31 de marzo de 2012

Impunidad

Hace unos meses, a colación de la controvertida y nunca bien aplaudida ley antitabaco, comentaba con un amigo la dificultad que veía yo en su estricta aplicación y cumplimiento en los bares y locales de ocio. Básicamente mi planteamiento consistía en que sólo con que un par de personas hicieran caso omiso el primer día y no hubiese ningún escarmiento, pronto cundiría el ejemplo entre el resto de fumadores y la ley quedaría en agua de borrajas, puesto que la administración ser vería imposibilitada de sancionar a los infractores, por ser legión. Sin embargo, la buena educación reinó durante las primeras semanas y ahora podemos entrar tranquilamente a tomar algo a un bar sin necesidad de hacerlo con una careta antigás o sin vernos obligado a quedarnos con nuestros niños en la terraza a pesar de las inclemencias del tiempo.

Por ello no dejo de preguntarme por qué no actuamos así en otras situaciones bastante parecidas, en las que las actuaciones de algunos, por superar los límites de la educación o, incluso, de la ley, menoscaban gravemente la convivencia de otros. Pongamos por ejemplo, y siento ser reiterativo, el uso de petardos en estas últimas semanas. Uno entiende que forma parte de la fiesta fallera el lanzar masclets, tronaors y similares productos pirotécnicos. Además debo confesar que disfruto con ellos: me gusta tirarlos y me gustar ir a ver la mascletà. También uno entiende que los días de la semana fallera, la despertà es a las ocho de la mañana, la mascletà en torno a las dos, y que en general cualquier acontecimiento fallero va acompañado de cincuenta metros de traca con tres bombas y dos cajas chinas. Por último, se comprende que en las horas principales del día –y yo lo hago– los padres acompañen a sus hijos a tirar bombetas y los niños mayores lancen su arsenal pirotécnico –el catálogo de estas fallas parecía uno de ésos que nos dejan las grandes superficies en nuestros buzones en Navidad– para mayor auge la pujante economía china.

Hasta ahí todos de acuerdo. Pero tengo que ciscarme en la madre, en el padre y en lo más bendito de algún tipo cuando éste decide que las tres de la mañana es una buena hora para que sus masclets despierten entre sonoros estruendos a mi prole. No acabo de entender la diversión de semejante individuo a semejantes horas. Y es entonces cuando acudo a mi argumentación inicial: ¿No hay ninguna ley, ningún bando, ninguna normativa que regule que a ciertas horas no se puedan lanzar tales artefactos? Y si la hay, ¿por qué no se puede cumplir?

No faltará quien diga: “Es que estamos en fallas”. A lo que yo responderé que esta situación, cambiando el contexto se da prácticamente todas las semanas del año en una población como Torrent: “Es que son jóvenes”, cuando hacen botellón el fin de semana; “Es que son fiestas”, cuando la charanga y el cañón irrumpen en las madrugadas de julio; “Es que es Semana Santa”, cuando una despistada cuadrilla de tamborileros ensaya desatinadas piezas en las noches de abril; “Es que son clavarios”, cuando sus cohetes escapan de las preceptivas tenazas por la plaza Mayor. Es que es una sensación de impunidad total ante semejantes desmanes.

Estoy seguro que si la educación no puede solucionar tal problema, las sanciones deberían entonces atajarlos, porque la última solución es la más perjudicial para todos:

El año que viene, bajo y le meto un guantazo.

20 de marzo de 2012

El camino hasta el metro

Paseaba de nuevo por las inmediaciones de la Universidad Católica, cuando me abordó un chaval con cara de despistado y me preguntó cómo llegar hasta la parada del metro. Me disponía a explicarle que debía tomar la calle del Padre Prudencio, bajar la calle del Convento, llegar hasta la Plaza, donde estaban las obras del mercado, y desde allí dirigirse a la estación.
Mientras preparaba mentalmente mi explicación me asaltaban las dudas de si, a pesar de lo sencillo del trayecto, el chico no se despistaría en alguna calle y se equivocaría, por lo que me esforzaba en darle un recorrido lo suficientemente claro para que supiese llegar, pero que no fuera tan exhaustivo que llegase a agobiarlo. Pero en estas estaba que llegó un amigo suyo y lo saludó:
- ¡Hombre, Toni! ¿Vas al metro? ¡Te acompaño!- le dijo, mientras el chaval, me agradecía con la mirada mi disponibilidad, pese a que no había llegado a articular palabra.
Y se alejaron por la calle que cruza lo que antiguamente fue la cooperativa agraria hasta llegar a las vías del tren y desde allí tomar la calle que lleva directamente a la estación.
Me quedé pensativo, observando que, realmente el trayecto que proponía el segundo chaval era mucho más sencillo -había que hacer una L, es decir, recto y a la izquierda - que el que yo le iba a proponer , que podía hacerle desorientarse por las calles. Y hasta que llegué de nuevo a casa anduve pensado si, efectivamente, el recorrido que yo hubiera hecho para llegar al metro sería más corto que el otro. Así que me metí en un programa informático de estos que te dan imágenes aéreas del pueblo, para calcular la distancia en metros de uno y otro. Y comprobé, además, que el recorrido de los chavales que no eran torrentinos, era unos cincuenta metros más corto que el mío. Más sencillo y más rápido: mejor.
Pensé entonces en la cantidad de acciones cotidianas que hacemos siguiendo nuestra particular rutina, porque siempre las hemos hecho así, porque son como toda la vida, porque es como creemos que mejor se hacen, y en cuántas de ellas, si nos parásemos a pensar un poco, podríamos encontrar un punto de vista diferente, en algo que nos dé una clave para mejorarlas o, sencillamente, en si estamos haciendo lo que de verdad nos beneficia.
Y claro, el resultado de este análisis es descorazonador, porque soy así de burro, francamente. Por lo que me pregunto qué ocurriría si en la gestión política de nuestro ayuntamiento - o de nuestra asociación, que parece que aquí sólo lo hacen mal los políticos, cuando nosotros también cometemos nuestros errores - aplicásemos también el criterio del chico del metro: lo más fácil, lo más rápido y lo más sencillo.
Comienza ahora la semana fallera, pero vale también para los actos de Semana Santa que está en ciernes, y lanzo sólo una pregunta: ¿Cuántas de las actividades programadas y, sobre todo, la manera de encararlas y organizarlas, se hacen siguiendo el esquema de “toda la vida”, de “siempre se ha hecho así” o de “como yo creo que se debe hacer”?
¿O es que tiene que venir alguien de fuera a decirnos cómo llegar hasta la parada del metro?
Felices fallas.


3 de marzo de 2012

Martes de Carnaval

Pues oiga, que ya ha vuelto a pasar el Carnaval. Y que, fíjese que usted lo intenta, que me invita, que insiste en que yo le acompañe, en que me disfrace y baile por la calle, pero que me he vuelto a escaquear este año. Y es que no me veo, lo siento. Ya le dije el año pasado que si estos días me necesitaba, no hacía falta que me buscase en alguna chirigota de Cádiz haciendo sonar un extraño instrumento o en algún pasacalle haciendo gala de una sexualidad confusa. Soy así de raro, a pesar de que es prácticamente obligatorio celebrarlo, pero ya le dije que me resultaba tan contradictorio que usted, que es ateo, laicista y liberticida quiera desmelenarse antes de la llegada de la Cuaresma disfrazándose de obispo, de monja barbuda o de guardia civil con tanga.
Sí, lo reconozco. Soy muy pudoroso y por ello me encuentro mucho más cómodo con la Cuaresma, que es sencilla y austera. Algunos de los grandes poetas en esta lengua ya lo cantaron hace muchos siglos: “beatus ille” decían los latinos, feliz aquel que sabe refugiarse lejos del mundanal ruido. Y el carnaval hace mucho ruido.
¡Claro que le permito a usted que participe! ¡Faltaría más! Vaya, vaya y diviértase y haga sonar sus silbatos contra los recortes en los servicios públicos, grite contra la corrupción, fotocopie billetes y disfrácese de imputado en algún caso Emarsa, Brugal o Gürtel. La crítica social y política, incluso la acerada, es una de las grandes cosas que tenemos en democracia. Y ahora que se está promoviendo la participación ciudadana, participe usted, participe.
Recuerde que usted ya salió a protestar cuando en otras ocasiones el Estado hizo de la ley un sayo y se pasaba por el arco del triunfo la Constitución secuestrando y torturando personas, cuando el saqueo de las principales instituciones del país era algo generalizado, cuando los vicepresidentes del gobierno llamaban “hermanito del alma” no a sus “amiguitos del alma”, sino a sus “hermanísimos” y les ponían despacho y chófer para repartir subvenciones. Sin ir más lejos, mire la que se ha liado en Andalucía por esos casos de reparto de millones de euros en prejubilaciones, las protestas y los disturbios callejeros en esa suerte de primavera andaluza.
¿Lo de los estudiantes? Una vergüenza, claro. La policía cargando contra chavales indefensos. Ahí yo tuve suerte, ¿sabe usted? Cuando yo era alumno de la universidad nuestro país era un vergel, todos vivíamos en armonía, ningún profesor universitario debía mirar antes de abrir la puerta cuando llamaban a su despacho, no fuera que el alumno fuese algún descerebrado con una pistola y una gran fijación en la nuca. Ahí, las únicas protestas que recuerdo eran las que se celebraban, con amplio dispositivo policial, caballos, porras y helicópteros sobrevolando Valencia, en contra de la impunidad de Pinochet. Bueno, bueno, bueno, ¡qué de carreras nos pegábamos delante de los “monos”! Aunque ahora que lo pienso, no tanto, si recuerdo bien. Porque yo, si me permite que le haga una confesión, no he sido lo que se dice muy valiente. De puertas para adentro, sí, pero … no como usted, que me ha contado tantas veces cómo usted luchó contra Franco y corrió delante de los grises y tal…
Pero, oiga, ¿por qué se marcha?