11 de junio de 2010

Se llama Javier

(Publicado en el diario la Opinión de Torrent)
No sé si fue en este mismo diario donde lo leí. O tal vez fuera en alguno de tirada nacional, pero me pareció leer que en Torrent, al hilo de las celebérrimas subidas de impuestos a las rentas más altas, había cerca de trescientas grandes fortunas. Es decir que trescientos de nuestros vecinos gozaban del placer de verse acompañados de varios ceros en sus cuentas corrientes. Y ahora que se han puesto de moda los programas de televisión en que vemos a los ricachones en sus mansiones, no estaría de más que pudiésemos ver a estos torrentinos de pro que emulan al Tío Gilito, nadando en su abundancia que el Estado quiere devorar.
Pero lo cierto es que todos los que saben de esto dicen que medidas de este estilo sirven para bien poco, tienen mucho de publicitario –por aquello de parecer más progresistas que nadie – y que al final quien no quiere pagar sabe cómo hacerlo. Así que quien se ve afectado por las medidas son los funcionarios y los pensionistas. Ignoro la cantidad de pensionistas que hay en nuestras calles, pero se me antojan en una cantidad mayor a trescientos. Lo que sí me ha llamado la atención es que sea un número de trescientos los funcionarios del ayuntamiento y, qué quieren que les diga, me parece a mí una coincidencia bastante desafortunada. Que en Torrent haya el mismo número de funcionarios y de millonarios, toda vez que descartamos que coincida en algún vecino esa doble circunstancia, no deja de ser algo paradójico, ya que es en estos dos grupos donde se ha puesto el objetivo del recorte presupuestario y la recaudación.
Pocos colectivos –los de Lepe y poco más – son objeto de mayor número de chistes fáciles y leyendas urbanas. Y es curioso que así sea, porque a la hora de la verdad son las caras más cercanas a las gestiones cotidianas. Quién no ha ido al ayuntamiento a presentar un documento en el registro de entrada; quién no ha solicitado algún certificado del padrón; quién no ha necesitado la documentación para la matrícula de su hijo o quién no ha tenido que esperar pacientemente un día de elecciones para poder votar porque su identidad ha bailado “sospechosamente” a la otra punta del pueblo. Muchas de esas personas, que al final son las que le ponen la cara a la administración, nos atienden amablemente –aunque de todo hay, como en botica – y solucionan nuestros asuntos, que para nosotros son lo más importante. Por eso llama la atención que sean ellos las principales víctimas de la situación actual.
En los años noventa un amigo y yo estuvimos trabajando en el ayuntamiento realizando el padrón municipal. Íbamos a las casas con unos papelotes enormes para actualizar los datos y después informatizarlos. Fueron dos meses muy intensos en los que conocí a muchos funcionarios. Un día, hablando con mi amigo, un anciano que esperaba su turno nos recriminó que no lo atendiéramos, a pesar de que no podíamos hacerlo, ya que no era nuestra función. Quise mandarlo a paseo, pero uno de los funcionarios me pidió que me callase y soportó estoicamente la mala educación del viejete mientras lo atendía con una sonrisa y su amabilidad habitual.
Ahora, mientras escribo estas líneas y veo por la tele la huelga de funcionarios, me acuerdo del viejo, del padrón, de mi amigo, del cinco-por-ciento y de la sonrisa de Javier.
Porque se llama Javier.

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