11 de febrero de 2012

Universidad pitufa

(Publicado en el último número de La Opinión)
Pues, oigan, que he estado paseando por el Poble Nou y me he acercado a la Universidad Católica. Y, superado el primer recelo por la estética del edificio, he entrado a visitarla. Y debo decirle que vale la pena, que se trata de algo singular que, seguramente con el tiempo, se convertirá en un edificio emblemático. Y he visto mucha gente joven estudiando. Y, sin embargo, no he visto a nadie con alzacuellos que fuese arrojando agua bendita a ningún alumno exclamando extrañas oraciones exorcitantes. Tampoco he encontrado a ningún cura rubicundo lanzando soflamas incendiarias contra nadie o exigiendo que los pecadores sean arrojados al abismo del infierno. También es cierto que tales imágenes sólo se dan cita en las calenturientas y perversas mentes de gente con sus facultades mentales perturbadas y de María Antonia Iglesias, que para el caso viene a ser lo mismo.
    Y después he vuelto mis pasos y he encontrado que, en un barrio donde antes había muchísimos bajos vacíos, han ido apareciendo tímidamente algunos negocios relacionados con la Universidad. Y que muchos bares, que antaño fueron punto de encuentro de muchas cuadrillas de labradores y jornaleros, han vuelto a recuperar una parroquia juvenil y universitaria a base de cafés, menús y almuerzos. Y que, como me decía un agente inmobiliario de la zona que llevaba varios meses de brazos cruzados, ahora no para buscando pisos para profesores o alumnos.
    Y entonces me acuerdo de aquellos que han puesto el grito en el cielo a partir de la mentira de que el ayuntamiento regala suelo público, omitiendo deliberadamente que es un acuerdo de cesión que retornará al pueblo en forma de patrimonio inmobiliario o que será comprado por la propia Universidad. Me gustaría que fuesen con ese discurso a aquellos que, gracias a la inversión de la Universidad Católica, han visto florecer o mejorar su negocio en época de crisis. O a aquellos que directamente han sido contratados por la Universidad.
    Y me pregunto si no es ésa la obligación de un ayuntamiento, especialmente en esta temporada aciaga que nos ha tocado vivir. Me refiero a que sea capaz de atraer inversores que generen empleo y riqueza, sobre todo en un barrio duramente castigado por el paro.  Y de nuevo me vuelvo a preguntar qué es lo que algunos encuentran tan malo en ello, si no es porque todo aquello que suene a la Iglesia Católica les produzca urticaria, como si todavía viviéramos en el siglo XIX o a principios del XX. Muchos de estos afirman, sin ningún tipo de pudor, que la Iglesia que mejor ilumina es la que arde, haciendo un alarde de espíritu democrático digno de estudio.
    No faltará quien diga que no es ése el motivo, sino  que el problema es la cesión de espacio público a una empresa privada.  Salvando la estupidez de considerar a la Iglesia como una empresa, tan propio de obtusos, me gustaría saber entonces qué opinan de las pingües subvenciones y ayudas que ha recibido el otrora líder de la caverna catalanista de cuyo nombre no quiero acordarme, ahora caído en desgracia,  que cual Papá Pitufo, con la excusa de proteger a sus pitufitos,  ha pitufado miles de euros, nunca se sabrá muy bien en concepto de qué, por qué y para qué.
    Porque, ¿se imaginan que hubieran opinado si hubiese sido él quien hubiese fundado la Universidad Pitufa de los Países Catalanes?
Exacto, que habrían pitufado con las orejas.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Cómo te pasas, chaval.