31 de marzo de 2008

Aleluyas

Si dentro de muchos años un antropólogo intenta investigar algo sobre el Torrent de principios de siglo XXI seguramente acudirá a las publicaciones que se han editado, a las actas y archivos del Ayuntamiento, a las hemerotecas y a un sinfín de documentos escritos al uso. Pero si de verdad quiere conocer el día a día de nuestros vecinos, lo que se piensa y comenta en la calle, deberá recurrir entonces a las aleluyas que se reparten el día de Pascua en el Encuentro Glorioso.

¿Quién no ha rebuscado por entre el suelo alguna aleluya después del Encuentro? ¿Quién no las ha coleccionado incluso estando pisoteadas? ¿Quién no las lee con fruición mientras sonríe por la mofa ajena? ¿Quién no las maldice cuando lo someten a público escarnio? Y, ¿quién no las teme cuando se haya instalado en el poder? Son las aleluyas la voz oculta de la calle, el susurro esquivo de las esquinas y la burla socarrona de la plaza y el mercado. Algunos de sus seudónimos son más conocidos que sus propios autores y sus críticas han llevado incluso a la riña a amigos de toda la vida, pero todos las esperamos cuando la “carxofa” se abre y muestran al pueblo, con afilada ironía, sus más jocosos comentarios.

Y es que son una muestra más que palpable del carácter torrentino. Porque si algo nos identifica como pueblo, amén de los grandes refranes que hemos dado a la humanidad, es el tener un agudo sentido del humor. A veces mordaz, en ocasiones cínico y casi siempre burlesco, pero pocas veces con mala intención, sin más motivo que la risa, la broma y la sorna. Nuestro comercio tradicional da buena fe de ello. No hay tienda o puesto en el mercado en el que no se congreguen nuestros vecinos (hombres y mujeres, no se vayan a pensar) para dar rienda suelta a el cotilleo y el chafardeo. Vaya usted a la panadería y escuchará “¿saps qui s’ha mort?”, compre usted embutido en la carnicería y le dirán “¡fulanita s’ha separat!”, adquiera usted sus frutas en la verdulería y le contarán “¡lo que m’han dit en el mercat!”. No podemos evitarlo: somos así y a mucha honra.

Pero no son las aleluyas las únicas que se hacen servir de la burla. Hay otras ocasiones en las que mostrar ese espíritu socarrón en la calle: una es en la fiesta de las fallas, aunque pocas son las comisiones que se atreven a usar sus monumentos para esos menesteres. En este año se ha creado un premio para fomentarlo, el «premi prebrera», premio que esperamos recupere para las fallas el ánimo con el que nacieron, que no es otro que el de exponer de forma crítica nuestra ciudad. También está la cabalgata del ninot, sin embargo en este caso lo más fácil es caer en el tópico, la burla sexual o incluso en lo soez y grosero, como pudimos ver este año gracias a algunas comisiones. Otra ocasión es en el “parlament” de los moros y cristianos, en el que algunas comparsas han querido llevar a sus diálogos la crítica local mostrando cuestiones de nuestra sociedad. Pero se quedan pequeños comparados con las aleluyas del día de Pascua. Será por tradición, será por el anonimato que ofrecen algunas de ellas o incluso por lo irreverentes que pueden llegar a resultar, las aleluyas constituyen siempre un éxito que podemos comprobar al observar las tertulias y comentarios a las que suelen preceder.

Y recuérdelo: usted no será nadie en Torrent hasta que lo inmortalicen en una aleluya. A ver si el año que viene hay suerte.

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