28 de septiembre de 2012

Los vimos el domingo

Un amigo mío que vive fuera de Valencia me llama  por teléfono cada vez que sale nuestra población en las noticias. La última vez que me llamó fue con motivo del asesinato de una mujer - presuntamente como dicen ahora, como si su asesinato tuviera algo de presunto – a manos de un hombre de nuestra ciudad. Lamentablemente creo que siempre que lo hace es por un suceso así, lo que le llevó a preguntarme si  la estadística de este tipo de hechos es similar a la de otras poblaciones, cosa que ignoro, pero que me resisto a creer.
                Lo cierto es que explicándole lo ocurrido por lo que yo había leído en prensa, nos pusimos a hablar de lo complicado que resulta atajar el tema de la violencia contra la mujer. No es extraño escuchar en los testimonios de los amigos y vecinos aquella célebre frase de “se les veía muy bien”, “eran una pareja muy normal” o “siempre nos saludaban”, lo cual nos lleva a pensar en la cantidad de mujeres que tienen que estar sufriendo este tipo de situación en silencio, mientras sus maridos o novios aparentan llevar una vida “normal”. Y no hablamos de aquellas parejas en las que la violencia es notoria, pero que la mujer no se atreve a denunciar.
                Ése es el caso del ejemplo que viví en carne propia este verano. Era una tarde calurosa de julio. Al salir de casa a hacer unos recados veo a una pareja de quinceañeros discutiendo acaloradamente –gritos, insultos, amenazas más o menos graves, pequeños empujones e intentos de reconciliarse en menos de un minuto–. Al regresar a casa la escena no ha cambiado excesivamente. Me fijo en el chico y en su novia – prototipos de la famosa generación Ni-ni– y subo a casa. Pasadas un par de horas salimos de nuevo a la calle con la familia y nos cruzamos con unos amigos con los que nos paramos a charlar, cuando irrumpe la chica gritando que le están pegando, mientras es perseguida por el chico. Rápidamente protegemos a la chica y le decimos al chico que se vaya mientras llamamos a la policía nacional. El chico nos amenaza de muerte y nos insulta, pero finalmente huye. Llega la policía. Le explicamos lo que hemos visto: gritos, insultos, amenazas, pero no hemos visto si la ha golpeado. La chica se niega a denunciar. Finalmente se marcha con alguien que viene a recogerla. El policía nos explica que si no denuncia y si nosotros no le hemos visto agredirla –y no lo hemos visto– no pueden hacer nada.
                Nos retiramos hablando de lo mal que lo pasará esa chica si no es capaz de alejarse de un tipo así. Que son carne de cañón para el futuro: sin educación, sin estudios y con una mentalidad más propia de países tercermundistas que de una sociedad actual. Y alguien sentencia con una frase lapidaria: Tranquilos, que el sábado ya están de nuevo morreándose en la calle.
                 Y no los vimos el sábado. Los vimos el domingo.
               

16 de septiembre de 2012

Rara avis


Sin usted me ha seguido habitualmente en los últimos años, ya me lo habrá leído en alguna ocasión: Siento una especial debilidad por el anterior alcalde, Pepe Bresó. No piensen ustedes mal, que no hay doblez en mis palabras. Y eso que siempre que lo veo va hecho un pincel y que lleva los trajes como pocos en nuestra ciudad. Es otro tipo de debilidad.  Y como no nos une ningún lazo político, afectivo o de parentesco,  creo que puedo hablar sin las cortapisas que supone hacerlo de un amigo, de un familiar o de un miembro de tu partido.
                Obviaré hacer algún juicio político sobre él, porque ya perdió unas elecciones. Creo, sin embargo, que se precipitó al dimitir como concejal y portavoz de la oposición. Aún tenía cuerda para rato. La prueba de esto la pude observar  en el primer pleno que presidió María José Català, en el que estuve presente. Allí comprobé que literalmente se comía al equipo de gobierno con sus embestidas y réplicas. Se aventuraba una legislatura muy interesante, que se vio frustrada con su retirada. Estoy seguro de que más de uno dentro del PP torrentino respiró aliviado cuando tomó la decisión de abandonar la política local. Él sabrá por qué lo hizo.
                Y es ahí de donde nace gran parte de la debilidad que siento por él. Porque desde que dimitió como concejal de la corporación, son contadas las veces que ha hecho pública presencia. Sólo recuerdo haberlo visto en las diferentes tomas de posesión que ha habido desde entonces y en el pleno de Les Corts en las que se dio el título de Gran Ciudad a Torrent. No recuerdo más.
Desde entonces no ha realizado ninguna entrevista en ningún medio de comunicación ni local ni provincial, siendo como ha sido uno de los principales exponentes de la política torrentina y comarcal en los últimos veinte años (sugiero a la dirección de este periódico que le realice una entrevista en profundidad: me ofrezco yo mismo para hacerla, porque hay jugosas respuestas a cientos de preguntas que podría ofrecernos).
Tampoco se le ha podido ver presidiendo procesiones ni saraos, ni opíparas cenas de fiestas de barrio ni dando pésames indiscriminados a la puerta de tanatorios.  No ejerce de sombra alargada de ninguna facción del socialismo torrentino ni tutela a nadie dentro del equipo de concejales.  Tampoco ha aspirado a liderar corrientes críticas dentro del PSPV en los últimos congresos regionales, y me consta que ha habido quien le ha podido tentar con sus cantos de sirena para optar a cargos orgánicos en el partido.
Y lo más raro en la política actual, no ha intentado buscarse una prejubilación o un retiro más o menos honroso con algún cargo público bien remunerado. Más bien al contrario, ha decidido enrolarse en la empresa privada y buscarse el sustento con el sudor de su frente, que no es que los demás no se lo ganen, pero ustedes ya me entienden.
En definitiva, que ha resultado ser una rara avis en la situación actual en la que más de uno no sabe o no quiere dejar de tener su lugar en la política.
¿A que sí? ¿A que usted ya me entiende?