19 de septiembre de 2009

Hay que ver


En los ochenta, cuando contábamos con unos cuantos años menos, en casa se iba a comprar en carrito, si íbamos al "tandy" o con un bolso de paja si lo hacíamos a la frutería, a la carnicería o a la pescadería. Los productos que adquiríamos los depositábamos con un estricto orden basado en el peso y el volumen. Una vez a la semana -dos si nos portábamos bien o era el cumpleaños de alguien- entraba en casa una botella de casera y si nos poníamos un poco pesados, de casera-cola que canjeábamos por un pequeño estipendio (recuerdo que eran treinta pesetas) y la botella vacía de la semana anterior. Los huevos entraban en casa en una huevera de alumnio flexible a la que siempre me apeteció lanzar desde el balcón para ver si era capaz de soportar la caída y proteger a los huevos. Si por alguna de aquellas necesitábamos una bolsa de plástico, la cajera nos la cobraba, sumando la friolera de tres pesetas a la cuenta final, por lo que muchas veces, nos hacían cogerla de casa.

Llegaron los noventa y los envases de vidrio no retornables, las bolsas de plástico gratuitas y las hueveras de cartón de media y una docena. Y al tiempo empezamos a oir lo malos que éramos por no reciclar lo que antes se reciclaba y por no separar lo que antes no se mezclaba. Más tarde nos criticaron por tirar las anillas de las latas al mar sin cortar, con el consiguiente peligro para los peces que se enganchaban y yo no entendía nada porque pensaba si no sería mejor no lanzarla al mar en ninguno de los casos, sino a la basura, sin necesidad de ir con unas tijeritas rompiendo las anillas. Nos obligaron a comprar en cajas de corcho (o como demonios se llame) la fruta que antes arrojaba al fondo del bolso el frutero. Además envueltas en ruidoso celofán. Comenzaron a decirnos que consumiésemos centenares de folios para estudiar y luego nos reñían por no hacerlo en un papel rugoso, feo e incómodo para no talar más árboles. Proliferaron las tiendas de todo a cien donde por unas míseras perrillas nos vendían productos que no necesitábamos y que acababan, sí o sí, en la basura, pero luego vinieron instalando no uno ni dos sino tres o cuatro contenedores con un impacto visual enorme y nos abroncaban si no échabamos aquello que habíamos comprado sin necesitar en el departamento adecuado.

Y ahora vienen los de Carrefour diciendo que no tiremos las bolsas a los bosques, que tardan cuatrocientos años en descomponerse y que compremos bolsas hechas con patatas o con la caca de la madre que los parió. Y digo yo que si aún encontraremos bolsas tiradas por el monte con el ADN de Quevedo, a ver si podemos clonarlo y echarle la bronca por ser tan poco ecológico.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me encantaría conocer tu opinión, sobre la nueva versión de Torrent, que ha elaborado el sr. concejal de "Cultura", que podriamos titular "La nueva historia de Torrent".