14 de enero de 2011

Por un regalo ma-tan

(Publicado en el último número de La Opinión de Torrent)

Se apagan las luces de Navidad y a uno le cuesta volver a la rutina. Hace sólo unas horas que Sus Majestades de Oriente regresaron a su casa y aún recordamos los ecos de su visita real. Sin embargo todo no es tan bonito como lo era en nuestra infancia. Y es que no sé que tiene la cabalgata de Reyes que saca lo mejor y lo peor de algunso de nuestros  vecinos. Confieso que uno llega a avergonzarse de pertenecer a la condición humana viendo a algunos de nuestros congéneres. Creo que este tema es recurrente y me parece haberlo mencionado en algún artículo anterior, así que discúlpenme si me repito, pero es que la tarde del 5 de enero en Torrent de algún próximo año es más que probable que haya algún homicidio en la Avenida e incluso dudo si no estaré implicado yo. Espero que el tiempo me dé paciencia y templanza para no hacerlo en el futuro.
                El caso es que cuando uno se dispone a disfrutar de la cabalgata de Reyes –uno en estas cosas es muy monárquico y cree firmemente en los reyes frente a la torpeza simplona de Papá Noel– en compañía de sus hijos, y anda saludando a Bob Esponja o Buzz Lightyear, cuando la ilusión de tus hijos al ver los camellos (¿o eran dromedarios?) que traen a Melchor Gaspar y Baltasar te hace olvidar de golpe las miserias diarias, y cuando crees de verdad haber visto a un paje real saltando de azotea en azotea, en ese momento aparece en tropel una muchedumbre ávida de los suculentos regalos que dispensan las carrozas reales –gusanitos rancios, balones imposibles , muñequitos de plástico y celofán, mucho celofán– que emulando a Belén Esteban (aquella que por su hija ma-ta) se lanzan al cuello de aquel que se interponga entre el juguetito o el caramelito y ellos.
                No sé si será efecto de la crisis económica galopante que nos acecha, o si será cuestión de alguna epidemia que afecta seriamente el comportamiento de las personas, pero resulta que  nos volvemos locos por aquello que se lanza en una cabalgata, ya sea una piruleta, una pelota o una piedra. Y qué quieren que les diga, no lo entiendo. No entiendo por qué hay personas –no hablo solamente de muchachos quinceañeros, sino que también los hay talluditos– que llegan a arriesgar su propia vida caminando junto a los camiones que lanzan dichos objetos. Como tampoco entiendo que, habiendo vallas para delimitar el recorrido del pasacalle, la policía no obligue a desalojar a aquellos que ignoran el valor de su vida y se deslizan por entre los ejes de las carrozas. Y tampoco entiendo con qué cara llegan a casa mostrando sus trofeos a sus hijos y con qué cara los reciben cuando en cualquier bazar de la esquina los venden a sesenta céntimos.
                Así que permítanme que lance una sugerencia a los responsables de la próxima cabalgata que se celebre en nuestras calles, sea del Ninot, de Moros o de la Reina de la Samba. Habría que atreverse a regalar  algo que haga buena aquella cancioncilla que cantábamos cuando éramos pequeños que rezaba así. “¿Qué será?, ¿qué será? ¡¡¡Una …. «empaquetá»!!!” (les ahorro la palabra que falta, pero seguro que saben cuál es). Así podremos comprobar, de una vez por todas, si en esta sociedad tan absurda que nos ha tocado vivir lo que falta son escrúpulos o lo que sobra son estúpidos.
                Yo no lo dudo. Lo segundo.

No hay comentarios: