11 de abril de 2009

Ecos de cornetas y tambores

(Publicado en el último número de La Opinión)

Tienen estas tardes en las que resuenan por nuestras calles los sonidos de la Semana Santa la capacidad de ponerme aún la piel de gallina. No sé si será el aire fresco que sopla por las tardes y nos recuerda que el verano aún está por venir; o tal vez sea el descompasado ritmo de algunos torpes tambores que van y vienen por empedrados callejones; quizá se trate del clarín de aquellas cornetas que intentan tañer alguna melodía que nos invite a la oración y la reflexión; o quién sabe si será la imponente presencia de alguna de las procesiones que invaden por doquier todos los rincones de Torrent, pero lo cierto es que la celebración de la Semana Santa torrentina goza de una vitalidad que para sí quisieran muchos pueblos de nuestra provincia.

Porque si por algo podemos caracterizar a nuestras celebraciones de la Muerte y Resurrección de Jesús no es por la calidad artística de los pasos y la imaginería, que en ocasiones, resulta excesivamente popular; ni porque el diseño del vestuario o los materiales empleados sean merecedores de la admiración del visitante. Y si bien es cierto que la celebración del Encuentro Glorioso es un acto singular que merecería abrir telediarios no sólo a nivel regional sino en toda España, por su colorido, por su emotividad y por la presencia del ángel de la Resurrección que representa la Reina del Encuentro , si por algo destacaría la Semana Santa de Torrent es por su amplísima participación que abarca personas de todos las capas sociales de nuestra población.

Con el capuchón puesto, usted ni yo vemos quién se oculta bajo ese hábito ni qué motivaciones le llevan a participar en esa procesión. No sabemos en qué barrio vive, si ha perdido el empleo o si vive en la opulencia; si sólo se interesa por tocar el tambor o la corneta en su hermandad en lugar de participar en los actos litúrgicos que se han organizado. Y eso, que precisamente es lo que más irrita a muchos torrentinos de bien, es justamente a mí lo que más me gusta. Y para ilustrarlo usted tiene que marcharse a otros pueblos en los que no existen las hermandades de Semana Santa para ver lo triste que resulta, por ejemplo, la procesión del Santo Entierro, al que apenas asisten cinco personas, contando al sacerdote y al propio Cristo en el sepulcro. Conviene recordar entonces la enorme aportación de las hermandades a las celebraciones de estos días: han logrado que no se circunscriba al interior de los templos, las han sacado a la calle y han logrado llegar a gente a las que ni el mejor predicador podría llegar. Porque no nos engañemos, de no ser por su existencia, las calles – y muchos templos – estos días estarían tan vacíos como llenas las playas y montañas muestran los telediarios.

Así que permítanme que me congratule con la popularidad de nuestra Semana Santa. De que haya procesiones multitudinarias en las que un ateo participa de costalero con gran devoción mientras que en la calle de al lado veinte cofrades procesionan en silencio. De que haya niños que no pegan ojo la noche del jueves esperando que llegue el momento de volver a salir con la corneta mientras que muchos se pasan la noche en vela orando. De que tengamos tantas y tan diversas hermandades en Torrent. Feliz Pascua.

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