11 de septiembre de 2009

La cara oculta de la fiesta

(Publicado en La Opinión de Torrent)

Me lo contaba una vecina que vive en una de esas calles que se ven rodeadas por casales, casernas, kàbilas y locales varios y que ve encantada que las fiestas de julio alegren las calurosas noches del verano torrentino. El suceso ocurrió una de esas madrugadas en las que una verbena cercana animaba a la juventud y hacía maldecir a quien al día siguiente tenía que madrugar y, resignado, daba en vano vueltas en la cama sin poder cerrar las ventanas por la canícula estival. Iba nuestra amiga a entrar en su portal cuando se encontró a un muchacho que tan plácido realizaba su micción que no observó a tan singular testigo de su proeza. Al advertirle lo grosero de su actitud y la falta de higiene de su acción, el audaz joven se giró hacia ella de malos modos y le conminó a que dejase de mirar su órgano masculino haciendo gestos ostensibles que obviaremos reproducir aquí por el respeto que nos merecen nuestros lectores. La anécdota sólo ilustraba lo que ella consideraba la cara oculta de las fiestas, a las que ella particularmente, es bastante aficionada, ya sean los moros, Semana Santa o las fallas. Decía ella que debería existir un reglamento que evite este tipo de situaciones en las que los maleducados amedrentan a personas que en ocasiones son mayores y no pueden ni quieren defenderse de estos tipos. Y cuánta razón tenía, porque estas cosas no suelen aparecer en la prensa, ni en la televisión, como sí aparecen las trabucàs, la bajada de moros, el encuentro glorioso o la ofrenda, pero son un ingrediente que va parejo a casi todas ellas.

Ya lo hemos comentado en alguna ocasión: de nada sirve tener un cartel de lujo en conciertos, preparar grandes boatos, contratar a los mejores artistas falleros o que nuestra Semana Santa sea declarada de interés turístico si al final somos incapaces de cuidar a los que posibilitan que las fiestas se desarrollen, que no son otros que los sufridos vecinos. Ellos son los que tienen que aparcar su coche tres calles más allá porque la suya está cortada; los que no pueden abrir las ventanas a pesar de llegar a los treinta grados porque el ruido impide ver la tele o conciliar el sueño; los que tienen que limpiar los vómitos u otras cosas de dudoso gusto porque hay gentuza que ha dejado de usar los lavabos y los que tienen que aguantar que unos energúmenos estén bajo de casa dándose un baño en una piscina portátil a las cuatro de la mañana.

Nos consta que las federaciones de moros y cristianos, las fallas y en general las asociaciones intentan evitar que esto ocurra y que se trata de casos aislados que, amparados en el anonimato y la nocturnidad, dejan su pequeña huella en las fiestas que se reparten por nuestro pueblo y que, por lo tanto, son difícilmente controlables con reglamentos, normativas o decálogos que permitan que vecinos y festeros disfruten en común. Por ello me permito recomendarle a nuestra amiga que si le vuelve a pasar elija una de estas dos opciones: La primera, la más constitucional: llamar a la policía local. La segunda, la más divertida: Lanzar una buena patada en salvas sean las partes.

A ver si así se atreve a volver a mearse fuera del tiesto.

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