26 de marzo de 2011

Un poco de sentido común

Acostumbrados como estamos a regularlo todo con normas, reglamentos y prohibiciones estamos olvidando usar el sentido común. Lamentablemente en esta ocasión la situación es lo suficientemente seria y grave como para no tomárselo en broma. Me estoy refiriendo al terrible accidente de los dos niños en la calle Sagra el día de San José. No me puedo imaginar el dolor y la angustia de las familias en ese fatídico día y por los que les mando mi más sincero abrazo y un deseo de corazón de que sus hijos se recuperen pronto.
Y sin querer establecer un juicio a lo ocurrido, permítanme que vuelva a referirme al sentido común. Desde el día 1 de marzo hemos estado bombardeados, nunca mejor dicho, por las continuas explosiones de los petardos. Sin ir más lejos, en la ofrenda del día 18, con una Avenida abarrotadísima de gente, un padre y su hijo, en compañía de una madre que miraba la escena con ojos bucólicos, lanzaban de forma indiscriminada toda suerte de petardos, salidas y bombas de humo con las consiguientes molestias para los que sufríamos a su alrededor y con la falta de respeto para el acto que ahí se estaba celebrando. Añadan ustedes la anécdota que se les ocurra y si no es así, pasen por la Torre, que luce unas buenas marcas de haber sido objeto del bombardeo por parte de una tropa de gamberros.
Nada que objetar a que los niños lancen petardos de una forma controlada durante las fiestas de fallas. Pero insistamos en que sean de forma controlada. En las últimas semanas la Policía y los pirotécnicos han venido realizando charlas de seguridad ante el uso de estos artefactos en las escuelas con escaso éxito. De hecho, la norma de venta y distribución de estos materiales es bastante estricta, pero se burla con una facilidad pasmosa. Con la ley en la mano, un niño de doce años sólo puede tirar esos petarditos que explotan al lanzarlas al suelo –las llamadas “bombetas” – que seguro usted ha visto tirando a niños de guardería. Imagínese usted la edad que debe tener alguien para lanzar algo más potente, como un masclet o esas salidas que surcan el cielo (en el mejor de los casos) un día de fallas y preguntémonos de dónde demonios lo han conseguido y con qué dinero para tener la ecuación de la estupidez completa: Tenemos una masa de padres irresponsables comprando petardos a sus descerebrados hijos que los tiraran a cualquier hora, en cualquier lugar y de cualquier forma. Lo raro, entonces, es que no pasen más accidentes.
¿Es necesario endurecer más el reglamento cuando son, muchas veces, los propios padres los que proporcionan estos petardos a sus hijos? Una vez más, buscamos excusas fuera de nosotros para no querer reconocer que somos nosotros, con nuestra inconsciencia, quienes ponemos en serio peligro nuestra integridad y la de los que nos rodean. Y de esta manera reclamamos que las instituciones pongan vallas más altas en las “mascletaes”, más policías patrullando las calles, más normas prohibiendo lo que ya estaba prohibido y más y más reglas que luego nos pasaremos literalmente – y perdonen la expresión– por el arco del triunfo para evitar nuestra responsabilidad como padres, educadores y ciudadanos en general.
¿Más leyes y normas? No. Más sentido común.

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