1 de agosto de 2012

Una lanza



Mientras escribo estas líneas, el presidente del Gobierno está en el Congreso dando cuenta de las medidas que, impuestas desde Bruselas, va a tomar para atajar el déficit.  En twitter y en la radio le caen palos de todos los lados: los de derechas le reprochan que se ha quedado corto con sindicatos y partidos; desde la izquierda le acusan de ir contra los servicios públicos y de permitir los privilegios fiscales de las grandes fortunas y la Iglesia (sic. Nota: Qué grande estuvo en el número anterior Carles X. Puig explicando de una manera tan clara este punto. Enhorabuena).
                Dentro de esas medidas se contempla reducir un 30% el número de concejales. Eso, por lo poco que he leído, no significa que nuestro ayuntamiento pase de tener veinticinco concejales a diecisiete, sino que se aplica sobre otros baremos que están recogidos en la Ley de administración local y que desconozco. Tengan la seguridad de que en 2015 volveremos a elegir veinticinco.
                Aparecen entonces voces que aplauden la propuesta y en menos de media hora vuelvo a recibir dos veces correo en los que  se pide que se rebaje el número de concejales, diputados y senadores  porque, dicen, superan en número a médicos, policías y bomberos. Ignoro el número de bomberos, policías y médicos, pero, oigan, déjenme romper una lanza por el concejal de pueblo.
                Les aseguro que, tanto los del equipo de gobierno como de la oposición, le dedican más horas que muchos de los diputados, senadores o ministros, por un sueldo mucho menor. ¡Sueldos! Se habla mucho de los sueldos de los concejales, pero siempre en bruto y a lo bruto, como si su retribución no tuviera las retenciones de Seguridad Social, IRPF y demás milongas que aparecen en nuestras nóminas. Y se habla muy poco de que algunos de ellos han accedido a este cargo dejando sueldos mucho mayores, con menos dedicación y con menos responsabilidad de la que tienen ahora, y, sobretodo, sin estar sometidos a la presunción de culpabilidad de la que gozan ahora los políticos.
                Porque, oigan, ser concejal de una población como Torrent, no es fácil. Si tienen la oportunidad de pasar veinticuatro horas con uno lo sabrán. Aparte de las responsabilidades del cargo que ocupan –y que han escogido libremente y por el que han sido elegidos– y que les llevan muchas horas de trabajo en despacho (comisiones, plenos, reuniones aquí, allá y más allá) les sumamos las horas invisibles de visitar esta asociación, presidir tal reunión de aquella comisión de fiestas o dar los premios del certamen de este barrio. Y al volver a casa, aquél que te para porque en la puerta de su casa se mean los perros, otro que te cuenta su desgracia familiar y que ninguno tiene faena y ha agotado todas las ayudas municipales, y el vecino del sexto que quiere que le quiten la multa por aparcar en un vado.
                Para que, cuando llegues a casa, recibas un correo electrónico en el que te digan lo vago y lo ladrón que eres.

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