15 de junio de 2012

La gent del camp

(Publicado en el diario La Opinión de Torrent) Me acuerdo del granerer. Lo recuerdo paseando por el Raval con su bicicleta y su aspecto de persona que acaba de aterrizar en un mundo que no es el suyo. No sé si son imaginaciones mías, pero creo que era mudo, o al menos yo lo recuerdo con un ronquido malhumorado hacia los niños que lo mirábamos asombrados, como quien acaba de descubrir algo a la vez extraño y sorprendente. Como los recuerdos tendemos a mitificarlos, creo que fue él el último granerer. Creo que era el último miembro de una estirpe de nobles artesanos que se pierde en el tiempo y que se remonta a los albores de la fundación de nuestro pueblo. Creo que era el último eslabón de una sucesión de herederos de un arte milenario y sencillo, transmitido de generación tras generación sin apenas cambios ni novedades. Ignoro cuándo murió, ni cómo. Ignoro cómo veía él el mundo que le había tocado vivir. Ignoro cómo reaccionaría ante el plástico o los aspiradores. Ignoro si dejó familia, esposa o hijos. Ignoro el lugar donde reposa en el cementerio y si alguien va a depositar algunas flores. Todo esto me viene a la memoria cuando veo el monumento al granerer de la Avenida. Me pregunto qué habría pensado él si lo viera, tan recio y orgulloso, saludando a aquel que pasea por ahí. Sigo mi camino un poco más y veo el dedicado a “la gent del camp”. Ignoro cuántas familias labradoras de Torrent se sienten representadas por ese monumento. Cuántos labradores habrá que en su paseo por Torrent, levanten su mirada hacia esta escultura recordando a sus padres, a sus abuelos, a los suyos. En este momento me viene a la memoria de una pintada que unos jóvenes nacionalistas plasmaron en un monumento similar en Silla, allá por los inicios de la democracia:“Als llauradors, menys homenatges i més preus justos al camp” y que hoy, treinta años después, sigue gozando de una vigencia terrible. Y entonces me planteo cuándo llegará el momento en que algún niño vea al último labrador de Torrent. El día en que lo vean bajar de su furgoneta, cansado por el sol y los años, y éste les responda con un mohín de disgusto. Cuando muera y nadie lo mencione en ningún sitio. Cuando, entonces, alguien descubra que ya no quedan naranjas en Torrent. Cuando los rastrojos y los abrojos cubran lo poco que quede de huerta en nuestro pueblo. Entonces, quizá entonces, alguien se lamente y se pregunte cuándo empezamos a dejar morir el campo torrentino. Nos preguntaremos cuándo dejamos que la impunidad en forma de robos se apoderara de las tierras cultivadas. Nos preguntaremos cuándo miramos para otro lado mientras el acoso urbanístico iba cercando las parcelas de nuestro término. Cuándo permitimos que pagando por debajo de costes, los labradores se vieran obligados a ir abandonando sus cultivos porque ya no eran rentables. Cuándo consentimos que los jóvenes se alejasen del campo dejando morir una generación entera de labradores y sus conocimientos no escritos. Cuándo, en definitiva, decidimos que el campo ya no formaba parte de nuestra vida, de nuestra cultura, de nuestra historia y de nuestro patrimonio y lo dejamos morir entre homenajes y monumentos. Nos preguntaremos cuándo nos convertimos en unos miserables. Pero para entonces, seguramente, quizá ya sea tarde. Demasiado tarde.

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