31 de marzo de 2009

Los gatos de Torrent


Grande debió de ser la sorpresa que se llevó el genial Lope de Vega cuando, en su destierro cumplido en Valencia, dedicase una de sus obras a los locos de Valencia, debido a la instalación aquí del que llaman primer manicomio del mundo. Desde entonces y hasta ahora muchos han asociado a los locos con diferentes comportamientos extraños, aquello que los entendidos llaman ahora patologías o síndromes. No sé cuál será el nombre que se aplica a aquellos que se dedican a dar de comer a los gatos en la calle, pero estoy seguro que si el Fénix de los ingenios volviese a Torrent en el siglo XXI dedicaría una nueva comedia a los gatos de Torrent.

No me considero un gran amante de los animales. Jamás tuve perro ni gato y sólo un perico vino a animar mi niñez, a finales de los 70, a quien pusimos por nombre Felipe, ignoro si en un alarde de admiración por la transición o en un arrebato monárquico. No suelo fiarme de los gatos porque ignoro por dónde nos van a salir, si ronronearán por vernos o se lanzarán a nuestra cara con las uñas afiladas (pesadilla que se sigue repitiendo en mis sueños). Así que los gatos, para mí, cuanto más lejos mejor. Es por lo que me resulta bastante fastidioso ver a la gente que les deja comida en la calle o que incluso mantiene un riguroso seguimiento dietético y nutricional de los felinos callejeros. Me resulta asqueroso, me resulta repugnante y me resulta ciertamente desagradable, amén de ser un flaco favor a estos mininos, pues si de verdad les importasen podrían desparasitarlos, lavarlos y llevarlos al veterinario, en lugar de arrojarles trozos de higado que se pudren por la calle. El culmen de esta relación ciertamente lamentable entre los gatos de la calle y mi persona fue el día en que un gato, ignoró cómo, se orinó en el radiador de mi coche en un día caluroso de julio. Les ahorro mi reacción, para evitarles también el mal trago a ustedes.

Quien quiera un gato, que se lo meta en casa, no me sean cochinos

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