20 de marzo de 2012

El camino hasta el metro

Paseaba de nuevo por las inmediaciones de la Universidad Católica, cuando me abordó un chaval con cara de despistado y me preguntó cómo llegar hasta la parada del metro. Me disponía a explicarle que debía tomar la calle del Padre Prudencio, bajar la calle del Convento, llegar hasta la Plaza, donde estaban las obras del mercado, y desde allí dirigirse a la estación.
Mientras preparaba mentalmente mi explicación me asaltaban las dudas de si, a pesar de lo sencillo del trayecto, el chico no se despistaría en alguna calle y se equivocaría, por lo que me esforzaba en darle un recorrido lo suficientemente claro para que supiese llegar, pero que no fuera tan exhaustivo que llegase a agobiarlo. Pero en estas estaba que llegó un amigo suyo y lo saludó:
- ¡Hombre, Toni! ¿Vas al metro? ¡Te acompaño!- le dijo, mientras el chaval, me agradecía con la mirada mi disponibilidad, pese a que no había llegado a articular palabra.
Y se alejaron por la calle que cruza lo que antiguamente fue la cooperativa agraria hasta llegar a las vías del tren y desde allí tomar la calle que lleva directamente a la estación.
Me quedé pensativo, observando que, realmente el trayecto que proponía el segundo chaval era mucho más sencillo -había que hacer una L, es decir, recto y a la izquierda - que el que yo le iba a proponer , que podía hacerle desorientarse por las calles. Y hasta que llegué de nuevo a casa anduve pensado si, efectivamente, el recorrido que yo hubiera hecho para llegar al metro sería más corto que el otro. Así que me metí en un programa informático de estos que te dan imágenes aéreas del pueblo, para calcular la distancia en metros de uno y otro. Y comprobé, además, que el recorrido de los chavales que no eran torrentinos, era unos cincuenta metros más corto que el mío. Más sencillo y más rápido: mejor.
Pensé entonces en la cantidad de acciones cotidianas que hacemos siguiendo nuestra particular rutina, porque siempre las hemos hecho así, porque son como toda la vida, porque es como creemos que mejor se hacen, y en cuántas de ellas, si nos parásemos a pensar un poco, podríamos encontrar un punto de vista diferente, en algo que nos dé una clave para mejorarlas o, sencillamente, en si estamos haciendo lo que de verdad nos beneficia.
Y claro, el resultado de este análisis es descorazonador, porque soy así de burro, francamente. Por lo que me pregunto qué ocurriría si en la gestión política de nuestro ayuntamiento - o de nuestra asociación, que parece que aquí sólo lo hacen mal los políticos, cuando nosotros también cometemos nuestros errores - aplicásemos también el criterio del chico del metro: lo más fácil, lo más rápido y lo más sencillo.
Comienza ahora la semana fallera, pero vale también para los actos de Semana Santa que está en ciernes, y lanzo sólo una pregunta: ¿Cuántas de las actividades programadas y, sobre todo, la manera de encararlas y organizarlas, se hacen siguiendo el esquema de “toda la vida”, de “siempre se ha hecho así” o de “como yo creo que se debe hacer”?
¿O es que tiene que venir alguien de fuera a decirnos cómo llegar hasta la parada del metro?
Felices fallas.


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