11 de noviembre de 2012

Un homenaje


(Publicado en el último número de La Opinión de Torrent)

Un pueblo no se construye sin sus personas. Estamos demasiado acostumbrados a creer ciegamente en personajes que lideran a los colectivos y los dirigen, y así nos está yendo últimamente. Pero sin la tarea de cada uno de sus miembros, esos liderazgos son totalmente estériles.
                Hoy les hablaré de una de esas personas. Todo el mundo que lo ha conocido guarda un entrañable recuerdo de él. Era una persona afable, cercana, sencilla. Humilde, en una palabra. No recuerdo haberlo oído hablar mal de nadie, ni mostrar rencor, a pesar de haber vivido una de las etapas más difíciles de nuestra historia, como fue la Guerra Civil.
                Les cuento: Son los primeros días de la Guerra y la situación es bastante complicada. Nuestro protagonista, junto con otras personas, viendo que en otras poblaciones están ardiendo los templos, ha decidido que por las noches van a ir sacando de la parroquia de la Asunción aquellos objetos que puedan salvarse del posible incendio del edificio. Finalmente, la iglesia arde, pero una pequeña parte del patrimonio ha podido escapar de las llamas. Entre ellos, los libros sacramentales que se custodiaban en la parroquia desde el siglo XVI, de un incalculable valor histórico.
                Finalizada la contienda, esos objetos se van reponiendo, pero observan con pasmo cómo falta un tomo de esos libros. Pasan los años y esa inquietud aflora cuando los volúmenes son digitalizados y almacenados en una base de datos informática. Entonces, aquel joven que guardó los libros y hoy ya es un anciano, visita a la persona encargada de informatizarlos  y le explica su angustia, que dura más de cincuenta años: “Escondimos los libros, pero creo que perdimos uno…”, pero el encargado de la secretaría le interrumpe pronto: “Es cierto que falta uno, pero por lo que hemos investigado, ya faltaba antes de la guerra. Hay anotaciones que así lo confirman”. Y nuestro amigo se pone a llorar, al poder quitarse esa losa de encima que le ha acompañado durante décadas.
                No presumía de haber salvado ese pedazo de nuestra historia local. No guardaba rencor hacia las personas que habían cometido esa acción. No se jactaba de ser un héroe por haberse atrevido a hacer algo que a muchos les costó la muerte. Sólo le preocupaba que la faena hubiera estado bien hecha y hubiera servido.
                La semana pasada falleció y su despedida fue un clamor popular entre la gente que lo conocía. Personas anónimas como él son las que han ayudado a construir el pueblo que hoy tenemos.  No hace falta que diga su nombre porque usted ya sabe muy bien de quién le estoy hablando.
Y ése, que usted hoy lo recuerde y se emocione con esta anécdota, es el mejor homenaje que podemos tributarle.

No hay comentarios: