30 de junio de 2012

El viajero

No sé si usted lo habrá hecho, pero se ha podido leer en los principales diarios regionales, e incluso algún canal de televisión se hizo eco. Se trata de la historia de Rafael Martínez, un jubilado torrentino que se pasea todos los días en metro y que, merced a su prodigiosa afición, se ha convertido en el viajero que más utiliza el metro de toda la red. Dice Rafael que todos los días realiza diez viajes de media con su abono de jubilado y que en muchas ocasiones no sabe ni a dónde va. Cada mañana, recoge los periódicos gratuitos y a partir de ahí traza su plan de viaje matutino. El centro de Valencia, la Ribera, Llíria, el aeropuerto… o sencillamente dejarse llevar por la intuición o acompañar a viajeros despistados que no saben cómo llegar a sus destinos son muchas de las rutas que realiza Rafael en su ocupación de turista del subsuelo, como lo calificaba el diario Levante. No se queja de los retrasos y no le molestan las esperas, en contraposición con las prisas y los agobios del resto de viajeros. Ignoramos el resto de la historia de Rafael. No lo conocía hasta que su historia saltó a la prensa. No sabemos si tiene familia, hijos o nietos, cuál era su oficio antes de jubilarse y cuáles son el resto de sus aficiones, si es que las idas y venidas del metro le permiten tener alguna otra. Pero estoy convencido de que en cada uno de sus trayectos Rafael es feliz y se siente realizado. Y creo que en eso consiste la felicidad: en encontrar un sentido a nuestra existencia y mirar adelante. Piénselo durante unos minutos: Seguro que conoce usted muchas personas que han sido arrinconados por las circunstancias de la vida y no saben encontrar un motivo para levantarse cada mañana. Personas que poco a poco van perdiendo las ganas de luchar o simplemente han dejado de encontrar sentido a las cosas. Rafael lo ha encontrado en una sencilla actividad, como la de coger cada mañana el metro. Y creo que nos da una hermosa lección. Que a veces, las cosas más pequeñas, las más sencillas, son las que más nos pueden llenar. Que nos pasamos la vida esperando que ocurran cosas que nunca ocurrirán o que, en algún caso, no nos llenan cuando finalmente ocurren. En definitiva, que ponemos nuestras esperanzas en cosas que son tan endebles que cualquier problema las derriba y a nosotros con ellas. No me imagino a Rafael cada mañana, mientras repasa la prensa diaria, excesivamente preocupado por la prima de riesgo, por los mercados o por los índices del IBEX. Tampoco creo que le quite el sueño si el Valencia hace un fichaje para el centro del campo, si España gana la Eurocopa o si Cristiano Ronaldo ha vuelto a cortarse el pelo. Es decir, creo que la escala de valores de Rafael es bastante diferente a las que tenemos el resto de mortales, y, a tenor de la entrevista que le han realizado, se le ve bastante feliz. Con lo que la fórmula de la felicidad no parece ser tan complicada. Se trata de hacer lo que a uno le gusta, de disfrutar con las pequeñas cosas y de no dejar nunca de soñar. Parece sencillo, ¿no?

15 de junio de 2012

La gent del camp

(Publicado en el diario La Opinión de Torrent) Me acuerdo del granerer. Lo recuerdo paseando por el Raval con su bicicleta y su aspecto de persona que acaba de aterrizar en un mundo que no es el suyo. No sé si son imaginaciones mías, pero creo que era mudo, o al menos yo lo recuerdo con un ronquido malhumorado hacia los niños que lo mirábamos asombrados, como quien acaba de descubrir algo a la vez extraño y sorprendente. Como los recuerdos tendemos a mitificarlos, creo que fue él el último granerer. Creo que era el último miembro de una estirpe de nobles artesanos que se pierde en el tiempo y que se remonta a los albores de la fundación de nuestro pueblo. Creo que era el último eslabón de una sucesión de herederos de un arte milenario y sencillo, transmitido de generación tras generación sin apenas cambios ni novedades. Ignoro cuándo murió, ni cómo. Ignoro cómo veía él el mundo que le había tocado vivir. Ignoro cómo reaccionaría ante el plástico o los aspiradores. Ignoro si dejó familia, esposa o hijos. Ignoro el lugar donde reposa en el cementerio y si alguien va a depositar algunas flores. Todo esto me viene a la memoria cuando veo el monumento al granerer de la Avenida. Me pregunto qué habría pensado él si lo viera, tan recio y orgulloso, saludando a aquel que pasea por ahí. Sigo mi camino un poco más y veo el dedicado a “la gent del camp”. Ignoro cuántas familias labradoras de Torrent se sienten representadas por ese monumento. Cuántos labradores habrá que en su paseo por Torrent, levanten su mirada hacia esta escultura recordando a sus padres, a sus abuelos, a los suyos. En este momento me viene a la memoria de una pintada que unos jóvenes nacionalistas plasmaron en un monumento similar en Silla, allá por los inicios de la democracia:“Als llauradors, menys homenatges i més preus justos al camp” y que hoy, treinta años después, sigue gozando de una vigencia terrible. Y entonces me planteo cuándo llegará el momento en que algún niño vea al último labrador de Torrent. El día en que lo vean bajar de su furgoneta, cansado por el sol y los años, y éste les responda con un mohín de disgusto. Cuando muera y nadie lo mencione en ningún sitio. Cuando, entonces, alguien descubra que ya no quedan naranjas en Torrent. Cuando los rastrojos y los abrojos cubran lo poco que quede de huerta en nuestro pueblo. Entonces, quizá entonces, alguien se lamente y se pregunte cuándo empezamos a dejar morir el campo torrentino. Nos preguntaremos cuándo dejamos que la impunidad en forma de robos se apoderara de las tierras cultivadas. Nos preguntaremos cuándo miramos para otro lado mientras el acoso urbanístico iba cercando las parcelas de nuestro término. Cuándo permitimos que pagando por debajo de costes, los labradores se vieran obligados a ir abandonando sus cultivos porque ya no eran rentables. Cuándo consentimos que los jóvenes se alejasen del campo dejando morir una generación entera de labradores y sus conocimientos no escritos. Cuándo, en definitiva, decidimos que el campo ya no formaba parte de nuestra vida, de nuestra cultura, de nuestra historia y de nuestro patrimonio y lo dejamos morir entre homenajes y monumentos. Nos preguntaremos cuándo nos convertimos en unos miserables. Pero para entonces, seguramente, quizá ya sea tarde. Demasiado tarde.