10 de diciembre de 2007

El expolio

(Publicado en el último número del diario La Opinión de Torrent)

Con las últimas tardes del mes de noviembre comienzan los primeros fríos y nuestro pueblo recupera las costumbres de estas fechas: asar castañas, comprarse un abrigo para estrenarlo el día de la Purísima, parar a media tarde a tomar un café con leche y los estupendos pastelitos de boniato con los que los hornos tradicionales del pueblo nos alegran la vida llegando a Navidad. ¿Y los olores? Si la primavera huele a azahar, el final del otoño huele a humo de leña. ¿No han notado el olorcito a madera ardiendo que se puede sentir en algunas calles de nuestra ciudad? Seguro que a las personas que ya son un poco mayores les traen recuerdos de aquellas tardes lejanas de la infancia en la que toda la familia se reunía en torno a un brasero, a una estufa de leña o a la chimenea en aquellas casas en que las hubiera. Como en mi casa nunca hubo, de pequeño siempre soñaba con tener una, encenderla y pasarme el rato ante ella.

Sin embargo, no todo es así de entrañable. Una de las estampas que más me avergüenzan cuando se acercan los primeros fríos del invierno es la de los vecinos que se marchan a hacer la compra al campo. Han leído bien: al campo y no a “Alcampo” en el Bonaire. Me estoy refiriendo a aquellos que deciden que el labrador ya ha hecho bastante trabajo cuidando y mimando la tierra durante todos estos meses y decide echarle una mano recogiendo él mismo las naranjas, para que descanse un poco su legítimo propietario. Vayan, vayan a las rutas que hay establecidas a tal efecto. Las hay a pie: los campos que están en el camino de Picanya, en el camí la Nòria, en el Realón o a la otra parte del barranco. Pero también las hay para motorizados, pues no hay partida ni rincón en nuestro vastísimo término municipal que se salve de estos expoliadores. Los amigos de lo ajeno saben cómo llegar hasta los árboles y cómo descargarlos de su preciado contenido. En todos estos lugares podemos ver al hombre o a la mujer, al joven o al mayor, al nacional o al recién llegado con sus bolsas de mercadona, o incluso sus propios sacos o cajones, bien cargados de vitamina C, no se vaya a constipar este invierno. Este expolio es tan generalizado que incluso muchos agricultores deciden pasearse bien entrada la noche por sus campos, para que desistan de sus aviesas intenciones.

Y, ¿saben qué les digo? Que eso está muy mal. Que estas primeras noches en que comienza a refrescar, mientras usted y yo estamos tan tranquilos en casa, resguardados del frío, el labrador está en su casa, mirando por la ventana, sin pegar ojo, no sea que vaya a helarle la naranja. Y el día que llueve en invierno y los niños están deseando que por fin nieve en Torrent y cuaje, el labrador está poniéndole una vela a Santa Bárbara y otra al demonio para que salga un poco el sol y caliente la tierra, que falta le hace. Y que luego llega la hora de recogerlas y hay que pegarse de tortas con unos y otros para conseguir un buen precio, que te dé para seguir con esto y poder poner un plato en la mesa de tu casa.

No conozco a ningún labrador de nuestro pueblo que le haya negado una naranja, ¡o un saco de ellas!, a nadie. Raro es aquel que cuando llega de su jornada no reparte entre los suyos un poco de su cosecha: una bolsa para ti, otra para tu madre y otra para la vecina. Pero, como dice un torrentino de pura cepa, cada vez que descubre a alguien atentando contra el séptimo mandamiento en su campo: “-La próxima vez que quieras venir, trae primero un saco de abono”. Porque a nadie le gusta que le roben.

Que pasen un feliz invierno.

1 comentario:

edu chust dijo...

arturo tens tota la raó a mon pare li passa tot el que dius no li nega a ningú una taronja, pero anar en tot el morro collint pel mig del camp..... es pa matarlos en fi molt acertat el articul per la teua part,un 10