23 de noviembre de 2012

La tele

(Publicado en el último número de La Opinión de Torrent)
He leído en prensa que el ayuntamiento de Torrent quiere disolver el ente que debía gestionar la TDT. Por si usted no lo sabía –yo lo ignoraba por completo– Torrent y otros municipios de l’Horta tenían asignada una frecuencia digital para desarrollar una televisión comarcal. De eso hace más de seis años y hasta ahora su actividad ha sido prácticamente nula. Los motivos, como no podía ser de otra manera, que decía aquél, son de índole económica: no estamos para tirar cohetes y ahora ponerla en marcha podría suponer un grave perjuicio a las maltrechas arcas municipales.
                No entraré a juzgar los motivos que llevaron a los anteriores gestores torrentinos a solicitar la TDT. Eran otros tiempos y había pólvora que gastar. En cambio, me llama poderosamente la atención la necesidad que tienen gobiernos de uno y otro signo de rodearse de medios de comunicación que suelen acabar adulando al líder y cantando sus excelencias. Llámese televisión municipal o autonómica, radio, bim o similares. Siempre empiezan reclamando la necesidad de información y su función democrática y acaban… bueno, acaban como acaban. Y si no que se lo pregunten a los más de mil trabajadores que serán despedidos de Canal 9.
                Aquí en Torrent ya tuvimos una experiencia de televisión local. Cierto es que era privada y emitía por cable. Se trataba de la celebérrima Torrent Cable, que incluso dedicó algunos programas a contar en sus estudios con la figura del alcalde Ros, que respondía en directo a las preguntas que le formulaban los telespectadores por teléfono.  No creo que haya muchos dirigentes políticos que no sucumban al hechizo de las cámaras. Por eso es tan extravagante la decisión que propone nuestra alcaldesa, que va justamente en la dirección contraria: no desarrollar esa televisión y disolver el ente que la iba a gestionar. Podríamos poner cifras a la empresa de impulsar ese medio de comunicación, que seguramente nos llevaría a varios miles de euros al año. Pero sobre todo podríamos preguntarnos, ¿realmente la necesitábamos?, ¿había una demanda de una televisión comarcal, estando plagado el espectro radiotelevisivo de iniciativas privadas similares?
                Y es que parece que ahora hemos encontrado la fórmula mágica a la hora de gestionar el dinero de todos. Ahorramos eliminando gastos en televisión, en fiestas y saraos, en alquileres, en coches oficiales, en horas extras y hasta en fotocopias –las impresoras del ayuntamiento ahora las hacen a dos caras- lo cual nos lleva a pensar en que hasta ahora hemos malgastado lo que teníamos y lo que no teníamos.
Así que una de dos: o ahora nos pasamos o entonces éramos unos irresponsables.

11 de noviembre de 2012

Un homenaje


(Publicado en el último número de La Opinión de Torrent)

Un pueblo no se construye sin sus personas. Estamos demasiado acostumbrados a creer ciegamente en personajes que lideran a los colectivos y los dirigen, y así nos está yendo últimamente. Pero sin la tarea de cada uno de sus miembros, esos liderazgos son totalmente estériles.
                Hoy les hablaré de una de esas personas. Todo el mundo que lo ha conocido guarda un entrañable recuerdo de él. Era una persona afable, cercana, sencilla. Humilde, en una palabra. No recuerdo haberlo oído hablar mal de nadie, ni mostrar rencor, a pesar de haber vivido una de las etapas más difíciles de nuestra historia, como fue la Guerra Civil.
                Les cuento: Son los primeros días de la Guerra y la situación es bastante complicada. Nuestro protagonista, junto con otras personas, viendo que en otras poblaciones están ardiendo los templos, ha decidido que por las noches van a ir sacando de la parroquia de la Asunción aquellos objetos que puedan salvarse del posible incendio del edificio. Finalmente, la iglesia arde, pero una pequeña parte del patrimonio ha podido escapar de las llamas. Entre ellos, los libros sacramentales que se custodiaban en la parroquia desde el siglo XVI, de un incalculable valor histórico.
                Finalizada la contienda, esos objetos se van reponiendo, pero observan con pasmo cómo falta un tomo de esos libros. Pasan los años y esa inquietud aflora cuando los volúmenes son digitalizados y almacenados en una base de datos informática. Entonces, aquel joven que guardó los libros y hoy ya es un anciano, visita a la persona encargada de informatizarlos  y le explica su angustia, que dura más de cincuenta años: “Escondimos los libros, pero creo que perdimos uno…”, pero el encargado de la secretaría le interrumpe pronto: “Es cierto que falta uno, pero por lo que hemos investigado, ya faltaba antes de la guerra. Hay anotaciones que así lo confirman”. Y nuestro amigo se pone a llorar, al poder quitarse esa losa de encima que le ha acompañado durante décadas.
                No presumía de haber salvado ese pedazo de nuestra historia local. No guardaba rencor hacia las personas que habían cometido esa acción. No se jactaba de ser un héroe por haberse atrevido a hacer algo que a muchos les costó la muerte. Sólo le preocupaba que la faena hubiera estado bien hecha y hubiera servido.
                La semana pasada falleció y su despedida fue un clamor popular entre la gente que lo conocía. Personas anónimas como él son las que han ayudado a construir el pueblo que hoy tenemos.  No hace falta que diga su nombre porque usted ya sabe muy bien de quién le estoy hablando.
Y ése, que usted hoy lo recuerde y se emocione con esta anécdota, es el mejor homenaje que podemos tributarle.