14 de agosto de 2012

Mamandurrias


(Publicado en el último número de La Opinión de Torrent)
No sé si es correcto atribuirle la invención de la palabra a Esperanza Aguirre, pero al menos sí que le debemos a ella su popularización: mamandurria. La presidenta de Madrid se refería con ella a la relación que algunas personas establecen con la administración, basada en el subsidio y la subvención indiscriminada. Pero basándonos en su etimología (mamar), podemos ampliarla a cualquier actitud que consista en abusar de algo.
                Así, mamandurrias son lo que hacen algunos empresarios con sus empleados, a los que obligan a estirar sus jornadas de trabajo con el pretexto de la crisis; lo que hacen los funcionarios más indolentes cuando alargan la hora del almuerzo para ir a Mercadona; el que llora en Cáritas y la Cruz Roja para que los Reyes pasen por su casa mientras por su cuenta se ha comprado una consola último modelo; o el político que acepta chaquetas, anchoas o televisores de plasma de un tipo sin escrúpulos.
                Y la que más veraniega: mamandurria es también ser adolescente y ponerse ciego de alcohol, al calor de las fiestas patronales. Nada que objetar a que cada cual se divierta conforme considere más oportuno. Aquí, quien suscribe esto, también ha sido joven y ha cometido alguna locura en mayor o menor medida con la llegada de la canícula estival. Pero, oigan, las mamandurrias a las que me refiero son de otro tipo. Me estoy refiriendo a las mamandurrias que pude ver en una de las verbenas de fiestas, en la que hordas de jóvenes se acercaban a la plaza mayor con sus bolsas de mercadona llenas de alcohol, en el mejor de los casos, cuando no con unas botellas de un infecto licor –vodka  rojo–, directamente en su gaznate.
                Resulta bastante desolador ver a chiquillos de catorce o quince años en las calles anejas a la plaza vomitando, orinando o durmiendo en un portal. Más aún cuando a esos mismos chicos los conoces o conoces a sus padres, o aunque no los conozcas, piensas que bien podrían ser tus propios hijos.
                No podemos achacar estas mamandurrias a los organizadores de las verbenas ni a las asociaciones de moros y cristianos, porque se puede aplicar también a otras fiestas populares a lo largo del año. Me consta que todos ellos se toman en serio la prohibición de vender alcohol a los menores. Poco se puede hacer si ya vienen mamaditos de casa o con sus botellas en la  mano. Pero, y no estoy exagerando, o se pone coto o van a acabar con las fiestas de moros y cristianos. Prueba de ello fue la marabunta de gente joven que se concentró en la plaza Obispo Benlloch, convocados por las redes sociales, que originaron un problema de orden público que necesitó la actuación de la policía local.
                No quisiera aguarle la fiesta a nadie. Pero  estas mamandurrias no nos van a llevar a ninguna parte más que a peleas, altercados callejeros, suciedad y meadas –muchas meadas-  en nuestro casco histórico en los días que debieran ser los más significativos del año.
                Mamandurria, la palabra del verano. A ver si el año que viene tenemos una mejor.

1 de agosto de 2012

La polémica


El anuncio por parte del ayuntamiento de eliminar la falla municipal ha suscitado todo tipo de respuestas que he ido escuchando a lo largo de la última semana. Está aquel que opina que era un gasto prescindible y que bien podría dedicarse a otros menesteres. Más tarde, un fallero opina que ese dinero es más útil que se dedique a las comisiones y que, puestos a recortar del presupuesto municipal, mejor mantener las ayudas  a las fallas. Mientras tanto, llega otro que considera que ni falla ni gaitas, que cada festero ha de pagarse su fiesta y que del erario público no ha de salir ni un duro para estas cuestiones. Finalmente un hostalero de la zona lamenta que se haya eliminado porque los tres o cuatro días que había mascletà en la plaza Obispo Benlloch, aumentaba notablemente la recaudación de su caja a mediodía y también la tarde-noche del día de San José.
                Reconozco que de estas argumentaciones, todos, en mayor o menor medida podemos sentirnos identificados. Es cierto que la cosa está muy mal y que hay que eliminar los gastos que no son prioritarios, sí, pero ¿y si podemos ayudar al comercio local?
Lo mismo ocurre con las fiestas de moros y cristianos. Seguramente sean las fiestas más autónomas e independientes de todo el conglomerado festivo de Torrent. Nacieron casi de manera espontánea y poco a poco se han convertido en el motor de las fiestas patronales. Eso hay que reconocerlo. Hasta hace poco más de quince años, en la última semana de julio no se veía prácticamente un alma por la calle.  
No falta, sin embargo, quien opina que no debería apoyarse económicamente a la Federación de moros y cristianos – como tampoco a las fallas, a las clavarías o a la Semana Santa –. Tal opinión merece ser contestada con datos, y creo que son los propios moros y cristianos los que debieran recabar esa información y publicarla. Publicar cómo durante la semana que ahora empieza, los bares y restaurantes, no sólo de la zona, sino también de la avenida o de la plaza de los juzgados, multiplican por cinco o por seis su recaudación diaria; publicar que ya hay torrentinos que se dedican a la confección de estos trajes y sus complementos, actividad que les ocupa prácticamente todo el año; publicar que en la bajada de moros y cristianos del día 29, casi diez mil personas  se reúnen entre el convento y trinitarias para ver el boato de los capitanes, en los que, por cierto, cada vez más torrentinos participan con sus grupos de baile y teatro.  Publicar que de cada euro que se invierte en esta fiesta, la mayor parte la han puesto los propios moros y cristianos con sus cuotas y loterías para el beneficio y disfrute de todo el que quiera pasar por ahí estos días.
Publicar, finalmente, que todo aquello que se haga por mejorar Torrent debe ser apoyado. Y que también tenemos derecho a pasarlo bien de vez en cuando.
Porque para pasarlo mal, ya tenemos a la prima de Riesgo. ¿¡Quién será el maldito Riesgo!?

Una lanza



Mientras escribo estas líneas, el presidente del Gobierno está en el Congreso dando cuenta de las medidas que, impuestas desde Bruselas, va a tomar para atajar el déficit.  En twitter y en la radio le caen palos de todos los lados: los de derechas le reprochan que se ha quedado corto con sindicatos y partidos; desde la izquierda le acusan de ir contra los servicios públicos y de permitir los privilegios fiscales de las grandes fortunas y la Iglesia (sic. Nota: Qué grande estuvo en el número anterior Carles X. Puig explicando de una manera tan clara este punto. Enhorabuena).
                Dentro de esas medidas se contempla reducir un 30% el número de concejales. Eso, por lo poco que he leído, no significa que nuestro ayuntamiento pase de tener veinticinco concejales a diecisiete, sino que se aplica sobre otros baremos que están recogidos en la Ley de administración local y que desconozco. Tengan la seguridad de que en 2015 volveremos a elegir veinticinco.
                Aparecen entonces voces que aplauden la propuesta y en menos de media hora vuelvo a recibir dos veces correo en los que  se pide que se rebaje el número de concejales, diputados y senadores  porque, dicen, superan en número a médicos, policías y bomberos. Ignoro el número de bomberos, policías y médicos, pero, oigan, déjenme romper una lanza por el concejal de pueblo.
                Les aseguro que, tanto los del equipo de gobierno como de la oposición, le dedican más horas que muchos de los diputados, senadores o ministros, por un sueldo mucho menor. ¡Sueldos! Se habla mucho de los sueldos de los concejales, pero siempre en bruto y a lo bruto, como si su retribución no tuviera las retenciones de Seguridad Social, IRPF y demás milongas que aparecen en nuestras nóminas. Y se habla muy poco de que algunos de ellos han accedido a este cargo dejando sueldos mucho mayores, con menos dedicación y con menos responsabilidad de la que tienen ahora, y, sobretodo, sin estar sometidos a la presunción de culpabilidad de la que gozan ahora los políticos.
                Porque, oigan, ser concejal de una población como Torrent, no es fácil. Si tienen la oportunidad de pasar veinticuatro horas con uno lo sabrán. Aparte de las responsabilidades del cargo que ocupan –y que han escogido libremente y por el que han sido elegidos– y que les llevan muchas horas de trabajo en despacho (comisiones, plenos, reuniones aquí, allá y más allá) les sumamos las horas invisibles de visitar esta asociación, presidir tal reunión de aquella comisión de fiestas o dar los premios del certamen de este barrio. Y al volver a casa, aquél que te para porque en la puerta de su casa se mean los perros, otro que te cuenta su desgracia familiar y que ninguno tiene faena y ha agotado todas las ayudas municipales, y el vecino del sexto que quiere que le quiten la multa por aparcar en un vado.
                Para que, cuando llegues a casa, recibas un correo electrónico en el que te digan lo vago y lo ladrón que eres.