12 de mayo de 2012

Aire de Torrent


No sé si ustedes recordarán aquel programa que emitía Canal Plus en abierto la tarde los lunes, en el que se repasaba la jornada futbolística que se había disputado ese fin de semana, y que se llamaba “El día después”. Si es así, seguro que también recuerdan aquella sección del programa que recibía por nombre “Lo que el ojo no ve”, y que paradójicamente era de lo más visto. En aquella sección los reporteros de Canal Plus en los estadios procuraban hacerse con imágenes impactantes, divertidas o insólitas.
De esa manera pudimos conocer a personajes tan entrañables como aquella vieja aficionada al Oviedo que recibía a los rivales a voz en grito, a pesar de sus achaques y su avanzada edad; también nos enteramos de estadios de fútbol que habían construido columbarios en sus instalaciones para que los más forofos pudieran descansar eternamente entre las paredes del equipo de sus amores –siempre que no fueran del Valencia, claro, que así no habría quien descansara–; o incluso conocimos a aquel que iba al estadio del Betis con botellitas vacías y allí envasaba aire del “Villamarín”, del cual afirmaba tener propiedades milagrosas, ya que al abrirlo se podían escuchar los gritos de la gradería verdiblanca, y que luego vendía a la parroquia bética repartida por el mundo.
Me hizo mucha gracia aquella singular iniciativa. Porque pensé que habría que ser muy forofo para querer poseer tan preciado recuerdo. Aunque, bien mirado, cuando uno no está cerca de los suyos, y no puede pisar su tierra, hasta algo tan extravagante puede ayudarle a llevar mejor esa distancia, que en ocasiones especiales puede llegar a hacerse mucho más larga.
Piénsenlo bien. Imaginemos –a lo mejor usted se encuentra en ese caso y podrá entender mejor el planteamiento de aquel avispado bético– que se acerca una fecha señalada y usted se está bien lejos de aquí. Los sentimientos y los recuerdos se agolpan y la nostalgia lo va invadiendo. ¿Qué olor, qué aroma le haría poder estar cerca de aquello que tiene tan lejos? Tal vez sea el humo de leña en invierno, en los días previos a Navidad. Es posible que se trate del aroma de azahar en las últimas semanas de abril, con el sonido de la Semana Santa de fondo. O quizá el de la pólvora de los días de fallas; el de aquel rossejat de Sant Blai cociéndose en el horno de la abuela; el de una siesta bajo los pinos del Vedat en agosto o el de la tierra húmeda después de un día de lluvia en nuestra huerta. ¿No le gustaría poder llevárselo consigo y tenerlo cerca, por ridículo que parezca?
A mí, aunque no es el caso, si las circunstancias me obligasen a estar fuera de Torrent durante mucho tiempo, me gustaría poder tener una botellita con el aire de la calle de la Ermita el día del traslado de la Virgen de los Desamparados. Si usted va este lunes próximo, cierre un momento los ojos, afine el olfato y escuche con atención…
Y ahora contésteme: ¿no le gustaría tener eso guardado para siempre?

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