15 de enero de 2010

Estampas de Navidad

(Publicado en La Opinión)

¿Qué tendrá la Navidad que es capaz de sacar lo mejor y lo peor de nosotros? Observemos la transformación de nuestra población en el Doctor Jekyll y Mister Hyde:

Un día cualquiera previo a la Navidad unas mujeres realizan afanosamente la compra en un conocidísimo supermercado valenciano, situado en la arteria principal de la ciudad (glorioso eufemismo para evitar pronunciar su nombre actual). Todas esperan su turno y comentan amistosamente el menú que van a preparar para Nochebuena mientras saludan efusivamente a las cajeras que sonríen con dulzura y acarician la cabecita de sus nietos que intentan torpemente colocar los productos en el lineal para ayudar a su abuela. Días más tarde esos mismos niños son llevados por sus abuelos al Belén con mayúsculas de este pueblo, que no es otro que el de la familia Royo en la plaza de Sant Roc. Allí los niños, embelesados, buscan con fruición todo aquello que Pepe les propone. Mientras tanto las instituciones municipales y las asociaciones de todo tipo han visitado a mayores y enfermos, han ayudado a los reyes a llegar hasta las casas más humildes o han cantado villancicos en el ficus la Noche de Navidad.

Estas escenas tan entrañables, casi bucólicas, no están extraídas de ninguna fábula navideña ni de la pluma de Charles Dickens, sino que forman parte del paisaje que nos encontramos en cualquiera de nuestras calles. Pero también son el preludio de la transformación que padecemos sólo unos días después. Fíjense en lo que viene a continuación:

Recién inauguradas las calles Sagra y San Cristóbal se colocan en ellas unos modernos maceteros en los que se plantan las típicas flores de Pascua. Dichas flores, que pueden comprarse por un par de euros en cualquier tienda, ofrecen un aspecto muy navideño al entorno y alimentan la picaresca de algunos de nuestros vecinos. “¿Por qué voy a gastarme cinco o seis euros en las plantas si puedo arrancarlas de sus maceteros y llevármelas a mi casa?. De esta manera así sólo yo podré disfrutarlas y no todos los torrentinos que pasen por aquí”. Ésos deben ser los pensamientos de aquellos miserables que deciden tomar prestadas las plantitas y arrancarlas de sus maceteros. Digo yo si no habrá que ser miserable o si el hombre puede llegar a caer más bajo.

Y lo cierto es que sí, porque, llegando al final de las fiestas navideñas y mientras los niños se apiñan en la Avenida para ver la llegada de sus majestades de Oriente, contemplamos la gran escena que ni el propio Berlanga podría haber retratado mejor. Decenas, qué digo decenas, centenares de personas que se agolpan en torno a las carrozas reales a las que acompañan en su bajada por la Avenida y que atropellan literalmente a la paciente muchedumbre que ha aguantado estoicamente bajo una pertinaz lluvia el paso de Melchor, Gaspar y Baltasar. Total por unos míseros caramelos –eso sí, aptos para celíacos– , unos paquetes de gusanitos y algún juguetito de plástico. Supongo que en sus duros corazones es preferible pisar a una niña de cuatro años y pegarle un codazo a un anciano que intenta sin éxito huir de tal marea humana a perder el rastro de tamaños obsequios que a buen seguro acabarán en un par de días en el contenedor.

Y eso sin pasar una guerra y el racionamiento, que habría que verlos entonces.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Por lo menos antes con los socialistas, aunque hubiese alguna discusión, se daban buenos juquetes.