30 de noviembre de 2008

Señor profesor

En el anterior número de este diario, nuestro vecino el xocolater recordaba sus años “pujant el carrer del convent” en dirección al colegio. Y es que los años que pasamos en las aulas, independientemente del centro en el que cada uno haya estudiado, nos han dejado una huella indeleble. Pues bien, si el tiempo lo ha permitido y la autoridad en forma de juez mojigato anticlerical no lo ha impedido, mientras usted lee estas páginas del diario La Opinión de Torrent, se está celebrando la festividad de San José de Calasanz, patrón de los maestros y antaño fecha señalada en el calendario escolar. Porque si algo caracteriza la profesión del maestro en la actualidad es por todo, menos por su reconocimiento social. Si antes la profesión gozaba de prestigio social, pero carecía de reconocimiento económico –recuerden aquella expresión valenciana que dice “passar més fam que un mestre d’escola”- ahora, la situación se ha revertido y si bien la remuneración actual permite sobrevivir a la crisis, son los signos de los tiempos los que han llevado al digno arte de enseñar a ser una tarea zaherida y vilipendiada, maltratada por todos. Y es que ahora se discute y replica todo a todos: al médico, al policía, al cura y el maestro, obviamente, no podía ser menos. Especialmente si se trata de nuestros hijos y están en juego sus sentimientos y los posibles traumas y trastornos afectivos y psico-emocionales, que nadie sabe muy bien lo que significan, pero que son conceptos que quedan muy bien cuando no se tiene idea de lo que se dice.
Por ello es importante que hoy le dediquen unos minutos a recordar a las personas que participaron en su formación. A sus maestros y maestras que se dice hoy. A aquellas personas que, de una manera u otra, han contribuido a que usted y yo seamos las personas que somos hoy en día. Para bien y para mal. Pero esencialmente para bien. Porque con ellos aprendimos las grandes gestas del hombre en la Historia, los secretos de la Naturaleza, los intrincados resortes de las Matemáticas y la Física, las reglas que rigen los mecanismos de la Lengua o los mundos que soñaron los grandes escritores. En definitiva, fueron ellos los que nos enseñaron a abrir los ojos y a mirar, a pensar, a reflexionar. Y son ellos los que ahora pasan más tiempo con nuestros hijos que nosotros mismos. Son sus voces las que oyen más horas al día. Son sus ojos los que escrutan las caras de nuestros niños y saben qué tal han dormido, si han estudiado o si se han enamorado de la niña de la primera fila. Son sus manos sobre las que se apoyan para hacer bien el trazo de la r o pintar esa nube sin salirse. Son sus pies los que le enseñan a chutar al balón o a caminar sin complejos por la vida. Son las personas por las cuales están aprendiendo a mirar también el mundo, conforme lo hicimos nosotros. Maltratarlos a ellos es maltratar a nuestros niños. Así que, un respeto, oiga. Que ese que está ahí delante es el señor profesor. El respeto que le debe es el que merecen sus hijos.
Algunos de los míos ya se fueron. Otros, espero que esbozando una sonrisa cuando lean estas líneas de merecido homenaje, aún nos acompañan. A todos, a los de ahora y a los de antes, a los que están y a los que se marcharon demasiado pronto: Gracias. Va por ustedes.

16 de noviembre de 2008

Una

(Publicado en el último número de La Opinión)

Una.

Una vivienda ha sido la única que se ha ofrecido a Cáritas para que pudiera ser alquilada por familias inmigrantes sin recursos dentro del programa VISO (Vivienda Solidaria) que se impulsó hace ahora un año en nuestro pueblo. Las condiciones del programa –el propietario ofrecía una vivienda digna y pedía un precio humano y razonable de alquiler a cambio del aval de Cáritas ante los pagos y el compromiso del buen uso de la casa– han propiciado que sólo se presentasen unas cinco y que sólo una de ellas cumpliera con el criterio de proporcionar un hogar a familias que no pueden entrar en el mercado inmobiliario de alquiler con la situación actual de especulación.

Podemos debatir durante horas acerca de cuáles son las causas que han provocado semejante resultado, pero no podemos dejar de tener en cuenta una cuestión: Somos capaces de ayudar a gente que está a miles de kilómetros de nosotros, apadrinar un niño de Nicaragua, comprar en tiendas de comercio justo o asociarnos a Carpinteros sin fronteras; pero cuando esas personas están enfrente de nuestra casa, cuando hay que abrirles la puerta de nuestros hogares y hay que compartir con ellos nuestra ropa y nuestra comida, ¡ay, amigo!, ahí empezamos a buscarnos excusas y prejuicios.

Porque, evidentemente, a quien más y quien menos, le está afectando la crisis. Con la que está cayendo ahora, seguramente usted también busca las marcas blancas de los supermercados, ha dejado de salir algún fin de semana, ha retrasado la compra del televisor nuevo o está pensando en que este invierno la ropa tiene que durar como mínimo hasta las rebajas y la carta a los reyes será un poco más breve. Algunos lo tienen peor e incluso están viendo peligrar su trabajo si no lo han perdido ya o han visto reducido sensiblemente su salario. Pero aún así, mientras usted y yo estamos tranquilamente sentados en el sofá, mientras llueve ahí afuera y nosotros miramos reconfortados desde nuestro balcón, mientras llegamos a casa después de trabajar y nos duchamos con agua caliente, hay familias que están durmiendo en una alfombra, soportando las goteras sobre sus cabezas o utilizando las mantas como colchón, familias a las que ni siquiera les podemos ofrecer un radiador con que calentarse estas noches que se avecinan porque no disponen de ¡luz eléctrica!, y eso cuando no están pagando ingentes cantidades de dinero por una habitación a verdaderos mafiosos que deberían dejar caer sus huesos en la cárcel.

Y éste no es un problema de izquierdas o de derechas. Ni de si la crisis es culpa del Gobierno o de los Estados Unidos. Ni siquiera es un problema de los Servicios Sociales o de Cáritas. Es un problema de cómo afrontamos una realidad que está sucediendo hoy en nuestro pueblo, en nuestras calles, en nuestras casas. Es un problema de ver y analizar cómo estoy actuando yo cuando, teniendo la posibilidad de hacerlo, le estoy negando el pan y la sal a mi vecino; cuando prefiero tener un piso vacío y seguir pidiendo seiscientos euros de alquiler al mes a permitir que unas personas extranjeras vivan en mi casa; cuando el criterio con el que matriculo a mis hijos en un colegio es saber cuántas nacionalidades compartirán aula con mis retoños; cuando prefiero utilizar los servicios privados de salud para evitar coincidir con personas que a saber de dónde vienen.

Y que levante la mano el que no lo haga así, porque yo, desde luego, no puedo levantarla.

6 de noviembre de 2008

Mc Cain


Me produce una enorme ternura el senador (era senador, ¿no?) Mc Cain. Ya pueden estar contentos con él en el partido republicano. Le había tocado bailar con la más fea (en realidad ha bailado con la más guapa, la que ha resultado ser la reina del baile) y, con el legado de su colega Bush, se pueden dar con un canto en los dientes. Bien es verdad que al final Obama ha doblado en votos electorales al veterano militar, pero no lo es menos que el porcentaje en votos personales arroja un 46-53.
La imagen de la derrota en la noche del martes, pidiendo, con sus bracitos extendidos, respeto por su contrincante, es para mí la imagen de esta semana. Me da la impresión de que se ha quitado un peso de encima, de que hubiera querido que esta máquina política apisonadora que ha sido Barack (el afortunado) pasara cuanto antes, como quien va en bici cuesta abajo sin frenos y ve inevitable y necesario el encuentro contra el suelo. Fíjense en su cara circunspecta, su mirada infinita y sus manos al aire. No puedo dejar de pensar que esa noche dormiría como un bendito. No puedo dejar de pensar en qué habrá hecho con aquel que le propuso a Pallin de vicepresidenta. No puedo dejar de pensar también, en las veces que habrá maldecido al presidente Bush II. Quién sabe si con otra administración entre 2004 y 2008 hoy no hablaríamos de otro presidente.
Y al final ahí lo ven. Tranquilo, sosegado, cansado. Triste.
La historia la escriben los grandes líderes y las grandes hazañas, pero no olvidemos que se escriben sobre los renglones de los perdedores.

2 de noviembre de 2008

Obama

Vamos a suponer, porque parece que así lo dicen las empresas demoscópicas, que gana Obama. Si esto así sucede, por raro que parezca, todo el mundo estará contento en España, donde quien más y quien menos, ha decidido apostarlo todo por el candidato demócrata en detrimento del abuelete McCain. Ocho años de administración Bush pesan demasiado para que nadie se atreva a dar su apoyo a los republicanos. Irak pesa mucho y su sombra es alargada. Frente a la senectud del anciano republicano, la máquina demócrata parece mucho más fuerte: es más atractivo y parece más creíble. Además, su color (todo sea por evitar los tabúes y usar buena parte de eufemismos) tira mucho por lo exótico que puede llegar a ser verlo sentado en la Casa Blanca.
Sigamos, pues, con nuestra más que posible hipótesis. ¿Creen ustedes que los EEUU comenzarán a cumplir el protocolo de Kioto y seguirán las propuestas del gurú Gore (por cierto, perdió con ¡Bush! en 2000)? ¿Que en los estados donde se ejecutan principalmente a "discapacitados afroamericanos" se abolirá la pena de muerte? ¿Que dejarán de intervenir en los asuntos internacionales en que estén en juego sus intereses comerciales? ¿Que levantarán el embargo a Cuba? ¿Que recibirán a Zapatero en 2009? ¿Que dejarán de asumir el rol de árbitro en el partido del armamento nuclear que ellos mismos lideran? ¿Se lo imaginan?
¿Nos alegramos entonces?