28 de octubre de 2011

Previsiones

(Publicado en el último número de La Opinión de Torrent)
Me gustaba mucho en clase de Historia escuchar aquello de los planes quinquenales de la URSS. Ya saben, unos planes a cinco años vista para potenciar el desarrollo del país. El planteamiento me parecía de lo más acertado: prever por anticipado cuál va a ser el crecimiento y el desarrollo para actuar en consecuencia. Me pregunto si de esta manera habríamos cometido menos errores que nos han conducido a la situación actual, en la que algunos servicios públicos se ponen en entredicho por falta de financiación.
Imaginemos, pues,  que estamos diseñando el Torrent de 2020 y que los expertos nos dicen que para entonces seremos cien mil torrentinos. Habría que prever, por tanto, cuántos colegios necesitaríamos para los niños que habrá; si los transportes públicos actuales serían capaces de soportar esa población;  o si las infraestructuras sanitarias estarán preparadas para un porcentaje tan elevado de ancianos como se puede esperar que haya.
                Parece un planteamiento sensato, ¿verdad? Pues lo cierto es que sí se hace y eso es lo que nos deja pasmados. En teoría sí se ha estudiado qué necesidades en materia educativa,  sanitaria y de infraestructuras tendría Torrent desde hace algunos años. Esa responsabilidad, compartida entre la administración local y autonómica, debería, por lo tanto, haber previsto el colegio número 10 y 11, el famoso hospital y el soterramiento de las vías, por poner sólo algunos ejemplos. Y seguramente existan documentos y planes que lo contemplen, marcando plazos y financiación para cada uno de los proyectos. Sin embargo, ¿qué ha sido de ellos? Buena pregunta. Tal vez hubo algún político –de uno u otro signo, qué más nos da ahora eso–   que creyó que no sería muy conveniente hacer el culo gordo de otra administración del signo contrario, de manera que podrían retrasarse los plazos por mil y una pegas burocráticas. O, dada la coyuntura económica del momento, tal vez sí había voluntad política para desarrollar esos proyectos pero no había posibilidad de financiarlos. Y en un tercer escenario, que para mí es incluso peor que los dos anteriores, hubo una intención de hacerlos de cara a la galería, porque quedaba bien de cara al electorado, pero no respondían a una necesidad real.
                Sólo de esta manera cabe entender que a estas alturas aún no tengamos el tan ansiado hospital. Parece un compromiso claro del actual ayuntamiento, pero también de la oposición, especialmente de Compromís, que lo lleva en su ADN. Así que nadie puede decir que no hay voluntad política. Parece ser que también, en este caso, la Conselleria lo contemplaba en sus planes sanitarios. Pero, ¿qué hay de la financiación? ¡Ay, amigo! ¡Es que no hay un duro y entonces hay que empezar a recortar! Y es entonces cuando entra en juego el tercer punto del que hablaba antes: ¿responde a una necesidad real? Y ahí es donde bailan las opiniones. Y el caso es que  yo creo que sí, que necesitamos un hospital que cubra ciertas prestaciones: dar a luz en nuestra ciudad, hacernos placas radiográficas o poder ser atendidos de algunas dolencias menores. Pero no sé si mis planteamientos y los de la mayoría de torrentinos con los que hablo o los de todos los grupos políticos de nuestra población son realistas o parten de las necesidades objetivas de una ciudad como Torrent. Porque del hospital sólo sabemos dos cosas: Que tendremos hospital, pero que no tenemos un duro.
Así que dejemos de echarnos los trastos a la cabeza. Que aún no nos pueden curar.


14 de octubre de 2011

Mi gozo en un pozo.

(Publicado en La Opinión de Torrent)
No sé qué tiene que hacer una población como la nuestra para poder tener un diputado propio en las principales instituciones nacionales, autonómicas y provinciales. La verdad, no lo sé. Si hace cuatro años nos quedamos con la miel en los labios tras la fugaz presencia de la alcaldesa en la Carrera de San Jerónimos, ahora parece que deberemos conformarnos con mirar los toros desde la barrera (¿aún se puede decir “toros” en prensa o ya lo han prohibido también?) y que ningún torrentino concurrirá en las listas de ningún partido.
                Además, no me vale que sea la alcaldesa de Torrent la que nos represente en les Corts. A ver cuándo se enteran los de un partido y otro que no es bueno mezclar churras con merinas y que un alcalde debe dedicarse a su pueblo, por muy útil que pueda llegar a ser que el alcalde de turno despache a diario con consellers o ministros. Y la verdad, cuesta entender que, en un ambiente en el que la gente comienza a despertarse de su letargo y a exigir algo más a la clase política, los principales partidos aún sigan jugándose a la brisca la confección de las listas para el Congreso y el Senado. Sólo hace falta echar un vistazo a las quinielas que se suceden estos días en prensa para ver más de lo mismo en los principales lugares de salida: Dinosaurios políticos, cuneros de alta gama y socorridas viejas glorias para representar a nuestra provincia en Madrid. Y, claro, aquellas lluvias traen estos lodos, y la segunda ciudad de la provincia pasa de nuevo la mano por la pared en las máximas instituciones del Estado: No tendremos diputado nacional, no tendremos senador y antes las ranas de la fuente homónima criarán pelo que tendremos un ministro o un secretario de estado.
                Hace un par de años, a colación del nombramiento de Torrent como gran ciudad, señalábamos la ausencia de claros referentes torrentinos en los ámbitos culturales, políticos, artísticos, científicos o incluso deportivos de nuestro país. No sé ya si es por falta de figuras destacadas o por esa sensación que siempre tenemos de provincialismo, que nos hace empequeñecernos y obviar aquello que nos destaca como pueblo. Si no creen este planteamiento, recuerden las respuestas que se suscitaron tras la creación de una concejalía de turismo en nuestra localidad: la gran mayoría de comentarios que podían leerse en diferentes foros  consideraba que no era preciso, porque no había nada de lo que presumir ni nada que ofrecer a un turista, aunque anduviera despistado, cuando usted sabe que nuestro pueblo, si bien no puede pretender ser un destino turístico de primer nivel, sí que tiene pequeñas joyas para aquel que se sale de los circuitos comerciales del turismo low cost.
                Yo no sé si será entonces esa actitud negativa la que provoca que nos acomplejemos ante nuestra entidad como pueblo y que nos haga creernos que de verdad no tenemos nada que ofrecer en Madrid en la próxima configuración del Congreso de los Diputados o del Senado, porque yo, si ustedes me lo permiten, les puedo presentar una lista de más de quince personas, de los tres partidos con representación en el pleno, sin necesidad de recurrir a los concejales o “als de tota la vida”, que bien podrían desempeñar ese papel el 20 de noviembre próximo.
                Aunque, quién sabe, a lo mejor esta vez suena la flauta.

Actualización a 14 de octubre: Pues no, no ha sonado...

7 de octubre de 2011

Y tu nombre, mi ideal

En mi casa somos muy futboleros. Tengo guardado en la memoria mi primer recuerdo futbolístico, casi más un flash de un partido, que creo debía de ser del Mundial de Argentina en 1978. Son de esas historias que casi he reconstruido con el tiempo, por lo que ya no sé qué tiene de cierto y qué de inventado, y la imagen la veía en un televisor de aquellos de blanco y negro (con dos botones, uno para el VHF y otro para el UHF, que nosotros crecimos aprendiendo tecnología, analógica, pero tecnología) en el que disputaban un partido las selecciones (aquí es donde creo que entra en juego mi imaginación) de Argentina y Perú. Por cierto, que en aquel partido el Matador se hinchó a meter goles. Créanme, entonces, si les digo que desde aquella tarde de 1978 hasta el día de hoy habré visto y oído por la radio cientos de partidos, habré cantado miles de goles y habré maldecido en arameo millones de veces. Pero sólo he llorado tres veces. Las dos primeras, en 1986, con el descenso del Valencia a Segunda División y con el penalti fallado por Eloy contra Bélgica en el mundial de México. Después de eso,  a pesar de derrotas y títulos, el fútbol ha dejado de ser un motivo para soltar una lagrimita.

Pero eso fue hasta el domingo pasado. Ya les he contado en alguna ocasión que estamos en pleno proceso de levantinización en nuestra familia, sin que ello vaya en menoscabo de la pasión que profesamos por nuestro Valencia CF. Y allí estábamos todos los hermanos, alrededor de la radio, escuchando el partido contra el Betis en el que se impuso el Levante, lo que le permitía acceder, aunque de manera provisional, al liderato. Estábamos jaleando la victoria y se me ocurrió poner el himno del Levante en el móvil para celebrarlo. Fue sonar la dulce vocecita de Sandra que se escucha al final de cada partido en el Ciutat de Valencia e inmediatamente  todos nos callamos y comenzamos a esquivarnos la mirada, pues se nos rompían los ojos. Se nos estaba poniendo un nudo en el estómago y yo no me lo podía creer.

¿Qué nos has dado, Levante?

(Dedicado a Nacho, a Pedro y a todos mis fieles seguidores granotas)