29 de marzo de 2010

¿De dónde van a salir?

(Publicado en la Revista de la Junta Central de Hermandades de Semana Santa de Torrent)


La siguiente anécdota ocurre en un instituto de Secundaria. Los protagonistas son una alumna que no tendrá más de quince años y sus compañeros en un encendido debate que surge durante la lectura de El lazarillo de Tormes, acerca de la figura del segundo amo de Lázaro. Por si usted no se acuerda, el sacerdote que lo adopta como monaguillo en la inmortal novela anónima, era un tipo realmente despreciable que condenaba al hambre al pobre muchacho, hasta el punto de obligarle a robar unos mendrugos de pan para no morir de inanición. Enseguida los chavales, que sienten una profunda empatía por Lázaro, acusan al sacerdote de mala persona, siendo nuestra alumna la que afirma de manera taxativa: “y eso que era un cura”.

Muchos de los chavales que pueblan nuestras hermandades no son muy diferentes de esta chica. En líneas generales tienen preconcebida una idea bastante elevada y exigente de lo que debe ser un sacerdote. Suelen opinar que debe tratarse de un hombre de intachable virtud; caridad por sus hermanos, en especial por los más necesitados; y en definitiva alguien que esté al servicio de su comunidad. Paradójicamente acaban preguntándose por qué los sacerdotes no pueden casarse y confunden voto de castidad con el celibato, pero ésa es otra cuestión. Nos quedamos con el perfil beatífico de lo que esperan en un sacerdote. Y es que, si bien no hay nada de escandaloso en que un joven ansíe que un presbítero lleve una vida ejemplar, conviene saber leer entre líneas de lo que esconde esa afirmación, porque cuando se les dice que el sacerdote no es nadie diferente a ellos, que también ha sido un joven con sus preocupaciones o miedos, que tal vez también anduviese enamorado cuando iba al colegio o que también tiene sus mismas dudas, se niegan a aceptarlo, como si no fuera con ellos. De alguna manera llegan a trazar una línea infranqueable entre el mundo “normal” y los sacerdotes, de modo que hay cosas que sólo corresponden a los sacerdotes y no a los demás. Justamente aquellas que esperan de uno de ellos: caridad, servicio y desprendimiento. Los demás no estamos, por tanto, obligados a ello.

A veces me pregunto cómo nos juzgarán las generaciones venideras cuando estudien la religiosidad popular entre los siglos XX y XXI y analicen nuestras manifestaciones religiosas. ¿Nos verán como una reliquia folclórica que repetía año tras año actos sin ningún fundamento o tal vez comprueben que la participación masiva en los diferentes traslados y procesiones era fruto de una inmensa devoción? Sólo de nosotros depende la respuesta que obtengan y esa respuesta pasa por no trazar esa separación entre unos y otros. Todos estamos llamados.

Durante este año estamos celebrando el Año Santo Sacerdotal, con motivo del 150 aniversario del nacimiento del cura de Ars, San Juan María Vianney. Muchas de nuestras parroquias y hermandades han promovido actividades para conmemorar esta fecha. Ciertamente fue un sacerdote extraordinario. Pero nada de ello servirá para nada si no somos capaces de dos cosas. La primera, ser conscientes de que nuestro bautismo nos convierte también en sacerdotes a nosotros mismos, por lo que estamos llamados a ser misioneros en todos nuestros ambientes y a ser el rostro de Jesús y el Evangelio allá donde estemos. No son cosas de los curas y las monjas exclusivamente. Los jóvenes necesitan testimonios de hombres y mujeres que dan la vida por el Evangelio. Y la segunda, que resulta una obviedad; La Iglesia necesita sacerdotes. Si bien esto no debe considerarse como algo negativo. El cardenal Tarancón, cuando le preguntaban acerca de la falta de vocaciones, decía que no debíamos disgustarnos y preocuparnos por ello sino que debíamos preguntarnos que quería el Espíritu Santo decirnos con ello. De la falta de vocaciones también podemos extraer alguna ventaja como es el compromiso de los laicos. Pero no está de más que el Señor envíe obreros a su mies. En un encuentro juvenil le pidieron al arzobispo que mandase sacerdotes jóvenes a las parroquias. Éste les dijo que en todas las parroquias le pedían lo mismo, pero que ahora era él quien tenía que pedírselo directamente a ellos, porque si de ellos no salían sacerdotes jóvenes, ¿de dónde iban a salir?

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