28 de enero de 2011

Hoax


(Publicado en el último número del diario La Opinión de Torrent)

No sé si ustedes saben lo que es un “hoax”, pero viene a traducirse al castellano por bulo. Es un término que se ha puesto muy de moda en el mundo de internet y que se aplica a aquellos rumores que circulan por la red acerca de supuestos ladrones en centros comerciales que secuestran a sus víctimas en los aparcamientos, de posibles redes de mafias latinoamericanas que “rajan” las bocas de incautas chicas en lo que se llama “sonrisa del payaso” o de niños que no existen pero que morirán pronto si no reenviamos un correo electrónico a trece personas –ni una más ni una menos–.
                En ese sentido, podríamos considerar “hoax” todo aquello que a fuerza de repetirse uno acaba dando por cierto. Ya citamos hace un par de años a un famoso colega de Hitler, Goeebbels, que decía que una mentira repetida muchas veces acaba convirtiéndose en verdad, y lo sacamos de nuevo a colación porque comienza a ser algo habitual que el descrédito de nuestros gobernantes sea la moneda habitual en el discurso político y periodístico y que para ello se dé por válida cualquier opinión que difícilmente aguante una argumentación seria. Pongamos un ejemplo. Recibí por correo electrónico hace unas semanas una supuesta circular de un sindicato mayoritario en el que se presionaba a cierto político andaluz a colocar en puestos de confianza a miembros de ese sindicato,  merced a la estrecha colaboración entre aquel sindicato y el partido del gobierno. La falsificación de la circular era más que evidente, puesto que era una verdadera chapuza. Sin embargo el correo electrónico venía acompañado de expresiones acerca de lo corrupto que era aquel político que usaba el nepotismo de aquella manera y se me invitaba a distribuirlo. Obviamente no lo hice, porque moralmente no puedo contribuir a difundir una mentira.
                Sin embargo no debe pensar eso nuestro nuevo y flamante candidato socialista a la alcaldía, que decía, entre otras muchas y pocas cosas en su puesta de largo, que lo primero  que hará, en caso de ganar las elecciones, será atender a las personas que llevan más de ocho meses esperando ser atendidas por la alcaldesa. Dios me libre de querer ser el defensor de nadie en esta columna, pero no me dirán que no resulta sencillamente chocante que se puedan defender ideas tan contradictorias como que la alcaldesa no recibe a nadie y a su vez criticarla por no salir del despacho.  Uno no puede dejar de preguntarse qué hará, pues, ella sola en el interior de su despacho tantas horas. Parece ser, entonces, que lo importante es soltar el bulo y que corra solo, aunque dé vergüenza escuchar un argumento tan inconsistente.
                Como también es contradictorio que el mismo candidato, que hasta la fecha sabemos que lo hace en nombre del Partido Socialista, y que presume de tener como modelos a Alarte y Zapatero (sí, han oído bien) critique el gasto en la reforma de la fachada del ayuntamiento que fue aprobada con los votos de los que en unas semanas se convertirán en exconcejales socialistas, omitiendo deliberadamente esta cuestión. Lo importante, una vez más, no es contrastar la verdad, es extender la confusión y en eso algunos son verdaderos artistas.
Y qué me dicen que afirme que hay más de nueve mil parados en Torrent y que no puede dejar de pensar en ellos y en sus familias.
                Vaya bulo. Si fuera así, se presentaría con otras siglas.

26 de enero de 2011

Macho Levante

Uno cree que con la edad, el trabajo asentado, los niños, la hipoteca, y todas aquellas cosas que acaban por anclarnos en este mundo que nos ha tocado vivir, ha llegado a la plenitud de los tiempos y que todo ha alcanzado un punto que conviene mantener. Así, uno se confía e imagina que el resto de vida que nos quede por delante irá pasando paulatinamente sin demasiados sobresaltos. O al menos eso espera. Pero no.
Va y llega el Levante a nuestras vidas. Hasta hace unos meses era como el primo lejano del pueblo. Aquel a quien no saludábamos más que en alguna boda o en algún funeral. Aquel, por qué no decirlo, de quien nos hemos llegado a avergonzar cuando se subía encima de una mesa -o una palmera- a entonar alguna canción que nos cantó alguien de pequeños, pero que ahora hemos llegado a olvidar.
Y entonces un día nos cruzamos y nos miramos extrañados. Se nota que no estamos cómodos, que las palabras no pasan del socorrido "¿qué tal por casa?" "¿y los papás?" o "dales recuerdos". Pero poco a poco va fluyendo la conversación y empiezas a disfrutar de su compañía. Dejas de mirar el reloj ansioso de poder seguir tu camino y te sientas con él, riéndote con sus ocurrencias y llorando con sus penas. Y así llega el día en que te ves en Orriols, bufanda en ristre, cantando el gol de Caicedo ante el Atleti como hace unos meses cantabas los de Villa. Y el lunes te contemplas a ti mismo mirando contra quién juega el Almería, el Sporting o el Zaragoza. Y maldices en el tiempo de juego el gol del Osasuna contra el Athletic o cantas el de Cristiano ante el Rácing. Y no pegas ojo porque,  a pesar de que tu Valencia lleva cinco jornadas sin perder y está en zona champions, este Levante jodío no acaba de despegar de la zona de descenso. Y así, el último plan que pensabas que harías en esta vida es llevar a tu amigo, con el que tantas tardes has pasado en Mestalla, el próximo sábado a ver si de una vez por todas le metemos cinco al Geta y salimos del pozo.Y le adviertes que en algún momento nos gritarán aquello de "choto el que no bote" y tú y él, y decenas de personas que se han convertido al levantinismo sin renegar de su valencianismo, os esconderéis con una sonrisa picarona en su butaca.
Y sabes que en el fondo, estás disfrutando como un niño. Porque de eso se trata, de disfrutar el fútbol.
Y este Levante me ha devuelto esa ilusión.

14 de enero de 2011

Por un regalo ma-tan

(Publicado en el último número de La Opinión de Torrent)

Se apagan las luces de Navidad y a uno le cuesta volver a la rutina. Hace sólo unas horas que Sus Majestades de Oriente regresaron a su casa y aún recordamos los ecos de su visita real. Sin embargo todo no es tan bonito como lo era en nuestra infancia. Y es que no sé que tiene la cabalgata de Reyes que saca lo mejor y lo peor de algunso de nuestros  vecinos. Confieso que uno llega a avergonzarse de pertenecer a la condición humana viendo a algunos de nuestros congéneres. Creo que este tema es recurrente y me parece haberlo mencionado en algún artículo anterior, así que discúlpenme si me repito, pero es que la tarde del 5 de enero en Torrent de algún próximo año es más que probable que haya algún homicidio en la Avenida e incluso dudo si no estaré implicado yo. Espero que el tiempo me dé paciencia y templanza para no hacerlo en el futuro.
                El caso es que cuando uno se dispone a disfrutar de la cabalgata de Reyes –uno en estas cosas es muy monárquico y cree firmemente en los reyes frente a la torpeza simplona de Papá Noel– en compañía de sus hijos, y anda saludando a Bob Esponja o Buzz Lightyear, cuando la ilusión de tus hijos al ver los camellos (¿o eran dromedarios?) que traen a Melchor Gaspar y Baltasar te hace olvidar de golpe las miserias diarias, y cuando crees de verdad haber visto a un paje real saltando de azotea en azotea, en ese momento aparece en tropel una muchedumbre ávida de los suculentos regalos que dispensan las carrozas reales –gusanitos rancios, balones imposibles , muñequitos de plástico y celofán, mucho celofán– que emulando a Belén Esteban (aquella que por su hija ma-ta) se lanzan al cuello de aquel que se interponga entre el juguetito o el caramelito y ellos.
                No sé si será efecto de la crisis económica galopante que nos acecha, o si será cuestión de alguna epidemia que afecta seriamente el comportamiento de las personas, pero resulta que  nos volvemos locos por aquello que se lanza en una cabalgata, ya sea una piruleta, una pelota o una piedra. Y qué quieren que les diga, no lo entiendo. No entiendo por qué hay personas –no hablo solamente de muchachos quinceañeros, sino que también los hay talluditos– que llegan a arriesgar su propia vida caminando junto a los camiones que lanzan dichos objetos. Como tampoco entiendo que, habiendo vallas para delimitar el recorrido del pasacalle, la policía no obligue a desalojar a aquellos que ignoran el valor de su vida y se deslizan por entre los ejes de las carrozas. Y tampoco entiendo con qué cara llegan a casa mostrando sus trofeos a sus hijos y con qué cara los reciben cuando en cualquier bazar de la esquina los venden a sesenta céntimos.
                Así que permítanme que lance una sugerencia a los responsables de la próxima cabalgata que se celebre en nuestras calles, sea del Ninot, de Moros o de la Reina de la Samba. Habría que atreverse a regalar  algo que haga buena aquella cancioncilla que cantábamos cuando éramos pequeños que rezaba así. “¿Qué será?, ¿qué será? ¡¡¡Una …. «empaquetá»!!!” (les ahorro la palabra que falta, pero seguro que saben cuál es). Así podremos comprobar, de una vez por todas, si en esta sociedad tan absurda que nos ha tocado vivir lo que falta son escrúpulos o lo que sobra son estúpidos.
                Yo no lo dudo. Lo segundo.

12 de enero de 2011

No es una cuestión de libertad, es de respeto.

Sigo sin entender cómo hay gente que se niega a aceptar la nueva ley anti-tabaco. Debo de ser así de cazurro. No me imagino a un médico en su clínica privada aduciendo no sé qué derecho y libertad de estar en su casa para fumar en la consulta. Ni me hago a la idea de que un comerciante permita fumar en su tienda de ropa, por ejemplo, e invite a los clientes que no fuman a marcharse a otras tiendas en que no se pueda hacerlo.
Por la misma regla de tres podríamos unirnos unos cuantos y promover un manifiesto para que se permita orinar o defecar en la calle. Es una necesidad fisiológica de lo más común. Conozco a poca gente que no lo haga a diario. Hasta en varias ocasiones, incluso. Y qué me van a decir que lo mal que se pasa cuando uno lleva varias horas sin hacerlo y la micción apremia. Además, a los animales domésticos se les permite hacerlo, al menos a la de mi vecina, que hasta lo hace en mi felpudo y en la terraza común, así que, ¿por qué no permitirlo a las personas?. Pero, ¡oh, sorpresa!, hasta ahora no hay ningún país medianamente civilizado que lo acepte entre sus costumbres.Por algo será.
Se prohibió fumar en espacios públicos y la gente lo asumió porque se entendió que el humo molestaba en clase, en un hospital o en el trabajo. Y hasta la fecha no se conoce el caso de ninguna familia que haya objetado a que su hijo vaya a clase porque no puede fumar y ningún enfermo se ha declarado insumiso al no poder echar el cigarrillo mientras lo operaban de almorranas. Tampoco ninguna empresa ha amenazado con despedir a los enfermeros si no pueden fumar.
Asuman ahora que su cigarro molesta también en un bar. No es una cuestión de libertad, es una cuestión de respeto.