28 de junio de 2010

Fuera de juego


El problema no es que den por bueno el gol, que es un fuera de juego clamoroso. Ni que las pantallas demuestren que era ilegal. Ni siquiera que los árbitros se negasen a reconocer el error o que Maradona se empeñe en que sí lo era. Y tampoco que la FIFA se muestre reacia a usar el vídeo en estas jugadas ( a ver de qué viviría el Marca entonces, claro).
El problema es que nadie se ha dado cuenta de que el jugador que marca el fuera de juego no es el último, sino el penúltimo. Así que la rayita de marras debería salir del jugador de la derecha, no del de la izquierda.
Léanlo en el reglamento de la FIFA:
"Un jugador estará en posición de fuera de juego si se encuentra más cerca de la línea de meta contraria que el balón y el penúltimo adversario"

P.D. Ganaremos a Portugal. Y venceremos y convenceremos contra Argentina.

27 de junio de 2010

Algo falla

Si hacen falta varios años de facultad, cientos de horas estudiando, miles de noches de guardias, y tantas y tantas cosas para acabar echando a un hombre de la consulta porque te habla en valenciano, es que algo falla en la educación actual, que nos hemos vuelto locos.

Si en un pleno de una población local un vecino la emprende a golpes con un concejal o si hay que buscar siempre un responsable ante cualquier desgracia o si hay que poner pegas a todo lo que hagan los demás pero nunca reconocer lo que hacemos mal, es que esto no va bien.

O que en este mundo sobran gilipollas y faltan muchos escrúpulos.

25 de junio de 2010

Las vuvuzelas


Si usted es futbolero, seguro que sabe a qué me refiero cuando hablo de este infecto artilugio que siembra los estadios en Sudáfrica. Pero si usted no sabe lo que es, le diré que se trata de una especie de trompeta que tocan los aficionados en el estadio, que produce un ruido monótono ensordecedor que se asemeja a un claxon y que provoca que la retransmisión de los partidos se convierta en un auténtico suplicio para los comentaristas, que apenas pueden oírse a sí mismos. Lo cierto es que el invento de marras es más viejo que la tos, pues ya se veía en los campos allá por los ochenta, hasta que las leyes antiviolencia las prohibieron por tratarse de objetos contundentes que podían ser usados como armas, para gran alivio de los que vamos al estadio.

En Sudáfrica, en cambio, no las van a prohibir, a pesar de las solicitudes de aficionados, periodistas en incluso de futbolistas, alegando que es algo tradicional de aquellas latitudes, por lo que nos hemos tenido que acostumbrar en estas semanas a su peculiar sonido. Así, mientras vemos los regates de Ronaldo, las internadas de Messi o los goles de Villa, la banda sonora de los partidos es lo más parecido a un atasco en la nacional. Por lo que si queremos ver el Mundial, y a fe que queremos, no tenemos más remedio que acostumbrarnos a ellas.

Algo parecido ocurre con la precampaña electoral, en la que ya nos hallamos inmersos. Sí, ya sé que aún falta un año, pero si usted afina el oído podrá oír las vuvuzelas de los partidos políticos sonando a lo lejos. Puede tratarse de un mupi (creo que se llaman así los paneles publicitarios que pueblan las esquinas) anunciando los logros del gobierno popular: tu-tu-tu se oye; tal vez sea una publicación socialista denunciando la gestión de la alcaldesa y recordando lo bien que se vivía aquí hasta 2007: tu-tu-tu suena con fuerza; ahora es una nota de prensa anunciando un lavado de cara a la formación nacionalista que solía llamarse unión (sic) valenciana: tu-tu-tu, pero esta vez suena más a matasuegras; podría resultar también un panfleto del bloc denunciando que la alcaldesa lidera la destrucción del empleo: tu-tu-tu vuelve a sonar para provocar la respuesta de nuevo del PP y más tu-tu-tu…

Nos hemos tenido que acostumbrar a ello, como nos hemos ido acostumbrando a tantas y tantas cosas molestas en nuestro día a día: las cacas de perro en las aceras, el mirón del parque infantil, el poniente veraniego o los atascos para ir a la playa. Es lo que tiene. Pero a lo que nunca nos podremos acostumbrar es que alguien aproveche esas vuvuzelas para vomitar todo aquello que tiene dentro y que no se atrevería a decir en un pleno. Y es que hay quien está utilizando ese ruido de fondo para denigrar y humillar públicamente a concejales del ayuntamiento de Torrent, con la excusa de la crítica política y la denuncia pública, de modo que la molesta vuvuzela a la que estamos acostumbrados se asemeja más a la caca de perro que no a la opinión democrática.

Con una pequeña diferencia: y es que al perro no podemos exigirle responsabilidades

11 de junio de 2010

Se llama Javier

(Publicado en el diario la Opinión de Torrent)
No sé si fue en este mismo diario donde lo leí. O tal vez fuera en alguno de tirada nacional, pero me pareció leer que en Torrent, al hilo de las celebérrimas subidas de impuestos a las rentas más altas, había cerca de trescientas grandes fortunas. Es decir que trescientos de nuestros vecinos gozaban del placer de verse acompañados de varios ceros en sus cuentas corrientes. Y ahora que se han puesto de moda los programas de televisión en que vemos a los ricachones en sus mansiones, no estaría de más que pudiésemos ver a estos torrentinos de pro que emulan al Tío Gilito, nadando en su abundancia que el Estado quiere devorar.
Pero lo cierto es que todos los que saben de esto dicen que medidas de este estilo sirven para bien poco, tienen mucho de publicitario –por aquello de parecer más progresistas que nadie – y que al final quien no quiere pagar sabe cómo hacerlo. Así que quien se ve afectado por las medidas son los funcionarios y los pensionistas. Ignoro la cantidad de pensionistas que hay en nuestras calles, pero se me antojan en una cantidad mayor a trescientos. Lo que sí me ha llamado la atención es que sea un número de trescientos los funcionarios del ayuntamiento y, qué quieren que les diga, me parece a mí una coincidencia bastante desafortunada. Que en Torrent haya el mismo número de funcionarios y de millonarios, toda vez que descartamos que coincida en algún vecino esa doble circunstancia, no deja de ser algo paradójico, ya que es en estos dos grupos donde se ha puesto el objetivo del recorte presupuestario y la recaudación.
Pocos colectivos –los de Lepe y poco más – son objeto de mayor número de chistes fáciles y leyendas urbanas. Y es curioso que así sea, porque a la hora de la verdad son las caras más cercanas a las gestiones cotidianas. Quién no ha ido al ayuntamiento a presentar un documento en el registro de entrada; quién no ha solicitado algún certificado del padrón; quién no ha necesitado la documentación para la matrícula de su hijo o quién no ha tenido que esperar pacientemente un día de elecciones para poder votar porque su identidad ha bailado “sospechosamente” a la otra punta del pueblo. Muchas de esas personas, que al final son las que le ponen la cara a la administración, nos atienden amablemente –aunque de todo hay, como en botica – y solucionan nuestros asuntos, que para nosotros son lo más importante. Por eso llama la atención que sean ellos las principales víctimas de la situación actual.
En los años noventa un amigo y yo estuvimos trabajando en el ayuntamiento realizando el padrón municipal. Íbamos a las casas con unos papelotes enormes para actualizar los datos y después informatizarlos. Fueron dos meses muy intensos en los que conocí a muchos funcionarios. Un día, hablando con mi amigo, un anciano que esperaba su turno nos recriminó que no lo atendiéramos, a pesar de que no podíamos hacerlo, ya que no era nuestra función. Quise mandarlo a paseo, pero uno de los funcionarios me pidió que me callase y soportó estoicamente la mala educación del viejete mientras lo atendía con una sonrisa y su amabilidad habitual.
Ahora, mientras escribo estas líneas y veo por la tele la huelga de funcionarios, me acuerdo del viejo, del padrón, de mi amigo, del cinco-por-ciento y de la sonrisa de Javier.
Porque se llama Javier.