24 de mayo de 2011

Se lo tengo dicho a la alcaldesa

No les contaré cuántas veces he escuchado en los últimos cuatro años la siguiente expresión: “Se lo tengo dicho a la alcaldesa”. Cierto es que en diferentes versiones, a diferentes autoridades –fundamentalmente alcaldesa o concejales– y hasta en diferentes lenguas –“això ja li ho ha dit jo a l’alcaldessa–  pero en todas ellas subyace la misma idea: Si me hacen caso a mí, verán cómo tengo razón, y si no lo hacen, están perdidos. Y en el fondo las redes sociales no son muy diferentes, porque ¿qué es el Twitter o el Facebook sino el cajón de sastre donde caen todas aquellas opiniones que uno vierte sin ningún tipo de criterio? De ahí el escepticismo que me provocan manifestaciones y protestas como las que se están produciendo estos días, surgidas de las redes sociales y producto del calentón colectivo que provocan cinco millones de parados, una tasa de desempleo juvenil que roza el 50 % y una casta política que se percibe como un problema para los ciudadanos.
                Nada que objetar, pues, a los motivos que las alientan y sí al objetivo que persiguen. Todos somos conscientes de los problemas de la sociedad, pero, ¡qué poca autocrítica nos hacemos a nosotros mismos! Es relativamente sencillo echarle la culpa de la crisis a los bancos, porque posiblemente la tengan. Pero me preguntaba yo el otro día, al encender el televisor y ver la sentada en la Puerta del Sol un cartel que rezaba “No puedo pagar la hipoteca” si aquel que lo escribe no solicitaría una hipoteca por un valor por encima de la tasación de su piso, de manera que así se compraba un coche mejor. Si al comprarla por cuarenta no estaba pensando en venderla por cincuenta en un año. Si el anterior dueño de su vivienda, que podría ser amigo suyo, no la vendió un 30 o un 40% más cara de lo que le costó. Y si el propietario del suelo en que se edificó no esperó a que un colega suyo, que trabajaba en Urbanismo, le contara que no vendiera antes de que se aprobase un PAI que multiplicaría por cinco mil el valor de aquel secarral donde su bisabuelo tenía algarrobos.  O si aquel que reclamaba un trabajo afirmando que pertenecía a la “generación mejor preparada de la historia de este país” (sic) no se pasaba las mañanas del instituto jugueteando con el móvil en clase, se dejó las clases en tercero de secundaria para trabajar como “caravistador” ganando más de dos mil euros al mes y si con su primera nomina no fue a comprarse un BMW blanco tuneado al concesionario.
Sí, ya sé que el movimiento #15M es bastante heterogéneo y que cuenta con todo tipo de personas, entre las que nos podemos contar. Por eso mismo, cuesta creer que todos los que están haciendo que el Twitter eche chispas estos días sean víctimas de esta crisis y ninguno haya hecho nada por pararla. Cuesta creer que ninguno de nosotros hayamos alentado, cuando no disfrutado,  todo aquello que ha provocado llegar a la situación donde estamos. Cuesta creer que yo no sea responsable también.
                Hace algunos años leí un artículo de Juan José Millás en que afirmaba que habría que darles el poder a los taxistas, puesto que siempre que él subía a uno, le espetaban toda suerte de argumentos para reconducir el país. A lo mejor habría que suspender las elecciones del domingo y darles la vara de mando directamente a todos aquellos a quienes me refería al principio del artículo. Todos sabemos lo que los demás tienen que hacer para que esto funcione un poco mejor. Pero de aquello que nosotros tengamos que cambiar para contribuir a aquello, ni una palabra.
No sea que nos toque cambiar de estilo de vida. Con lo poco que nos ha costado alcanzarlo.

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