14 de agosto de 2010

Trabucà

Mientras la (hi)progresía local reclamaba la readmisión en su puesto de trabajo a un empleado del Ayuntamiento que había sido trasladado, usando para defenderlo comparaciones cuanto menos odiosas, el Tribunal Superior de Justicia le daba la razón al ayuntamiento argumentando que no había discriminación política en esta decisión. Es curioso que el principal partido de la oposición dedique tantas horas a la defensa de este trabajador y por otra parte se insista en que no hay una motivación política para hacerlo. Pero lo cierto es que a estas alturas aún no sabemos cómo un bedel había llegado a esa responsabilidad y por qué, cuál era su cometido, cómo lo desempeñaba y por qué ya no lo hace ahora. Doctores tiene la iglesia, y jueces y abogados para dirimir quién tiene razón, pero lo que nos llama la atención es ver cómo asistimos a un partido de tenis político que se va a alargar los próximos meses.
Decimos un partido de tenis, pero bien podría resultar una trabucà, como esas a las que asistimos esta última semana. Si usted no ha participado nunca en ella, el funcionamiento es sencillo de explicar: Los cristianos salen de un lado y los moros, de otro. Todos van lanzando sus cargas de pólvora provocando un estruendo ensordecedor, aturdiendo a cuantos nos agolpamos en la Plaza Mayor y asustando a unos pocos por la imprudencia de algunos moros y cristianos que no dudan en apuntar al público asistente o manejando cañones de dudosa utilidad.
Pues aquí resulta parecido: Lo importante es hacer mucho ruido. Hay que aturdir al público y asustarlo con mucho escándalo, pero con pocos argumentos, se tenga razón o no. Si no te la da un tribunal, poco importa. El juez seguro que es amigo de alguien y eso basta para ningunearlo, despreciarlo o ponerlo en entredicho. Ya sabíamos que para esta (hi)progresía local sólo hay una forma de hacer las cosas y es como se hacían hasta 2007. Pero las cosas tampoco son así: La siguiente anécdota es elocuente. Un concejal es abordado por un supuesto simpatizante de su partido para reclamarle no sé qué favor de dudosa legalidad. El concejal, abrumado por la petición, le reconoce que así no se pueden hacer las cosas a lo que aquél le replica que “los otros lo hacían así” (sic) lo que merece la respuesta rauda del concejal “para hacer las cosas como los otros no hemos venido nosotros”.
No entramos en detalle de cómo unos hacían las cosas y otros las hacen ahora. En quien lo hace bien y quien lo hace mal. Usted seguro que ya tiene su propia opinión. Pero seguimos insistiendo en que para algunos sólo hay una forma de hacer las cosas, sólo una persona capaz de llevarlas adelante y sólo una parte de la población merece un respeto social. Al resto, que le den. Y qué quieren que les diga, a mí eso me solivianta bastante (por usar una palabra biensonante) .
Ya que hemos sacado a colación el tema de la trabucà, permítanme un posdata: Que tome nota la Federación de Moros y Cristianos, pues este acto está condenado a desaparecer si no consiguen que se oigan los parlamentos y que aquellos que no están capacitados para llevar un arma no participen en él. Algún día provocarán una desgracia.
Que ustedes lo pasen bien.