25 de febrero de 2010

Tonto el primero

(Publicado en La Opinión de Torrent)

Unas elecciones comienzan a perderse en el instante en que se ganan. Esto, lejos de ser una contradicción, debería ser una de esas frases que se han de recordar una vez se alcanza el poder, porque nos afirma que un partido no puede eternizarse en él y que llegará el momento en que sea desalojado del mismo. Ocurrió con la UCD, con el PSOE y con el PP a nivel nacional. Ocurrió en Torrent y en la Generalitat una vez y volverá a hacerlo en el futuro. Es ley de vida. ¿De qué depende, pues, ese cambio? Indudablemente son muchos factores, pero uno está bastante claro y consiste en cómo un gobierno rentabiliza sus aciertos y gestiona sus fracasos.

Del primer aspecto poco más podemos añadir que no se sepa ya. Díganme qué gobierno nacional, regional o local no vende sus logros como si hubiesen descubierto América o Catarroja, que diría aquél. A tal efecto se suceden manifiestos de artistas, cuñas publicitarias en la radio o telediarios teledirigidos para anunciar a bombo y platillo que la Orquesta Sinfónica de la Armada de Malta va a actuar en las fiestas del callejón del gato o que el Ministerio de Igualdad ha promovido un estudio de las partes más pudorosas de los genitales femeninos (esto, aunque les cueste creerlo sí es cierto). De otra forma no se puede entender que los gobiernos de toda índole vendan sus logros como si les fuera la vida en ello, hasta el punto de querernos hacer comulgar con ruedas de molino.

En cambio, de la gestión de los fracasos no se ve ni rastro. Son aquellas cuestiones en las que los gobiernos no han podido o no han sabido dar respuesta o sencillamente no han salido como se esperaba. ¿A qué se debe ese pudor por reconocer un error? Seguramente a que, por alguna extraña circunstancia, a los políticos les gusta reunirse de aduladores a su alrededor, incluso algunos crecen de forma espontánea a su abrigo, aun cuando hasta hace unos meses se abrazaban a otros. De manera que reconocer un error es visto como un síntoma de debilidad, cuando en realidad es todo lo contrario: es una garantía de credibilidad y honestidad, mientras que no hacerlo es un acto de mez quindad. Pero claro, a ver quién es el guapo que reconoce alguno. Especialmente cuando tenemos tan poca cultura a la hora de hacerlo. Fíjense si no cómo es posible que un partido gobierne durante 28 años en Torrent y aún no haya sido capaz de reconocer, al menos en público, en qué se equivocaron. Así que nos hemos acostumbrado a que se nos diga lo bueno, lo muy bueno que se hace, porque de lo malo ya nos iremos enterando por nuestra cuenta. El problema es que a veces, viene algún embustero y te lo dice él, pero arrimando el ascua a su sardina.

En el colegio, cuando sonaba la sirena para subir a clase, alguien decía aquello de “tonto el último” –bueno, era otro adjetivo que por aquello de ser políticamente correctos no diremos- y efectivamente salíamos escopeteados al aula. Aquí, en cambio alguien ha dicho “tonto el primero” porque ya ha sonado la sirena y las elecciones están a la vuelta de la esquina.

A catorce meses, para ser más exactos.

11 de febrero de 2010

Hablando de firmas

(Publicado en la Opinión de Torrent)
Me reprocha amablemente un amigo que apoye desde estas líneas la iniciativa de cerrar al tráfico las calles de San Cristóbal y Sagra. En su oposición a cerrarla me desgrana uno a uno los motivos que le llevan a tomar esa decisión, cuyos principales argumentos se basan en la fluidez del tráfico y la necesidad del comercio de que haya un fácil acceso en vehículo a estas zonas y que permitan, a su vez, que sean lugares de paso para poder seguir manteniendo las persianas abiertas en esta coyuntura económica. Me dice que él mismo lleva recogidas más de seis hojas de firmas que reclaman la apertura parcial de esas calles. Continúo manifestándole mi escepticismo a que el tráfico favorezca el comercio porque sigo pensando –y reconozco que es una opinión bastante particular- que la peatonalización es sinónimo de paseos tranquilos y compras sosegadas. Finalmente concluimos que ni el problema del tráfico en Torrent se soluciona abriendo las calles citadas ni el problema del comercio reside en su cierre al tráfico. Y ahí nos despedimos.
Sin entrar ahora de nuevo en el debate acerca de su reapertura, me quedo con las firmas. Ya no sé la cantidad de veces que en los últimos meses me han pedido que estampe mi firma en alguna de esas hojas con los más diversos motivos: reapertura de calles, bajada de impuestos, contra el aborto, a favor de la cadena perpetua, contra las corridas de toros, a favor de la cordà , contra el cambio de sentido de algunas calles del centro, a favor del reciclaje y en fin no sé cuántas y cuántas cuestiones, que se me antoja que la misma persona me ha llegado a pedir firmas para cosas contradictorias .
Huelga decir que nunca firmé, a pesar de que en algunas de ellas muestro mi total adhesión. Y no lo hice porque sencillamente no me gusta firmar. Me parece que no es la mejor forma de reclamar o apoyar una iniciativa, por muy loable que sea. Pongamos un pequeño ejemplo: Si usted ha circulado en coche por la calle Toledo, habrá descubierto que al final de ella, justo antes de entrar en la plaza San Jaime, la calzada se estrecha como un embudo, provocando hasta hace unos meses, continuos accidentes. Parece ser que había una propuesta de convertirla en una calle de un único sentido de circulación, lo cual, a mí, que soy vecino de la zona, me parecía una excelente noticia. Naturalmente había personas que no pensaban igual que yo y se lanzó una iniciativa para recoger firmas y mantener el doble sentido como había permanecido hasta entonces. Ignoro si esas firmas llegaron a donde debían hacerlo, pero lo cierto es que la calle mantuvo finalmente su doble sentido. Me pregunté, pues, qué hubiera ocurrido si yo, y algunos de mis vecinos que también apoyaban el sentido único, nos hubiéramos decidido a recoger firmas a nuestro favor. ¿Qué decisión hubiera tenido que tomar la delegación de tráfico? , ¿la que más firmas obtuviera?
Porque al final, a uno le queda la sensación de que quien no monta un poco de ruido, no es escuchado y eso es algo que les podemos achacar a nuestros políticos, sí, pero también podríamos empezar a hacérnoslo ver nosotros mismos. Por aquello de lo cómodos que podemos llegar a ser.
Por cierto, un cero a la comerciante que conmina a sus clientes a firmar. Olé la democracia.

1 de febrero de 2010

Esto no es sostenible

Tuve la suerte el otro día de cenar con, entre otras muchas personas, Alfred Domínguez. Con su hablar pausado y sensato, mientras comentábamos la situación actual, la crisis y las polémicas nucleares, afirmaba que él creía que, a partir de esta crisis económica que estábamos padeciendo, las cosas iban a cambiar, que el modelo de consumismo exacerbado a que nos habíamos acostumbrado tocaría a su fin y que, en definitiva, la crisis nos haría darnos cuenta de lo que no habíamos hecho bien. Él lo había creido. Pero reconocía que no era así y que, después de esta etapa, volveríamos a ser como antes. Tuve que darle la razón porque lo cierto es que es la tenía. Estamos esperando remontar la crisis -tres, cuatro o cinco años- para volver al estatus al que anhelamos: mejor coche, mejor casa y si me apuran, mejor mujer y mejores hijos -que para algo ya han inventado el veneno de serpiente y el bótox, que hacen maravillas en los rostros arrugados-.
En resumen: que no hemos aprendido nada. Y lo peor es que estamos exigiendo que los gobiernos nacionales, regionales o locales solucionen la papeleta -que es su obligación, por otra parte- pero seguimos siendo incapaces de perder un ápice de nuestro progreso doméstico. A ver quién es el guapo que abandona el coche, destierra el sueño de comprarse un chalet en el Vedat o no ansía un aumento de sueldo para aumentar el consumo.
Yo no sé si ustedes se acuerdan del Rey Salomón cuando quiso construirse un palacio enorme. Lo compensó construyendo un templo ligeramente mayor para Dios. Dado que no quería que Dios se enfadase, le regalaba uno mayor a él. Este primerizo ejercicio de cinismo en la historia del hombre tiene sus ramificaciones en la actualidad. Porque mucho se nos dice acerca del cambio climático y esas gaitas, pero al final los consejos que se nos dan es que usemos energías renovables o bombillas de bajo consumo, en lugar de poner el acento en si necesitamos todo lo que tenemos. Haga la prueba: llegue a casa y actúe con normalidad. Deje pasar unos quince minutos y entonces pasee por la casa y comience a apagar electrodomésticos o luces que no necesita. O en lugar de pensar en coches híbridos, piense (pensemos) en si cada vez que lo cogemos es realmente imprescindible. El resultado es, créanme, penoso. Al menos en mi caso.
Andamos ahora en plena polémica acerca de la jubilación. Aunque soy de naturaleza perezoso y vago, no me preocupa jubilarme a los 67 porque disfruto con mi trabajo y espero que sea igual dentro de 33 años. Y aunque es lógico el planteamiento de retrasar la jubilación (los jubilados en 2010 llevarán una media de 45 años trabajados, mientras que los de mi generación para trabajar cuarenta y cinco años se jubilarían a partir de los 70) de nuevo nos quedamos en medidas supeficiales. Porque el debate de fondo no es si podemos sostener las pensiones o las prestaciones, la ley de dependencia o la Sanidad y la Eduación pública. Es si todo esto se sostendrá durante mucho tiempo igual.
Y está claro que no.

P.D. Estuve el fin de semana en Madrid y coincidí con una manifestación de izquierdas contra el capitalismo, la crisis y los bancos. Ambiente festivo y reivindicativo con multitud de proclamas. Unos jóvenes provistos de cola y carteles embadurnaban y empapelaban todas las oficinas bancarias a su paso, con mensajes del tipo "aquí empieza la crisis" o "falta Alí Babá, pero aquí están los ladrones". Cuando acababan su hazaña, se fotografiaban con el resultado y -seguramente- pensarían en los ejecutivos trufados de pasta y fumando sus puros que nos han llevado a la crisis. "Que se jodan", pensaría. Me hubiera gustado ver qué pensaba la mujer o el hombre -el currela, vamos- que haya tenido que coger la espátula y haya estado quitándolos bajo la fría mañana de la Gran Vía madrileña durante un par de horas. Qué le van a decir a él o a ella de la crisis.