27 de abril de 2012

No me representan

(Publicado en el último número de La Opinión de Torrent)
No, no se asuste. No es que me haya entrado de repente el síndrome indignado y me haya liado la manta a la cabeza con aquello de “no nos representan”. No, no es eso. La columna de este número tiene relación con bastantes comentarios que vengo escuchando durante los últimos meses y que vienen a resumirse con la pregunta “¿Para qué sirve una alcaldesa o un concejal?”.

Seguramente, usted, que es una persona sensata, responderá que una alcaldesa –o alcalde– junto con el grupo de veinticuatro concejales que completan la corporación sirven para gestionar las cuestiones del gobierno local, en el caso del partido que ostenta la alcaldía, y su fiscalización y control, en el caso de la oposición. Y dirá bien, porque creo que eso debe ser así. Pero, sin embargo, a la hora de la verdad nos contagiamos de una especie de virus que nos impide seguir siendo sensatos y comenzamos a reclamarles otras muchas responsabilidades, que en principio deberían ser menores o secundarios y que pasan a ser prioridades irremplazables. Me estoy refiriendo a aquellas ocasiones en que nuestro pueblo se organiza cualquier acto por el motivo que sea y reclama la presencia, no sólo de la alcaldesa, sino de la totalidad de los concejales. Me lo contaba el otro día un torrentino de pro. Había ido a ver cómo cantaba villancicos su nieta y ante su sorpresa, el acto se dilató unos minutos porque estaban esperando a la alcaldesa, que apareció acompañada de varios concejales, que superaban en número incluso a los niños que cantaban. Y a partir de ahí empezamos a reclamar: Si han ido a ver a unos párvulos, cómo no irán a ver la proclamación de la reina de las fiestas de la calle de San Canuto y adyacentes. Es entonces cuando los de la Asociación Nacional del Rifle invitan a la corporación a la inauguración del nuevo local social y, quién se va a negar si van armados, allá que van todos. Enseguida lo ve aquél y piensa que con razón de más la alcaldesa y los portavoces están obligados a tomar café y despachar con él con sólo levantar el teléfono. Pero ocurre que un día, en un pueblo de tanto frenesí festivo y cultural, coinciden dos actos a la vez y, a falta de conseguir el don de la ubicuidad –todo se andará– se ven obligados a repartirse la representación con el consiguiente enfado de la concurrencia que se considera agraviada. Y se suceden las quejas: Qué falta de respeto por no venir a ver el traje de comunión de mi sobrina, que para eso les pagan un buen sueldo, que están ahí para venir a todo lo que yo organizo. En definitiva, que una alcaldesa sirve para ocupar las fotos del muro del facebook de mi asociación.

Pero ocurre que los concejales y la alcaldesa también tienen familia y preocupaciones. Y, como todo hijo de vecino, también tienen que llevar el coche a la ITV, renovar el carné de identidad o llamar al servicio técnico del ascensor. Y comer con sus hijos. Y allá que va el que los ve y piensa, “míralos, ¡en lugar de estar con la Agrupación Local de Palomos y Palomas en pro de la Libertad que hoy presentaba su memoria de actividades!”.

Y qué quieren que les diga. Que no me representan.

Los de la Agrupación, claro.

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