2 de octubre de 2007

El frío que no llegaba

Pasaban los días y el calor seguía siendo insoportable. No se recordaba un mes de septiembre como aquél. Ni los más ancianos del país podían acordarse de sufrir un bochorno como lo sufrían en las noches del final del verano. Al comenzar octubre, la situación distaba mucho de mejorar y, si bien el sector turísitico se frotaba las manos, la sociedad en general comenzaba a preocuparse. Pasó octubre y noviembre y el mercurio no bajaba de treinta grados. Los políticos y los científicos, generosamente financiados por las empresas de calefacción, empezaron a estudiar qué estaba pasando. Mientras tanto, un lobby de empresas de refrigeración contraatacaban con estudios que afirmaban que esto era tan natural como necesario para el ecosistema. Llegadas las vísperas de Navidad, los grandes almacenes decidieron coger el toro por los cuernos y antes de evitar que la ropa de temporada se les quedara en los percheros, alquilaron grandes máquinas de frío y nieve, para importar el invierno que no llegaba y llenar las calles de las ciudades de estampas navideñas y, por lo tanto, consumistas. Pero ni por estas. Apenas conectaban los aparatos el calor hacía mella en ellos y eran incapaces de arrojar más que un fino hilo de agua templada. La economía nacional parecía desestabilizarse, pues se había basado en los ciclos de verano e invierno desde hacía siglos y ahora ese ciclo se rompía.
Por fin el 24 de enero de aquel año un anciano se presentó en las dependencias del presidente y pidió hablar con él.
-Tengo la solución al problema del frío que no llega- le dijo muy serio.
El presidente escuchó su explicación al problema sin llegar a entenderla y aceptó su propuesta sin llegar a comprenderla. A cambio sólo tenía que darle una nada desdeñable cantidad económica que le permitiera vivir el resto de su vida con cierto desahogo.
-Mañana por la mañana todo se arreglará.

Al día siguiente hizo frío. ¡Y qué frío! Las existencias de abrigos, estufas, bufandas, guantes y gorros se agotaron a las pocas horas y las acciones de Felpas y Franelas S.A. que habían caído en picado en las últimas semanas, subían como la espuma y llevaban a la bolsa a sus máximos históricos.

A las pocas horas nadie reparó en dos individuos que subían en un avión rumbo al extranjero.
Eran el anciano y el invierno, que se habían repartido el dinero. ¡Estafadores!

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