8 de julio de 2010

Don Miguel


(Publicado en el último número del Diario La Opinión de Torrent.)

Hay lugares que no requieren de muchos nombres para localizarlos. Pregunte usted por la avenida o por la plaza a cualquiera de nuestros vecinos y será bien indicado, siempre que nuestro interlocutor no sea demasiado quisquilloso, a pesar de haber más de una decena de avenidas y quién sabe cuántas plazas en nuestro pueblo. Del mismo modo hay personas que no necesitan su apellido para ser conocidas. Para los estudiosos de la literatura española Federico, Juan Ramón o Rafael no precisan del García-Lorca, Jiménez o Alberti para ser identificados.

Pues bien, tenemos entre nuestros vecinos una de esas personas que es conocida por su nombre y no hace falta mayor presentación. Se trata de Don Miguel. Seguro que ya sabe quién es y hace bien, porque el ayuntamiento ha tenido a bien nombrarlo hijo adoptivo de nuestra ciudad. Ignoro cuántas personas no nacidas en nuestras casas merecen tal distinción y honradamente pienso que seguramente sean muchas más de las que lo han recibido, pero les aseguro que si hay alguna en la que recaigan las circunstancias que acreditan esta consideración ésa es la persona del que ha sido estos últimos treinta años el párroco de la Asunción.

Porque aunque Don Miguel no nació en Torrent, muchos torrentinos no conciben nuestras calles sin su presencia, su cercanía y su afabilidad. Caminar con él por la calle se convierte en un saludar a unos y otros; ahora es una palabra de consuelo al escuchar a esa madre que sufre por sus hijos o por su marido; más allá se trata de una pequeña reprimenda a ese joven que aún no ha encontrado su sitio en este mundo; alguien le para y recibe una felicitación a la abuela que presume de sus nietos; después es una anotación en la agenda a alguien que le pide una cita para solucionar cualquier tema…

Pero es que además en Don Miguel encontramos una vida insólita y llena de avatares que bien podrían ilustrar un libro o una película: vivió los horrores de la guerra en su niñez, hasta el punto de tener que ocultarse; su primera etapa de sacerdote en Navalón allá por los años 50 se caracterizó por la lucha en defensa de los derechos de los pastores frente a los abusos de los caciques locales ; y en Argentina tuvo que protegerse de la persecución religiosa que el propio Videla y la dictadura militar emprendió contra él mismo.

Que haya habido esa unanimidad en los tres grupos políticos a la hora de reconocer esa labor en un sacerdote, y más en estos tiempos que corren, en los que el sacerdocio es objeto hasta de burla, no es de extrañar, porque D. Miguel es sencillamente una persona extraordinaria que ha trabajado mucho por Torrent. Así lo demuestran las innumerables muestras de cariño que está recibiendo estos días y que él no sabe cómo agradecer.

Sirvan también estas líneas de pequeño homenaje, pues, por la labor desarrollada estos años. Y como dijo algún portavoz en el pleno del 1 de julio, no le damos la enhorabuena al propio interesado, sino que hay que darle la enhorabuena al pueblo, por contar entre sus vecinos con esta persona.


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