18 de mayo de 2011

Campaña


A mí –debo ser un bicho raro– me gustan las campañas electorales, a pesar de que en ocasiones puedan llegar a ser tediosas. Quiero decir que las sigo y procuro leer todo aquello que se publica en los medios. Devoro entrevistas y noticias e intento no perderme los especiales de la noche de las elecciones con las encuestas a pie de urna, las israelitas y los primeros resultados. No diré, no obstante,  aquello de “me  estudio los programas y procuro elegir aquel que más me satisface” porque es una auténtica memez. Nadie en su sano juicio hace eso, que es propio de cursis, fundamentalmente porque la mayoría de programas están calcados: Todos quieren hospital, colegios, más policía local, más parques  reducir el gasto y fomentar el comercio, la industria y el empleo local. Y excepto algunos partidos totalmente marginales y anticonstitucionales, que suelen prometer alguna estupidez, todos ellos intentarían llevarlo adelante si fueran elegidos. Además yo ya tengo bastante claro mi voto desde hace tiempo, porque la campaña también dura cuatro años y en ese período uno ya ha descubierto a quién debe votar.
¿Por qué me gusta entonces la campaña si ya tengo tan claro mi voto? Porque nos permite ver la puesta en escena de los candidatos y sus partidos y eso se me antoja mucho más decisivo a la hora de definir el voto de aquel que aún no lo tenga claro. Y es que el próximo domingo, más que votar un programa, votamos a aquellos que creemos más capacitados para llevar adelante la gestión de los próximos cuatro años, y ahí la comparación entre unas listas y otras está, a mi juicio, escandalosamente desequilibrada. De ahí que eche en falta algunos elementos en las campañas locales que permitan ver esas diferencias.
Una de ellas es un verdadero debate electoral y no una representación de diferentes monólogos como el que se pudo ver en Canal 9 el otro día. No sé si usted lo vio, pero si lo hizo seguro que ya puede ir descartando el voto a Compromís, sencillamente porque quedó en evidencia al proponer cosas que son imposibles de llevar a cabo. Es la ventaja que tienen aquellos que casi con toda seguridad tienen claro que no gobernarán, por lo que se pueden tirar a la piscina y prometer cualquier absurdo, a sabiendas de que nunca se verán en la obligación de cumplirlo. Habría sido fantástico, en cambio,  contar con un debate entre los dos aspirantes a la alcaldía, o con tres o cuatro si se prefiere, en el Auditori y así poder comprobar de primera mano la capacidad de unos y otros.
Y la otra son las encuestas. Creo que no hay ninguna hecha en serio para nuestra localidad, por lo que me resulta bastante curioso que se mencionen en entrevistas y noticias. Todo son impresiones personales, pero no hay ningún estudio con credibilidad que intente pronosticar qué ocurrirá el 22 de mayo, como si que se ha publicado en otras ciudades, como por ejemplo, Elche. Quién sabe si el propio partido socialista maneja alguna que lo dé por perdedor, porque el flamante candidato aseguraba en el anterior número de La Opinión que la alcaldesa no debería presentarse a les Corts, porque “en Torrent hay mucho trabajo para ser un alcalde a tiempo parcial”, es decir que da por hecho que volverá a ser alcaldesa.
Eso, amigos, es franqueza. Y una falta de ambición extraordinaria.

1 comentario:

Carles dijo...

<>
Home, també se pot anar descartant el vot al PP que va prometre l'hospital i diu que és una realitat. Jo quan passe pel Toll-L'alberca només que veig un flamant cartell i el ramat d'ovelles baix.
Com li digué Beguer a Catalá: Maria José jo no dic que mentisques, dic que no dius tota la veritat.