25 de noviembre de 2010

Recuerdos


(Publicado en el Diario La Opinión de Torrent)

Hay lugares que con el tiempo vamos mitificando hasta convertirlos en algo que probablemente nunca fueron o que tal vez nunca conocimos. La gente de mi generación - nací unos meses antes de que finara Franco – aún somos capaces de recordar las casas que había en la plaza, frente a la Torre, donde ahora está el infecto aparcamiento, y cuyas últimas viviendas han sido derribadas hace sólo unos días. Tanto hemos hablado de ellas y tanto las hemos añorado, que creo haber empezado a contar sucesos y fragmentos de historias que nunca ocurrieron.

Recuerdo haber almorzado sólo una vez en la legendaria taberna de “El Coixo”. Pero a la vez vienen a mi mente recuerdos de cenas que nunca cené, de cafés que jamás tomé y de partidas de truc que en la vida jugué, en aquel lugar que ahora está a caballo entre la Atlántida y Macondo. Haciendo un gran esfuerzo, encuentro en algún lugar de mi memoria carteles de películas en la fachada del Cine Avenida o las celebérrimas lámparas del Monte-Carlo, pero con el singular resplandor que sólo da lo que nunca llegué a ver, guardo en mis recuerdos el centelleante brillo de Audrey Hepburn en sus pantallas, el beso de Vivian Leigh y Clark Gable en “Lo que el viento se llevó”, legendarios duelos de vaqueros frente a un salón del oeste y el ascenso de Superman por entre los rascacielos de Metrópolis. Y vagamente sería capaz de describir cómo el antiguo trenet nos dejaba en la estación de Jesús, pero podría narrar, como sólo un anciano podría hacerlo, con todo lujo de detalles, la primera vez que cogí el tranvía, las excursiones a la piscina “del retor” y que la avenida terminaba en lo que hoy es el parque.

Es lo que tiene el progreso. Nos hemos lamentado tantas veces de lo que hemos perdido, que no somos capaces de valorar lo que tenemos, de manera que podemos llegar a reconstruir nuestra Historia, no sólo con nuestros recuerdos, sino con los de otros. Sin embargo aún estamos a tiempo de evitar que en el futuro lamentemos lo que hoy nos parece obvio. Ahí tenemos el Safranar. Si usted sale a pasear por sus campos, no tendrá que recurrir a sus recuerdos para evocar ese pedazo de huerta, esos colores, ese aroma a tierra húmeda que desprende en los atardeceres de invierno. Cuando regrese a casa y camine por el entorno de la plaza y huela ese olor a leña de algún hogar, no necesitará retrotraerse a su pasado para volver a rememorarlo. Y al abrocharse el abrigo y taparse la cara porque refresca, no será necesario volver a su niñez y recordar que antes sí hacía frío de verdad.

Quién sabe si dentro de otros treinta años, cuando paseemos por nuestros nietos por este Torrent que construimos entre todos, nos mirarán con esa chispa en los ojos que sólo un niño emocionado tiene, mientras les contemos lo que un día conocimos y que para entonces sea un nuevo Manhattan. Incluso, paradójicamente, esa nueva ciudad que entonces rechacemos y despreciemos frente a la que conocimos, evoque para ellos en un futuro lejano recuerdos imborrables que añorarán.

Machado hablaba de su infancia, del patio sevillano y del limonero. La mía es torrentina, recuerdos del frío de invierno y olor a azahar. No sé que tiene el invierno que nos devuelve a nuestra infancia. Particularmente espero que nunca deje de devolvérmela.

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