas o fachas (esto es muy recurrente en las noches electorales al recibir los resultados de los colegios electorales), barrios beatos y toda clase de estupideces varias. Todos lo hemos hecho y quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra.
                En mis clases –trabajo en un centro en Alaquàs–  muchos de mis alumnos adolescentes  suelen referirse a este último apartado en uno de esos barrios. La mayor parte por ignorancia,  puesto que casi ninguno de ellos lo ha visitado en su vida, y solo hablan de “una vez pasé en coche a toda velocidad y …” o “a un amigo del primo de mi vecino le pasó que…”,  pero eso es harina de otro costal.
El caso es que a poco que uno los conozca se da cuenta que esas divisiones son producto de los prejuicios y poco tienen que ver con la realidad. Y esos prejuicios encuentran un filón en el barrio del Xenillet. Es nombrarlo y automáticamente se encienden las alarmas de los prejuicios: delincuencia, drogadicción, inseguridad… No les diré que haya hecho un sesudo análisis sociológico de su situación actual de esta zona de Torrent,  pero no hace falta ser un lince para darse cuenta de que merece una atención prioritaria por parte de las instituciones. 
                Por eso me llama poderosamente la atención que el todavía portavoz del principal partido de la oposición critique el trato que le dispensa el ayuntamiento a este barrio. Partamos de la premisa de que siempre hay cosas que mejorar y que revertir una situación complicada en pocos meses es una cuestión imposible. Seguro que hay aspectos que se pueden hacer mejor y partidas que podrían incrementarse en el presupuesto. Pero, claro, uno no puede olvidar de dónde venimos y qué se ha hecho en los últimos años.
                Seguro que usted recuerda cómo hace unos diez años la ciudad cambió de manera espectacular. Seguro que recuerda la urbanización del Parc Central o la parte alta de la Avenida, la construcción la Ciutat de l’Esport o  el edificio del metro. Corríjanme si me equivoco, pero creo que todas estas actuaciones quedan bastante lejos del Xenillet. Ignoro cuánto dinero presupuestó el gobierno municipal en aquella época en este barrio. No olvidemos que eran años de bonanza económica y que los presupuestos municipales crecían vertiginosamente a golpe de ladrillo. Seguro que trabajaron por este barrio lo mejor que pudieron y con la mejor voluntad durante veintiocho años, pero las imágenes hablan por sí solas. Y que entonces hablar de barrios o guettos, de zonas de primera o de segunda, o de Torrent de varias velocidades era una estupidez.

                Supongo que el portavoz socialista vivía en Torrent en aquella época y también lo recuerda. O a lo mejor también en esto habla de oído.

Y eso sí que no

Si usted tiene la imperiosa necesidad de encontrarme el día 7 de julio de cualquier año, no lo haga en Pamplona. Y no será porque no me gusta la capital navarra, que me encanta. Visitar su casco viejo, callejear por las calles del encierro o comer unos buenos pintxos en sus bares es algo que hacer cualquier momento del año, excepto en la segunda semana de julio. Del mismo modo, si en una hipotética situación que se diera lugar el último miércoles de agosto, usted necesitara encontrarme, no me busque en Buñol. Y no porque tenga nada en contra de esta población, más bien al contrario. Cada vez que piso sus calles recuerdo los inolvidables campamentos en Venta-Mina y la excursión que hacíamos a Buñol.  Pero no lo haré ese día.
                Seguro que usted ya se ha dado cuenta de que no huyo de estas dos ciudades, sino de dos de las fiestas más internacionales que tenemos en nuestro país. Cuando veo las imágenes de las aglomeraciones, los desmayos o los tumultos en los sanfermines me echo a temblar y me apiado de los pamplonicas. Me apiado de sus calles, de sus fachadas, de sus jardines y de sus plazas ocupadas por miles de personas con sus correspondientes orines, vómitos y paremos aquí de contar. No sé si yo como vecino lo toleraría. Poco más o menos me ocurre lo mismo con Buñol el día de la tomatina. Cuando el zumo de tomate ya ha enrojecido a la población y sacan las mangueras los servicios de limpieza no puedo dejar de pensar en el pobre vecino que maldice la fiesta y la ocurrencia que tuvieron aquellos pioneros de lanzarse tomates porque sí.
                Y algo así me ocurrió hace una semana al salir a hacer la compra por la mañana, después de una de las verbenas que se habían celebrado en la plaza. El esfuerzo ímprobo de los operarios de la brigada de limpieza era en vano al encontrarse con rincones de nuestro casco histórico repletos de vómitos, meadas, cascos de botellas y restos de vasos y cubalitros. Una imagen lamentable que dice muy poco de nuestro pueblo y que soliviantaba a los vecinos que lo sufrían en su puerta. Soy consciente de que los organizadores de las fiestas de moros y cristianos intentan que esto no ocurra, pero creo que conviene que estudiemos bien qué personas están participando en algunas de las verbenas que se organizan. No seré yo quien diga que la gente joven es la culpable, porque todos hemos sido jóvenes y hemos hecho lo que hemos podido. Pero ver hordas de personas haciendo botellón en los aledaños de la plaza no ayuda mucho a difundir nuestra marca de gran ciudad, ahora que se ha puesto de moda el término.
                Las fiestas de moros y cristianos han ayudado a recuperar las fiestas patronales de nuestra ciudad y han supuesto un auténtico empujón económico a la hostelería torrentina en un mes en que las cajas solían criar telarañas. Es por eso que hay que protegerlas. Pero, justamente porque debemos protegerlas, deberíamos evitar estos excesos impropios de una gran ciudad. Si no, corremos el serio riesgo de quedarnos si fiestas patronales.
                Y lo que es peor. Volverá a venir Regina Dos Santos a la Plaza de los juzgados.

Y eso sí que no.

Burger King



El otro día pasé por las Américas y me fijé en que ha cerrado Burger King. Lo cierto es que he pasado muchas veces en los últimos meses y no me había percatado hasta ahora. Recuerdo cuando lo inauguraron. Como éramos unos chavales nos alucinaba tener la famosa hamburguesería en nuestra población. Corrió el rumor, no sé si fundado o no, de que se trataba del segundo establecimiento más grande de esta cadena en Europa, lo cual acrecentaba nuestro orgullo local por contar en nuestras calles con ese negocio de comida rápida. Claro que por aquel entonces no estábamos tan preocupados por el colesterol, la obesidad infantil y los triglicéridos. Luego vendría el Mc Donald’s de El Molí y del Toll y el Burger del Parc Central, pero lo hicieron para certificar la muerte del de Las Américas.
                La verdad es que debía de tratarse del local que más tiempo ha permanecido abierto ininterrumpidamente en Las Américas en todos estos años. Actualmente pasear por el interior de este centro comercial es lo más parecido, en alguna de sus zonas, a hacerlo por los decorados de una de estas series de zombies que arrasan ahora en televisión: locales cerrados y carteles de antiguos establecimientos anunciando viejas ofertas y productos que ya no existen. Y qué me dicen del centro de seguridad, otrora lleno de monitores de vigilancia y guardias jurados y ahora lleno de telarañas. Como dice Sabina, sentimos al verlo nostalgia de lo que no pasó.
                Bien mirado, hay algo de misterioso en los centros comerciales de Torrent. Siento decirlo, pero es cierto. Las Américas nunca acabó de cuajar. Bien porque se trataba en su mayoría de locales que ya podíamos encontrar en Torrent y por los que no valía la pena cruzar el pueblo cuando podías comprar lo mismo bajo de casa, bien porque ninguna tienda tenía el suficiente poder de atracción como para motivarte el ir hasta allí. La nueva zona de El Toll-L’Alberca tampoco acaba de despegar. La parte donde estaban la tienda de electrodomésticos, dos supermercados y la juguetería agoniza entre carteles de Se Alquila. La zona de  Consum y Decathlon malvive como puede. Algunas malas lenguas afirman que la famosa tienda de deportes acabará cerrando en unos meses. Sólo el supermercado valenciano sobrevive, curiosamente, igual que le ocurre a Mercadona en Las Américas. Y la zona que se proyectó en Parc Central, Atrium, quedó en agua de borrajas, no sé si a expensas de que la economía mejore o por algún otro motivo.
                Ignoro cuál es la razón por la cual estos centros comerciales no funcionan. En otras poblaciones sí han funcionado, con bastante éxito.  En Aldaia lo ha hecho. Habrá quien diga que mejor, puesto que las grandes superficies acaban con el comercio local, pero lo cierto es que albergo serias dudas de que eso sea así. En la Avenida se han abierto dos franquicias de ropa infantil y juvenil en los últimos años y los comercios de alrededor no han cerrado. Creo que la sana competencia puede ayudar a todos a crecer. A más oferta, mayor afluencia de público, mejores precios y más empleo.
Al menos eso espero.

12 de julio de 2013

Aquarius



Supongo que usted habrá visto el anuncio de una bebida para deportistas que propone a algunos políticos como gente extraordinaria. Ignoro qué relación puede llegar a tener un refresco isotónico con la calidad de ciertos políticos y de qué manera eso puede ayudar a subir las ventas de esa bebida, pero ésa es otra discusión. Lo que nos interesa del asunto es que en el anuncio sale el alcalde de una localidad vecina, Albal. Por lo que nos han contado, parece ser que Ramón Marí, alcalde de Albal, se presentó en una entidad bancaria para evitar el desahucio de una familia de su pueblo. Algo que ahora está muy de moda, por cierto.  Ese es el mérito que le atribuye el spot cuando dice “no duda en enfrentarse a quien sea para defender a sus vecinos” mientras lo viste de sheriff del oeste blandiendo un megáfono.
Curiosamente vi el anuncio en Albal hace unas semanas, mientras cenábamos en un restaurante de la población. Enseguida surgió la conversación acerca de qué le parecía a los vecinos que su alcalde se hubiese convertido en la estrella de una campaña publicitaria a nivel nacional. Evidentemente había opiniones para todos los gustos y casi todas giraban en torno a qué relación habían tenido ellos con el alcalde, es decir, si les había ayudado o no en caso de necesidad.
Me fui pensando entonces en qué criterios utilizamos para evaluar la labor de nuestros alcaldes y concejales. Y me parece que no es muy diferente a las que oí en Albal. En general, nuestros vecinos aplauden a un alcalde o a un concejal en función de la cercanía o proximidad que muestran hacia nuestros problemas. Esto, que en principio no parece mal, puede acabar convirtiéndose en un arma de doble filo, porque podemos convertir a nuestros políticos locales en solucionadores de nuestros problemas, que reparten sus bendiciones a su antojo. Y esto sí que es peligroso, porque se premia la pose y la foto, frente al sentido común y a la sensatez.
Pongamos dos ejemplos para que me entiendan. Hay poblaciones que, ante el drama de los desahucios, se han sentado con las entidades financieras para ejercer de árbitros entre bancos y familias y evitar los desahucios, ofreciendo viviendas del ayuntamiento y buscando alternativas al lanzamiento de esos pisos. Sus alcaldes no se han visto en la mediática necesidad de encadenarse a la oficina de ningún banco para jolgorio de la prensa. 
Otro. Bueno, son miles. Miles de alcaldes y concejales no tienen coche oficial y, por lo tanto, no pueden prescindir de él para que con ese dinero se puedan sufragar otros gastos más necesarios. Tampoco salen en ninguna campaña de televisión, como la alcaldesa de Torrelodones, la del trompo en el parking.
Sentido común. A ver cuándo alguien hace una campaña promocionado a la gente que lo tiene, porque dicen que es el menos común de los sentidos.
Feliz verano.

Colegio Blasco-Ibáñez



A finales de los años 20 se proyectó un gran embalse en el río Turia. La primera piedra se puso con la II República y las crónicas periodísticas narran cómo el presidente Azaña llegó hasta Manises en avión y luego fue en coche a la población de Benagéber, que sería anegada después por las aguas del río,  pasando por varios municipios entre el fervor popular a inaugurar las obras del que sería el “Embalse Blasco Ibáñez”. No hace falta que les diga quién inauguró finalmente el embalse y qué nombre se le dio posteriormente. Efectivamente,  Embalse del Generalísimo.  El propio Franco lo inauguró entre muestras de fervor muy parecidas. Así se mantuvo esta nomenclatura hasta la llegada de la democracia en que cambió su denominación a la actual y aséptica “Embalse de Benagéber”. Por cierto, que cientos de niños y jóvenes torrentinos pasarán allí unas semanas en los campamentos que organiza el arciprestazgo. Si usted no conoce la zona y le gusta, no debería pasar la oportunidad de ir a visitarla.
                El siguiente dato lo ignoro, pero calculo que debió de ser por la misma época cuando se diseñó un grupo escolar para nuestra población que debía llamarse “Vicente Blasco Ibáñez”. Es el hoy colegio Lope de Vega. Tampoco hace falta que digamos a quién debemos el cambio de nombre.
 Y oiga, que soy un devoto del teatro de Lope, pero ello no va en menoscabo de reivindicar la figura de uno de nuestros autores más internacionales y que menos reconocidos son por nuestros paisanos. Una de mis aficiones como lector consiste en encontrar menciones de lugares cercanos en la obra de Blasco. Una de las que más me gusta es de Cañas y Barro, cuando el tío Paloma se cisca en  su propio hijo que está dragando el lago y desea que “viniera de orilla a orilla aquel barranco de Torrente que desaguaba en la Albufera alimentándola […] y tendría el gusto de ver a su hijo royéndose los codos e implorando su protección”.
Toda esta perorata lleva a algún sitio, créanme. He pasado por las obras del colegio número 10. Parecen avanzadas. Según se cuenta es posible que se inaugure durante el próximo curso escolar. Y supongo que el nombre “Número 10” es algo provisional. Pues bien, desde estas líneas propongo recuperar el nombre de Blasco Ibáñez para el colegio. Lope o Machado son grandes exponentes de la literatura, pero son de fuera. Miguel Hernández nos cae más cerca.  Y Tirant lo Blanc o Veles e Vents, son títulos de Martorell y March. Creo que va siendo hora de reivindicar a Blasco Ibáñez y desagraviarle por tantos años de olvido.
¿Y por qué no con el colegio nº 10?

La cajita



La noticia la vi en televisión hace unos días. El ayuntamiento de Brunete, localidad madrileña donde tuvo lugar la celebérrima batalla, había decidido escarmentar a los dueños de los perros que defecan en la vía pública enviándoles a sus propios domicilios las heces de sus canes.
Parece ser que un grupo de aguerridos voluntarios iba por las calles de esta población y, después de identificar al perro cagador y al cerdo de su dueño, facilitaba el nombre del perro y su “regalito” al consistorio, que se encargaba de hacerle llegar al propietario un paquetito con el letrero “objeto extraviado”, que al abrirlo, provocaba el sonrojo y, espero, las náuseas, del vecino insolidario. Finalmente se supo que todo había sido orquestado por una empresa de publicidad y el propio ayuntamiento para concienciar a los viandantes a que no dejen nada “extraviado” en sus aceras.
El sistema, por novedoso y contundente ha llamado la atención de propios y extraños y el ayuntamiento celebra que con esta medida ha descendido un setenta por ciento el número de deposiciones en la calle. Ignoro qué método estadístico ha podido presentar ese resultado y qué otros sucesos viarios analizan en el ayuntamiento de Brunete, pero me parece un número revelador. Piénselo bien. Si de cada diez caquitas que usted sortea –si tiene la fortuna de anticiparse al pisotón– eliminamos siete, la circulación por la calle resulta mucho más agradable.
No me parece nada mal la idea. Aunque no faltará quien considere que el ayuntamiento se excede en sus funciones o que él deja que su perro campe a sus anchas, porque para algo él paga impuestos. Y es que una de las cosas que cuando viajo –poco, todo hay que decirlo– me llama la atención es la limpieza de las calles de las ciudades.  Y no hace falta irse a otras latitudes o al quinto pino. Hace poco, en Burgos, y no en el centro histórico, andábamos con un grupo de alumnos  del centro donde trabajo y uno de ellos no paraba de mirar hacia el suelo. Finalmente, ante mi curiosidad, me dijo lo que le pasaba: “-¿Te has dado cuenta de que no hay ningún papel por el suelo?” –y era cierto. Ni uno. Ni un envoltorio de caramelo, ni una hoja de propaganda, ni un envase de bebida. Ni siquiera un celofán de un paquete de tabaco o una colilla. Y por supuesto, ni una caquita.
Y claro, nos preguntamos si es necesario que haya una campaña de publicidad, una sanción económica o que una empresa nos lleve a casa nuestras propias guarradas para que tengamos que actuar de manera civilizada. Porque, como siempre, es cuestión de que nos planteemos si somos de verdad responsables en las cosas pequeñas, para luego poder pedir responsabilidad a nuestros gobernantes en las cosas realmente importantes.
O si al final lo que somos es unos hipócritas, unos guarros y unos maleducados. Que yo creo que no.