27 de marzo de 2010

Però açò és precís?

(Espero que haya podido ser publicado en el último número de La Opinión)
A pesar de que el calendario no nos permite tener un respiro y poder reposar tranquilamente las fallas, dado que ya desfilan por nuestras calles las procesiones de Semana Santa, no me resisto a plasmar en estas líneas mi indignación con aquellos que hacen de las tres primeras semanas de marzo un verdadero suplicio por culpa de los malditos petardos y que provoca que una de las fiestas con mayor solera y participación de nuestra ciudad obligue a muchos de nuestros vecinos a huir a otras latitudes del mundo o a maldecir continuamente si no tiene más remedio que quedarse en casa. Y eso que este año, bien sea por la crisis o bien por las medidas de seguridad mucho más restrictivas que se han impuesto a la venta de petardos y que nunca agradeceremos bastante, se han escuchado en menor medida que en otras ocasiones, o al menos a mí así me lo ha parecido. Dios bendiga al responsable de estas leyes.
No obstante, uno no puede dejar de preguntarse si será preciso que se vendan de forma indiscriminada petardos y otros productos pirotécnicos cuyos calibres, potencia o peligrosidad recomiendan ser utilizados exclusivamente por profesionales y no por mocosos imberbes que no tienen otra ocupación que lanzarlos a horas intempestivas o de forma temeraria, dentro de un buzón, apuntando a otras personas o sin tener en cuenta si pasa una persona mayor o un niño pequeño. Porque prácticamente todos hemos asumido que hay que soportar estoicamente que los niños tengan su disfrute tirando petardos, pero lo que no cabe en la cabeza de cualquier persona medianamente sensata es que se lancen otros prodigios que merecerían ser la apoteosis de la nit del foc o de los castillos del 4 de julio que nos enseñan las películas americana. Y no sólo se trata de las molestias que ocasionan, estamos hablando también del vandalismo – papeleras y contenedores quemados, zonas verdes destrozadas y montones de basura acumulada en las calles- y de un problema de seguridad que sólo puede entenderse si se visita la puerta de urgencias de un hospital de la zona durante estos días.
Cabría preguntarse, al hilo de las molestias que ocasiona cualquier celebración festiva que ocupe la calle, y ahí entramos todos, porque díganme quién de ustedes no participa en alguna de ellas de una forma u otra, si no sería posible que se elaborase una especie de reglamento que defina claramente cuáles son los derechos y obligaciones de festeros y vecinos. Por ejemplo y en el caso que nos ocupa, establecer que a determinadas horas no puedan convertir nuestros portales en una improvisada mascletà una horda de niños descerebrados. Pero también regular los horarios de las verbenas que siembran nuestras calles todo el año, limitar que fuera del trayecto de las procesiones de Semana Santa no se toquen de forma absurda los instrumentos o que el cierre del tráfico de algunas calles para celebraciones particulares no obedezca al criterio de aquel que dispone de una valla cerca de su casa. Se trata, en definitiva, de que cuando celebremos alguna fiesta en nuestras calles, cosa que ocurre prácticamente todas las semanas, sepamos a qué atenernos, de manera que no tengamos que preguntarnos, mientras maldecimos al festero maleducado o al vecino intransigente la frase con la que hemos titulado hoy: Però, açò és precís?

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